—Oh, es verdad, bueno me dedicaré a probar el nuevo juego y supongo que tendré que hacer los deberes —dijo Veëna con tono de aburrimiento mientras estiraba los brazos.
—Ay, sí, qué pereza. Bueno, yo voy por esta calle, ¡pasa un buen cumpleaños, amiga! —gritó Katriz mientras se alejaba calle abajo pedaleando su bicicleta.
Veëna la despidió con la mano y retomó la marcha también. Iba sumida en sus ensoñaciones sobre cuál sería la sorpresa especial que la esperaba, sobre sus ejercicios para practicar magia, sobre el maestro Rophenn acudiendo a su fiesta de cumpleaños… Dobló la esquina de la calle principal con el viento en su contra y una ráfaga de arena se estampó contra su cara. A quinientos metros de ella estaban de obras en la fachada de un edificio muy viejo y caían pequeñas piedras y grava desde el andamio, el cual se balanceaba peligrosamente a causa del viento repentino. Los obreros intentaban fijarlo a la pared, pero de pronto una parte de la fachada cedió y el andamio se precipitaba pesadamente hacia atrás directo al suelo. Veëna solo dudó una centésima de segundo en la que se acordó de su tía Fandy: «Nada de usar magia, niña». Soltó las manos del manillar de la bicicleta y las alzó en un gesto de querer contener el pesado objeto sobre el que había tres obreros que se agarraban a lo que podían para no caer desde gran altura. En el último momento y con gran esfuerzo, logró hacer fuerza con el aire para detener la caída del andamio y este volvió a su posición vertical, aunque Veëna no pudo mantener el equilibrio en su bicicleta y cayó de bruces contra las cajas de fruta de una frutería.
—¿Estás bien, chica? —salió alarmado el frutero—. ¡Tienes que ir con cuidado! ¡Mis manzanas todas por el suelo!
—Ag… perdón —Veëna aún en el suelo examinaba sus rodillas y manos peladas. De pronto, un desconocido la cogió del brazo y la instó a andar.
—Venga, levanta, no puedes quedarte aquí. ¿A quién se le ocurre?
Veëna, aún dolorida y aturdida, se dejó arrastrar hasta un callejón. El desconocido, que ahora veía que era un joven de su edad de aspecto espabilado, llevaba su bicicleta con una mano y a ella con la otra. Una vez se alejaron del barullo de la calle principal, donde los desconcertados obreros se afanaron a amarrar bien el andamio, el muchacho habló enfadado:
—¡¿Pero en qué estabas pensando?! Y lo más importante, ¿quién eres? Nunca te había visto.
—Yo… intentaba salvarlos y…
—¡Te has puesto en peligro! Y hay que salir de aquí corriendo, puede andar cerca la brigada.
—Pero iban a morir…
—Tú sí que puedes morir como sigas usando la magia por la calle. Es igual, si ya puedes pedalear coge tu bici y vuela, pero da un rodeo para asegurarnos. Creo que nadie te ha visto…
Veëna, aún aturdida, miró al misterioso desconocido por última vez antes de montar en su bicicleta, tambaleándose. Le pareció que debajo de su gorra sobresalían cabellos rojos, pero el callejón estaba demasiado en penumbra como para asegurarlo.
III LA LOGIA DEL FÉNIX
Mientras tanto, en casa de Fandy aguardaba sentada en el sofá una inusual visita. Estaba prevista su llegada ese día desde hacía meses, en realidad desde hacía años. Se trataba de la orgullosa y fría Jaren de Vengefir, abuela paterna de Veëna. Una mujer alta y espigada, de rosto tan afilado como sus maneras, cabello azulado que ya peinaba canas, pero que aun así no aparentaba para nada sus sesenta y cinco años. Llevaba sentada con los brazos cruzados y gesto impaciente desde hacía una hora, en la cual Fandy no había podido quitarse la inquietud de encima. Mientras hacía como que leía una revista de cotilleos, la miró por encima de sus gafas de aumento. «No me gusta nada esta mujer, a lo mejor puedo negarme a que se lleve a Veëna. ¡Sí! Al ser su tutora legal podría consultarle a Roph mis posibilidades… aunque no quiero que esta vieja me fría con un rayo. Ojalá Veëna tarde en venir y se acabe cansando de esperar. Ay, ¿qué digo? Veëna se va a enfadar conmigo...», pensaba ella toda atribulada.
