Eric Nepomuceno - Bangladesh, tal vez

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Una mujer enloquece al observar el río que arrastra los cadáveres de las recientes revueltas. Un grupo de soldados se extravía en la selva y asalta un pueblo donde la venganza encontrará un cumplimiento perturbador. En este libro las historias de amor penden de un hilo, incluso una mirada o un recuerdo puede destruirlas. La muerte, los sueños arrasados, la soledad y la violencia son los rasgos que definen vida y destino.A lo largo de veintiséis relatos,
Bangladesh, tal vez recorre un corpus narrativo hasta ahora casi desconocido en nuestro país. Tramas intensas, fragmentarias, sesgadas. Testimonios de dramas a punto de extinguirse. Un estilo consistente y maduro. Una prosa polifacética, ágil, que enfoca sin miramientos los conflictos que definen a los seres humanos, abre espacios donde las emociones y los paisajes interiores que los habitan expresan su complejidad en unas cuantas líneas. Sus personajes concentran el dolor de sus vidas, capaces de vivir laberintos de memoria o dudas presentes que los vuelven entrañables. La puerta a un universo literario personal, cautivante.

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Mi compañero, el que había insistido, dijo:

–No, no. No se acabó. Quiero saber de los niños.

Mi compañero se quedó, mientras nosotros dos bajábamos por el camino, acompañados por cuatro soldados. No hablamos nada mientras bajábamos rápido hacia el asfalto donde la camioneta nos esperaba.

Esa misma noche, en el hotel, mi compañero nos contó el final de la ceremonia. El menor de los tres niños había recibido un tiro en la frente; los otros dos, en la nuca.

El menor de los niños cayó para atrás, los brazos abiertos. El niño que se llamaba Pedro se despidió de los soldados cuando el sargento se acercó con la pistola. Esta vez, el sargento disparó.

Pedro le había dicho al soldado joven:

–¡Dile que no, dile que no!

Y cuando vio que el sargento apoyaba la pistola en su nuca, dijo apenas:

–Hasta luego.

LA SUZANITA

El Peugeot paró en la esquina de la gasolinera. Allí terminaba el asfalto y comenzaba la calle de terracería. Era como la frontera de un mundo con otro. De ahí en adelante seguiría a pie. “Precaución, compañero”, había dicho El Gitano la noche anterior, mientras terminábamos el café.

El chofer, gordo y quemado por el sol, sacó un pañuelo del bolsillo y sin quitarse el cigarro de la boca se secó la cabeza, el mentón y la nariz. Después miró el taxímetro, que marcaba dieciocho con cuarenta, y dijo: “Veinte”. Exten dí dos billetes de diez y uno de cinco, y dije: “Gracias”. Él murmuró alguna cosa que no entendí. Bajé del auto.

Me quedé parado en la banqueta, justo ahí, en la frontera entre el asfalto y la calle de tierra revuelta, viendo como él maniobraba sin ninguna pericia y llevaba el Peugeot amarillo de nuevo hacia el asfalto para después desaparecer enseguida.

Cruzar la frontera entre los dos mundos por el lado derecho de la gasolinera, entrar en el primer callejón a la derecha, caminar cuatro cuadras, parar, encender un cigarro, continuar, ahora a la izquierda, por otra calle terrosa, seguir hasta encontrar un bar llamado La Suzanita, así, con z. “Ahí estará alguien”, había dicho El Gitano, que era de pocas palabras.

–¿Él estará ahí?

–Quizá. Es posible. Todo es posible.

–Quiero saber. Necesito saberlo.

–Quizá.

El Gitano vació la taza de café, se tocó la punta del bigote con el dedo, encendió un cigarro y no dijo nada. Sí, en efecto, era de pocas palabras, de muy pocas. En realidad no me caía bien. Se quedó mirándome durante poco tiempo; yo me sentía medio ridículo y un poco irritado. Al fin dijo: “Una y cuarto”, y luego agregó: “Más vale que no te retrases”.

Yo había llegado cinco minutos tarde al encuentro de aquella noche. Lo miré y dije en voz baja: “Vete a la mierda”.

Pensaba en el hombre a quien estaba por ver, y en la última vez en que habíamos estado juntos, unos dos meses antes, cuando las cosas eran diferentes y todos repartían promesas en las que creían.

No llevaba reloj, pero el chofer del Peugeot me había asegurado que faltaban quince para la una cuando me dejó allá atrás, en la frontera entre el asfalto y la terracería, en la gasolinera.

