La carta de navegación para encontrar el norte está escrita desde hace más de 50 años, es Lumen Gentium, la constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II. No es perfecta, pero ilumina, y por alguna parte hay que empezar. Lo que cabe preguntarse, me parece, es cómo se fue gestando esta crisis, qué elementos, estructuras, formas de ejercer el poder y de entender el ministerio contribuyeron a poner en jaque el mayor capital que tuvo la Iglesia católica, particularmente la chilena: la credibilidad.
En medio de esta oscuridad, el Círculo de Estudio de Sexualidad y Evangelio del Centro Teológico Manuel Larraín (CTML) quiere contribuir a la comprensión de la crisis: sus causas, sus consecuencias —en las víctimas, en el Pueblo de Dios y en la institución misma— y quiere mostrar algunas puertas de salida. Para ello, es necesario comprender de qué estamos hablando, cuál es la magnitud de lo que estamos enfrentando. Es necesario mirar la crisis, los elementos facilitadores de los abusos y su encubrimiento. Es urgente escuchar a las víctimas y lo que ellas requieren para mitigar un poco tanto daño.
Resuenan aquí las palabras de Francisco: “En medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo que, tarde o temprano, produce fruto”. Este libro busca ser ese brote modesto en medio de la oscuridad. Un brote que anime la esperanza, que ayude a comprender, a orientar, a renovar. Quiere ser un aporte a la formación, a la reflexión, al conocimiento de la magnitud de la crisis y de sus causas.
Para ello, hemos dividido el libro en tres partes: La primera, “Gritos”, para escuchar con el corazón a las víctimas a través de sus testimonios. Son ellas —incluyendo a la víctima por excelencia, Jesucristo—, quienes deben indicarnos el camino a transitar. En la segunda parte, “Abuso ¿de qué hablamos?”, se busca comprender y hacer una aproximación desde diversas disciplinas para contextualizar el daño que nos ha remecido y poner en jaque explicaciones facilistas que buscan dar vuelta la hoja cuanto antes. Se aborda el drama del abuso mismo: algunas características de los(as) abusadores(as), sus dinámicas y las consecuencias en las víctimas. La tercera y última parte, “Horizontes”, busca adentrarse en aristas institucionales que sitúen la crisis a la vez que permitan atisbar sus ramificaciones y caminos de reparación, justicia, verdad y renovación de la Iglesia católica.
Les invitamos a recorrer estas páginas con la mente y el corazón abiertos para dejarse conmover e interpelar. Esta crisis es demasiado compleja y tenemos la obligación de intentar comprenderla lo mejor posible. El problema no es del clero, es del Pueblo de Dios, clero y laicado, hombres y mujeres. Los delitos han sido cometidos por algunos, pero el problema es de todos y todas porque somos parte de una institución que está gravemente enferma y que está enfermando a los suyos, a los más pequeños, a los vulnerables. Comprender que somos parte de la crisis y no meros espectadores tendrá consecuencias personales y comunitarias. Que el Dios de Jesucristo, en el cual decimos creer, conduzca los pasos de todos y todas quienes trabajamos por la renovación de la Iglesia y conduzca, lectores, vuestro corazón hacia el horizonte de esperanza y vida plena que ha querido Dios.
Carolina del Río Mena
Círculo de Estudios de Sexualidad y Evangelio
Centro Teológico Manuel Larraín
ES DE NOCHE Y GRITO… ¡CÓMO GRITO!
PBRO. EUGENIO DE LA FUENTE
Esta reflexión está realizada desde mi perspectiva, la de un sacerdote sobreviviente de profundo y grave abuso de conciencia y autoridad en contexto eclesial. He podido compartir e intercambiar experiencias con muchas víctimas de abusos sexuales, de conciencia y de poder en el mismo contexto. Con muchos de ellos se ha gestado una profunda amistad que ha nacido desde la vivencia compartida, a la que se une en todos, sin excepción, la dolorosa nueva experiencia de la revictimización por la respuesta de la institucionalidad eclesiástica, con una terrible falta de empatía y, en muchos casos, sin justicia ni reparación.
La experiencia que lleva a estas reflexiones brota, por lo tanto, de vivencias personales compartidas y quieren reflejar el dolor, la frustración y el daño integral que implica la experiencia del abuso.
En su obra más famosa, denominada El grito, el pintor Edvard Münch ha dejado plasmada en la tela —de manera brillante— la experiencia del grito profundo de la angustia ahogada, desesperada, aniquiladora que puede llegar a invadir la existencia personal. La pintura es desgarradora y crudamente gráfica. En ella, todo está deformado. Pero es una deformación que surge desde adentro hacia afuera. El “gritante” sufre en sí mismo una terrible desarticulación esencial y una estridente desarmonía que lo deforma, tanto física como espiritualmente. A partir de él, de su desintegración vital, lo que lo circunda también se deforma, se desarticula y se torna un reflejo de su propia angustia. Los colores alterados de todo lo que lo rodea, sus formas desfiguradas, son expresión clara de su grito interior; el exterior también se vuelve angustioso, amenazante, estrecho y ácido. Y las manos en sus orejas reflejan la ambigüedad de no saber bien si se está protegiendo de su grito interior o del entorno que su misma angustia interior ha deformado…
Con la carnada más perfecta
y el macabro anzuelo
deglutido hasta el fondo…
emergió el grito,
desde lo más profundo
del estrangulamiento vital,
en una atmósfera sin oxígeno,
por un sinuoso sendero
de destinos prometidos
—santidad y verdadera libertad
se les llamaba—
que jamás llegaban
como espejismos en medio del desierto 1.
Este es el grito de la víctima y de la revictimización eclesiástica. Otros artículos de este libro explorarán distintas aristas del tema: posibles causas, alcances, consecuencias, ámbitos, etc. Estas líneas solo quieren esbozar, con todos los límites del lenguaje, el grito ahogado de las víctimas de abuso eclesiástico. Y en mi caso que escribo el grito impotente, doloroso e hiriente, de ver a la Iglesia a la cual pertenezco no terminar de comprender la tragedia humana que esto significa y la falta de respeto a las víctimas.
UNA ESTAFA QUE ROBA LA VIDA
Para todos es familiar la figura de la estafa. Nos molesta conocer tantas historias de personas engañadas, que pierden todo por confiar en alguien que ofrece algo en términos que parecen reportar un beneficio dentro de los acuerdos del quehacer humano. Hemos sido testigos de desfalcos piramidales, empresas de papel, etc. Mediante ello se puede llegar a robar todo el capital económico de una persona, dejándola en la calle con gravísimas consecuencias para su vida. Pero lo que esos grandes fraudes nutridos de engaño no pueden hacer, es esclavizar y devorar la vida y la dignidad del afectado. En la estafa económica el perjudicado podrá enfurecerse con su estafador, indignarse, insultarlo, iniciar de inmediato, si es posible, acciones legales.
El tipo de fraude que significa el abuso de poder y de conciencia y, por cierto, el abuso sexual, es radicalmente más hondo. La oferta que se acepta por parte del abusado es aquella que ofrece llenar de sentido la vida, abrirla a la trascendencia, desplegar lo mejor de lo humano en un ambiente de sólida confianza. Una vez que el abusador —usando la oferta divina y aprovechándose de la confianza que le confiere el espacio donde se mueve— consuma la estafa, lo que roba no es algo. Lo que roba, aquello de lo que se apropia, es la esencia de la persona: su ser, su libertad, su dignidad, su humanidad y su alegría.
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