—¿Dónde está la niña? No la habrás mandado fuera de la cuidad, ¿verdad? —la acusó de pronto Jaren clavando sus fríos ojos en Fandy.
—Por supuesto que no, estará al caer, doña Jaren —respondió Fandy con tono de ofendida—. Se lo prometí hace tiempo cuando me mandó aquellas cartas.
—Más te vale que aparezca pronto.
No hubo que esperar mucho en aquel incómodo silencio. Veëna apareció por la puerta llena de heridas abiertas y con el rostro cansado y pálido.
—¡Por dios, Veëna! ¿Qué te has hecho? ¿Te has caído de la bici? —se dirigió hacia ella su tía, alarmada.
—Sí, tía, pero no es nada, solo son roz… —se interrumpió al ver a la señora de cara amargada—. Vaya, no sabía que teníamos visita.
—No soy cualquier visita, niña, soy tu abuela Jaren por si no te acuerdas de mí. He venido a llevarte conmigo. Recoge tus cosas.
—Pero oye, ¿cómo que… irme contigo? —preguntó Veëna sorprendida, mientras el enfado empezaba a bullir en su interior—. Tía, ¿qué significa esto?
—Lo siento, cariño, me veo obligada a que te marches con ella. No te preocupes, estarás bien y solo serán unos días.
—¿Esta era la sorpresa especial? —le espetó Veëna con rabia en los ojos.
—Basta, niña, ponte una ropa más decente y en diez minutos salimos—intervino Jaren hastiada.
—¿Y si no quiero?
—Mocosa impertinente, está claro que la insignificante de tu tía no te ha enseñado modales. Solo te diré que es a causa de los poderes que hay en ti. Ahora rápido, obedece.
—Hazle caso, por favor, Veëna.
—¡Niña! ¡Esperrranza! —intervino de pronto Albus.
La muchacha corrió rumbo a su cuarto conteniendo las lágrimas. Empaquetó a toda prisa sus vaqueros y gorros de lana de repuesto, camisetas blancas y grises, su consola y libros de clase. Entró su tía silenciosamente a darle un antiséptico, tiritas y un trozo de su sorpresa especial: una tarta de fresa hecha por ella misma. Veëna no se dignó a mirarla, solo recogía enfurruñada.
—Perdóname, no sabía que te llevaría así deprisa y corriendo. Pensaba que se quedaría a comer…
—¿Así que sabías que vendría?
Fandy la miraba apenada y suplicante, pero Veëna ya había terminado de hacer su maleta y salió de su cuarto en dirección a la puerta principal, donde la aguardaba Jaren, de pie y mirándola desde la altura de sus tacones. La muchacha le dirigió una mirada de odio y salió delante de ella. Su abuela se despidió de Fandy con un simple «Adiós» y cerró la puerta tras de sí, dejando a la mujer sola y entristecida. Se subieron al lujoso coche de Jaren y viajaron en silencio unos veinte minutos antes de aparcar a la puerta de una pequeña cafetería de aspecto iluminado y acogedor llamada Halcón Ardiente.
—¿Ahora me traes a comer pastelitos? —le espetó con sorpresa e indignación Veëna—. ¿No íbamos a tu casa?
Su abuela no se dignó a contestarle y atravesaron el umbral de la puerta, que tintineó a su paso.
—Buenas tardes, doña Jaren. Tan elegante como siempre, ¿quién es la joven que le acompaña? —se les acercó servicial el camarero.
—Mi nieta, Oslen. ¿Los demás no han llegado aún?
—Sí, ya están dentro. ¿Van a tomar algo antes?
—Es su cumpleaños, ¿tienes algo adecuado para ello?
—¡Por supuesto! He traído hoy un delicioso pastel de chocolate.
—Sea. Y dos refrescos.
Veëna se alegró por el postre que su abuela había pedido, aunque contrastaba con su actitud fría, que rozaba la antipatía. «Quizá no sea tan horrible, o eso espero», pensó mientras se sentaban en una mesa para dos, iluminada por una vela, y comieron en silencio porque, a pesar de todas las preguntas que tenía en la cabeza, su abuela tenía un aire de autoridad que indicaba que permaneciera callada.
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