—Mmm, nada doña Jaren, vi a su nieta comprando en la frutería y hablamos un poco nada más, lo juro.
—Bah, estoy demasiado agotada para estas tonterías, acompáñala a su habitación, joven Ignum. Buenas noches —dijo Jaren desganadamente mientras se alejaba por el pasillo.
—Gracias por no decirle nada de lo de esta mañana, me habría echado más la bronca —se dirigió Veëna al muchacho con tono de alivio una vez que su abuela ya no podía oírlos.
—Pues casi se me escapa… en fin, bienvenida a la logia. No te he dicho mi hombre aún, soy Daven de Ignum, para servirte —anunció haciendo una exagerada reverencia.
Daven la acompañó a su habitación a través de múltiples pasillos y escaleras siniestras mientras le hablaba de unos y otros, aunque Veëna no le estaba presentando mucha atención porque iba pensando enfadada en cómo su abuela la había sacado de su casa en su cumpleaños sin preguntarle y la había llevado a aquel recóndito castillo. Llegaron a un ala llena de puertas de otras habitaciones, Daven le entregó la llave de su cuarto y se despidió alegremente hasta el día siguiente.
Su habitación era pequeña y modesta, solo tenía un escritorio de madera, un armario y una cama con dosel de aspecto antiguo. Tras acostarse, únicamente veía luz de la luna a través de una pequeña ventana con vistas a las montañas, a la que Veëna miraba mientras intentaba conciliar el sueño llena de rabia. Estaba indignada y confusa, quería escaparse de ese lúgubre lugar, aunque por otro lado recibir instrucción mágica… era tentador, quizá cuando le enseñaran algo podría abrir el portal por el que habían venido, o pedírselo a Daven. «¡Vaya cumpleaños más raro!», pensaba la muchacha; había ido a clase, salvado a unos obreros, la había secuestrado su horrible abuela y ahora estaba en un castillo medieval… y Rophenn ni siquiera la había felicitado, como si se hubiera olvidado de ella y eso le molestaba más de lo que le gustaría. Él era su verdadero profesor de magia, no como ese que le que querían poner que seguro que sería otro viejo raro como los del consejo. Después de un rato de dar vueltas en las mullidas sábanas de felpa y levantarse a comer el trozo de tarta que le había dado su tía Fandy, se sumió en un sueño inquieto y con pesadillas.
IV EL CAMINO DEL APRENDIZAJE
Veëna estaba al borde de un precipicio y respiraba pesadamente. La perseguía su arisca abuela Jaren y su adorado maestro Rophenn. Este al principio le decía que no se tirase, pero su abuela insistía en que lo hiciese, que no era necesaria, al final recibió un empujón que le hizo caer hacia el abismo… entonces se despertó sudorosa en un lugar desconocido. Entraba una tenue luz por la pequeña ventana y las sábanas hacían un agradable y suave sonido aterciopelado al moverse. Estaba en el castillo de la Logia del Fénix, ya lo recordaba, aunque deseaba con todas sus fuerzas estar en la habitación de casa de su tía Fandy. Su primer problema fue que no sabía dónde estaba ni el baño ni la cocina y tenía que resolver esas necesidades acuciantemente, por ello, sin cambiarse el pijama se aventuró fuera de la habitación. El pasillo seguía iluminado con velas que ardían sin parecer consumirse, aunque no le pareció tan tenebroso como la noche anterior. Pasó por delante de varias puertas idénticas a la de su habitación y encontró el baño. Después decidió volver a su habitación a ponerse una sudadera negra y vaqueros, aunque no se puso su gorro, allí no tenía sentido ocultar su pelo. Mientras se cambiaba recordó de pronto sus heridas del día anterior, que ya iban cicatrizando en sus brazos y rodillas. Pensó en buscar a Daven porque no había ni un alma por allí, solo esperaba no encontrarse a su abuela. Estaba bajando las escaleras de caracol de su ala del castillo cuando se topó con Daven que subía.
—¡Buenos días! ¡Qué madrugadora! Eso significa que estás lista para tu primer día de lecciones —sonrió él despreocupadamente.
—Ah, hola, aún no estoy lista —le contestó ella sin lograr corresponder su abrumador entusiasmo—. No he desayunado porque no he encontrado la cocina…
—¡No te preocupes por eso! No hace falta cocinar aquí, ven, te llevaré al comedor.
