Ben Aaronovitch - Verano venenoso

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La vida en el campo no es tan idílica como parece… El agente de policía y aprendiz de mago Peter Grant decide tomarse un descanso del trabajo en la ajetreada ciudad de Londres para ayudar en la investigación de la desaparición de dos niñas en Rushpool, un pueblecito cerca de Gales donde se siente como un pez fuera del agua. Aunque en un primer momento parece que no se trata de un caso relacionado con la magia, pronto Peter descubrirá que los campos y bosques idílicos de la campiña inglesa esconden una historia muy oscura y que los seres de los cuentos de hadas no solo habitan en los cuentos infantiles…"Las novelas de Aaronovitch son divertidas, encantadoras, ingeniosas y emocionantes, y dibujan un mundo mágico muy cerca del nuestro." The Independent

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—O café, si es más sencillo.

—¿Qué prefiere? —preguntó con irritación.

—Café —dije.

—¿Puedo tomar café yo también? —inquirió Mathew.

Lo que significaba que Ryan también quería, aunque al final los dos se conformaron con una lata de Coca-Cola para cada uno y un par de trozos pequeños de brazo de gitano, el soborno favorito de los padres a nivel nacional. Yo puse de mi parte y balanceé a Ethan arriba y abajo e hice ruidos raros hasta dejarlo tan confuso que no podía enfadarse. Para cuando tenía la taza de café instantáneo de marca blanca delante, Ryan y Mathew se había trasladado al salón contiguo para ver los dibujos animados. Joanne se desplomó sobre la silla que había al otro lado de la mesa, frente a mí, y se tapó la cara con las manos.

—Ay, Señor —dijo.

Ethan eructó de forma inquietante y dejé de hacer malabares con él por si acaso. Existen límites para los sacrificios que estoy dispuesto a hacer en nombre de la policía.

—¿Cuándo regresará su marido? —pregunté.

Joanne levantó la cabeza y suspiró.

—No volverá hasta que anochezca —indicó—. Es probable que tengan que traerlo a rastras. No puede quedarse sentado esperando, le daría algo.

—¿Y usted?

—Creo que no tengo alternativa, ¿no? —dijo—. Vicky me preguntó si quería esperar en su casa. Claro que la que no iba a venir a «esperar» aquí es ella, ¿no? ¿Ha visto su casa? Se imagina a esta prole… —Hizo un gesto que abarcó a sus hijos y el estado de su cocina—. No, si quiere compañía… No es que le falten amigos precisamente. —Me miró de una forma extraña—. ¿Los entrenan a ustedes para que mantengan la boca cerrada? Porque parece que la única que habla aquí soy yo.

—Se supone que debemos ser discretos —expliqué.

—¿Ah, sí? ¿Así ya nos incriminamos nosotros solitos, no?

En realidad, era exactamente por eso… entre las otras muchas tareas que se supone que debe realizar un mediador de la policía.

—Nos han formado para eso —dije—. La idea es no complicarles la vida más de lo necesario.

Aquello le hizo gracia y soltó una carcajada breve y triste. Entonces, fijó sus ojos en los míos y me mantuvo la mirada.

—¿Cree que voy a recuperar a mi hija? —preguntó.

—Sí —contesté.

—¿Por qué?

Porque hay que mantener la esperanza y no tener noticias es una buena noticia. Y porque lo mejor que puedes hacer es parecer franco y sincero. Si recuperan a sus hijos, ni siquiera recordarán lo que les dijiste, y si no lo hacen…, entonces nada más importará.

Trataba de dar con alguna mentira convincente cuando una voz procedente del pasillo me salvó.

—¿Jo? ¿Estás en casa? —Por su voz era un hombre adulto de clase alta.

—¡En la cocina! —vociferó Joanne.

Oímos que se detenía en la puerta del salón y que les preguntaba a los chicos si estaban bien.

—Nada de desanimarse —les dijo, y después entró en la cocina.

