Así, según Balzac, cada cuerpo de la naturaleza se encuentra compuesto de series de espectros, en capas superpuestas hasta el infinito, semejantes a infinitesimales películas foliáceas, siguiendo todas las perspectivas a partir de las cuales la óptica percibe los cuerpos.
Puesto que el hombre nunca podría crear —es decir, a partir de una aparición, de lo impalpable, constituir una cosa sólida, o de la nada hacer una cosa—, entonces, al aplicársela, cada operación daguerriana tomaba de improviso, desprendía y retenía una de las capas del cuerpo presentado.
De ahí que dicho cuerpo, y con cada operación sucesiva, perdiera de manera evidente uno de sus espectros, es decir, una parte de su esencia constitutiva.
¿Había una pérdida absoluta, definitiva, o se trataba de una pérdida parcial que se reparaba consecutivamente en el misterio de un renacimiento más o menos instantáneo de la materia espectral? Supongo que, una vez que había comenzado, Balzac no era hombre que pudiera detenerse en el camino, y que debía avanzar hasta el final de su hipótesis. Pero este segundo punto no lo abordamos entre nosotros.
¿El terror de Balzac ante el daguerrotipo era sincero o fingido? De haber sido sincero, al perder, Balzac no habría sino ganado, pues sus amplitudes abdominales, entre otras, le hubiesen permitido prodigar sus “espectros” sin contar. En todo caso, eso no le impidió posar al menos una vez para ese daguerrotipo único que tenía yo en mi posesión, después de Gavarni[13] y Silvy,[14] y que hoy se encuentra con M. Spoelberg de Lovenjoul.[15]
Pretender que su terror era simulado sería delicado, aunque no debemos olvidar, empero, que el deseo de sorprender fue durante muy largo tiempo el pecado común de nuestras mentes de élite. Tales originalidades, tan reales y de muy buena ley, parecen gozar tanto con el placer de ataviarse de manera paradójica ante nosotros que debimos encontrar una denominación a tal enfermedad del cerebro, “la pose” que los románticos afectados, tuberculosos, de aire fatal, transmitieron perfectamente intacta, primero bajo la apariencia ingenua y brutal de los realnaturalistas, después hasta la presente rigidez, el porte ajustado y como cerrado a triple vuelta de nuestros decadentes actuales, singularísimos y egocéntricos.
Como fuese, Balzac no tuvo que ir muy lejos para encontrar dos fieles de su nueva doctrina. Entre sus más allegados, Gozlan,[16] desde su prudencia, se apartó enseguida; pero el buen Théophile Gautier y el no menos excelente Gérard de Nerval siguieron de inmediato a los “Espectros”. Toda tesis fuera de las verosimilitudes no podía sino placerle al “impecable” Théo, al poeta delicado y encantador, que se mecía en su vaga somnolencia oriental: la imagen del hombre se proscribe, por cierto, en los países del sol naciente. En cuanto al dulce Gérard, montado para siempre en la Quimera, lo habían atrapado por adelantado: para el iniciado de Isis, el íntimo de la reina de Saba y de la duquesa de Longueville, todo sueño era bienvenido… Pero mientras seguían hablando de espectros, tanto uno como otro muy despreocupadamente figuraron entre los primeros en pasar delante de nuestro objetivo.
No sabría decir cuánto tiempo el trío cabalista resistió ante la explicación completamente física del misterio daguerriano, que pronto pasó al ámbito de lo banal. Parece que con nuestro sanedrín ocurrió como con todas las cosas, y que después de una primera y muy viva agitación, se terminó por dejar atrás bastante rápido. Así como llegaron, así debían partir los Espectros.
Por otra parte, nunca más fue cuestión en ningún otro encuentro ni visita de los dos amigos en mi estudio.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.