Bajaron aún más escaleras de caracol y llegaron a la planta baja del castillo, donde había una gran sala con mesas redondas de madera en las que unas diez personas de aspecto estrafalario conversaban y a las que les llegaba la comida en bandejas y carritos que se movían solos y flotaban por el aire. Olía a verduras, huevos fritos y tocino, entre otros olores que Veëna no supo identificar.
—Así que aquí estaba la gente, no había visto a nadie ni ayer ni hoy… —comentó Veëna con el gesto torcido.
—Claro, es que no hay muchos magos viviendo aquí, además tu ala es la de estudiantes y tú eres la única en este momento. Mi familia vive aquí a veces y otras vivimos en nuestra casa de Kodunia, aunque estos días duermo en el castillo por si te pasa algo, órdenes del abuelo. Pero bueno, como es la hora del almuerzo muchos magos disfrutan madrugando y reuniéndose aquí, luego te presentaré a algunos —le explicó alegremente Daven mientras tomaban asiento en una de las mesas.
Al segundo se les acercó una corpulenta mujer de avanzada edad con una libreta para preguntarles qué querían comer, saludando alegremente a Daven. Los muchachos pidieron un desayuno completo que no tardó en llegarles en un carrito autónomo.
—¿Quién lo está controlando? —preguntó curiosa Veëna.
—Nuestra maestra cocinera Wanly, la señora que nos ha atendido, su especialidad es el aire, así que cocina y nos trae todos los pedidos con un poco de ayuda mágica —le aclaró Daven guiñándole un ojo.
—Increíble que lo haga todo ella sola, ¿y dónde compráis la comida?
—La producimos aquí, el marido de Wanly, el señor Giopp tiene gallinas y cerdos, además de un huerto con todas las frutas y verduras que te puedas imaginar. Cuando tengas un rato te llevaré al valle del castillo donde los cultiva. Para él es muy fácil porque su especialidad es la tierra…
—¿Qué es eso de especialidad? Ya lo has dicho dos veces.
—Ah, es verdad, no te lo han enseñado aún, verás… —Daven miró de pronto hacia la puerta del comedor—. Bueno, mejor te lo explica tu maestro, ahí viene.
—Buenos días, Veëna. Y al joven Daven también. Que os aproveche.
—¡¿Rophenn?! —Veëna se quedó boquiabierta y se le cayó el tenedor. Todos los presentes en el comedor se giraron para observar lo que ocurría—. ¡Será posible! Todos aquí estáis jugando conmigo, está claro.
—Cálmate, Veëna, siento no haberte dicho nada, pero no lo tenía permitido…
—¿Eh? ¿Se conocían? —inquirió Daven extrañado.
—Es una larga historia —Veëna miraba fríamente al que había sido e iba ser de nuevo su maestro—. He terminado el desayuno, vayamos donde haya que ir.
—No te lo tomes así… ¿acaso no te alegras de verme?
—¡Casi que preferiría a un viejo loco como profesor que a ti! Ni siquiera supe nada de ti en mi cumpleaños.
—Imperdonable por mi parte, como ves la logia me reclamó y no pude contactar contigo hasta este momento. Te felicito ahora —aclaró posando su mano en el hombro de la chica con amabilidad.
—Excusas, vamos, empieza las lecciones esas —le retó Veëna desafiante.
—Oye, no te pases con tu maestro —intervino Daven serio—. Don Rophenn es un erudito muy apreciado para la logia, me dio clase a mí también.
—No te apures, muchacho, ya nos conocemos y sé que salta a la mínima, pero sabrá perdonarme. Por ahora, vayamos a un aula.
Abandonaron el comedor ante la mirada curiosa y los cuchicheos de los demás magos. De nuevo subieron algunas escaleras, aunque en seguida llegaron a una amplia ala del castillo muy bien iluminada. Recorrieron el camino algo tensos por la conversación que habían tenido, incluso Daven iba serio para su habitual alegría. Finalmente, entraron en una sala con un gran escritorio y una extraña pizarra compuesta de fluidos cambiantes en lugar de mineral. Además, había algunos pupitres, cachivaches de función desconocida y una gran estantería con libros que Veëna no había visto nunca. Una vez en el aula, Rophenn se sentó en el escritorio y los muchachos en los pupitres, aunque Daven cogió antes unos libros de teoría mágica de la estantería.
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