Era más alto que yo, tenía unos cuarenta y cinco años e iba vestido con unos pantalones de camuflaje, unas botas de goma verdes y una camiseta de rugby azul y dorada que no era lo bastante ancha como para ocultar una barriguita. Tenía una espalda ancha que aumentaría de tamaño, los ojos marrones, la nariz estrecha y una frente amplia. Estaba a punto de decirle algo a Joanne cuando se percató de mi presencia.

—Hola —dijo—. ¿Quién es usted?

Joanne nos presentó. Era Derek Lacey, el padre de la otra chica desaparecida. Había estado ayudando con la búsqueda sobre el terreno, pero empezaban a quedarse sin luz.

—Solo quería asegurarme de que estabas bien —dijo.

—Todo lo bien que puedo estar —contestó Joanne.

Derek retiró una silla y la situó al final de la mesa antes de sentarse. Se colocó todo lo cerca que pudo para interponerse entre Joanne y yo, pero tampoco tanto como lo hubiera estado de haberse apoyado con las piernas cruzadas sobre la mesa. Me pregunté si sería consciente de lo que había hecho. Joanne le ofreció un café; él pidió algo más fuerte.

—A Vicky no le parece bien —me contó, mientras Joanne pescaba media botella de whisky Bell’s de un estante alto del armario que quedaba convenientemente fuera del alcance de los niños—. Pero, joder, ahora mismo necesito una copa.

Joanne se la sirvió en un vaso naranja con el dibujo de un pulpo feliz y la botella de whisky regresó rigurosa y definitivamente al estante. Derek se lo bebió de dos tragos. Inspirado, Ethan arrugó la cara y empezó a llorar hasta que lo calmaron con zumo de naranja.

—¿Dónde está, Andy? —preguntó Joanne.

—Íbamos en partidas distintas —explicó Derek—. Creo que ellos se dirigían a Bircher. —Sus ojos se desplazaron primero hacia el armario donde el Bell’s estaba a buen recaudo, después hacia Joanne y de nuevo hacia mí.

—No pretendo ser borde —dijo—, pero me gustaría hablar en privado con Joanne.

Miré a Joanne en busca de una confirmación y ella asintió ligeramente.

—Por supuesto —contesté, y le tendí a Ethan simplemente para ver su reacción. Derek alzó en brazos al chiquillo con naturalidad y Ethan no pareció tener ninguna objeción, aunque quizá estuviese distraído con el zumo de naranja.

Noté que estaban esperando a que me marchara por el pasillo y saliera por la puerta. Pensé en dar la vuelta y ver si podía escuchar algo, pero consideré que aquello parecía sacado de una novela de Enid Blyton y que era demasiado, incluso para mí.

Rushpool estaba en el lateral de un valle que se extendía, aproximadamente, de noroeste a sudeste siguiendo, lo que más tarde descubrí gracias a una fuente de información impecable, el curso del Rushy, uno de los muchos arroyos que convergían más abajo con el arroyo Ridgemoor, antes de encontrarse con el Lugg en Leominster. En términos hidrográficos, en realidad es más complicado que eso, pero, dado que me quedé dormido durante parte de la explicación, no puedo aleccionar a nadie. Aunque todavía era pronto, el sol ya se había puesto tras la cresta de las montañas que había detrás de la casa de los Marstowe, y había dejado en su estela un resplandor brumoso y anaranjado y ofrecía al pueblo en una refrescante sombra. Oía el murmullo de las voces de la aglomeración de periodistas en el pub —que seguían esperando en la entrada de la calle sin salida— y veía la punta de sus cigarrillos electrónicos y los ocasionales flashes de sus cámaras. Me extrañaba que Nightingale quisiera ver mi cara en las noticias, de manera que me escabullí por un lado para asegurarme de que un arbusto me tapara. Después, llamé a la sargento Cole para informarle de que me había marchado ya del domicilio.

Me dijo que no me alejara por si acaso volvían a necesitarme «o por si se desatara una buena pelea». No tuve ocasión de preguntarle si pensaba que eso podía ocurrir. Los equipos de búsqueda estarían fuera hasta que cayera la noche, pero el jefe de policía Windrow ofrecería una sesión informativa para el equipo de investigación durante la siguiente hora más o menos. Hasta entonces, yo era el único efectivo disponible en la zona.

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