El sol de octubre comenzó a arder en mi cara cuando doblé a la derecha; continuó ardiendo durante las dos cuadras siguientes y todavía después, cuando paré y encendí el cigarro a deshora. Miré hacia atrás: un niño venía por la calle, nada más. El niño pasó a mi lado mirando mis pantalones descoloridos. Esa gente nunca dice nada: son pobres y callados. Las ventanas estaban cerradas y advertí que más adelante, debajo de un árbol, había un pequeño Fiat 600. La calle estaba muerta, como todo lo demás.

En la esquina siguiente doblé a la izquierda y seguí caminando. El sol ardía en mi nuca: una, tres, cinco cuadras, ¿llegaré a tiempo?, y apreté el paso. El bar debe estar cerca, pensé, pero tengo tiempo, tengo tiempo. De cualquier forma sería desagradable si llego tarde y él ya está ahí. Anduve más rápido hasta que finalmente vi, en la otra esquina, el letrero de Coca-Cola anunciando La Suzanita.

Dos puertas abiertas daban hacia la banqueta de cemento, cubierta por el polvo de la calle de tierra; y había, también, una camioneta toda empolvada en la siguiente esquina, dentro de la cual yo adivinaba gente escondida, vigilando los alrededores.

Dos puertas abiertas y allí dentro nadie: tres mesas de fierro, un mostrador, estanterías con latas y botellas, carteles de cigarros. Me quedé esperando. De repente, detrás del mostrador surgió un muchacho de unos quince años. “Buenas”, dije, tratando de arrastrar cada letra para tener un aire de indolente familiaridad y serenidad, pero él no respondió.

Una radio vieja chillaba el noticiero de la una, y el muchacho miró hacia una mesa del rincón. Seguí su mirada: en la mesa había, entre dos vasos vacíos, una botella solitaria de cerveza que parecía estar esperándome, a mí y a alguien más; eso era todo. Me senté y serví un vaso.

Mientras bebía la cerveza, el muchacho desapareció por una puertita angosta entre las estanterías y me quedé solo. La radio seguía chillando los resultados del campeonato regional de futbol, luego anunció que era la una y media. “No va a venir”, pensé.

Las calles de tierra continuaban en un silencio nocturno y profundo, bajo un sol impío. Me quedé pensando en cómo hacerle para retomar el contacto, ahora que el sindicato había sido cerrado y la vida era otra. Yo había venido desde muy lejos, necesitaba volver con la información que sólo él podría darme a cambio de la información que sólo yo podría darle. Era un encuentro crucial, había sido orquestado de forma cuidadosa, con incluso más que las mínimas precauciones. Quince minutos de retraso, él nunca se retrasaba. Quince minutos era el tiempo que tendríamos para nuestro encuentro.

De repente, detrás del mostrador surgió el ruido de unos pies livianos, arrastrándose. Miré a una joven de unos veinte años, misteriosamente bella y serena. “Buenas”, murmuré otra vez, y otra vez fue en vano. Ella miró hacia la calle y desapareció por la puertita entre las estanterías; pero apenas hubo desaparecido surgió de nuevo haciendo un gesto afligido para que yo me aproximara. Miré la calle, todo continuaba igual. Rodeé el mostrador, entré por la misma puertita angosta. Ella me observaba con ojos asustados. Vi un minúsculo collar de gotitas sobre sus labios. Era una chica sombría y bonita, había cierta furia en sus ojos. Me quedé mirándola, a la espera de alguna palabra, alguna señal. Me observaba con una angustia juvenil mientras buscaba palabras. El silencio pareció durar media vida, hasta que una voz serena dijo:

–Sucedió algo.

El resto lo dijo en medio de un llanto: no habría encuentro, tenía que regresarme al hotel de la ciudad y esperar hasta las diez de la mañana del día siguiente. Y si nadie me buscaba tenía que volver de inmediato a la capital y buscar algún cobijo hasta que todo volviese a la calma. Después, me indicó una puerta que daba al patio, y dijo que más allá del patio había otro callejón y que yo debería caminar con rapidez a través de él hasta la gasolinera, donde un taxi me estaba esperando para llevarme de regreso a la ciudad.

Era esbelta, tenía una cierta aflicción en los gestos que contrastaba con la serenidad de su voz y el brillo inmóvil de sus ojos. Tocó levemente mi mano, como en una despedida, y después, en un arrebato inexplicable, me abrazó y me empujó hacia la puerta.

Había otro Peugeot en la gasolinera. El conductor era un joven de piel curtida por el sol. No dijo nada cuando entré, sino que se limitó a arrancar con la velocidad del rayo; y así, durante kilómetros, prosiguió hasta la ciudad. Se detuvo a tres cuadras del hotel. No pregunté cuánto le debía. Bajé lo más rápido que pude, y él susurró: “Suerte, ten cuidado”.

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