—Ya lo sé, tía —suspiró Veëna mientras comía los cereales a toda prisa—. Me voy que llego tarde. ¡Espero impaciente tu sorpresa!
Se puso el abrigo y su inseparable gorro negro y montó en su bicicleta rumbo al instituto, un lugar que ella asemejaba con una cárcel en la que tenía que cumplir condena. En los últimos años todo había continuado casi igual, su amiga Katriz estaba con ella, a excepción de cuando algunos chicos acudían a hablarle mientras Veëna jugaba a la consola. Se había resignado a la situación y ya no se metían tanto con ella, en parte por una especie de temor que producía en sus compañeros, como si la envolviera una barrera invisible, y es que lo que los demás desconocían de ella eran sus poderes. Lo que a Veëna le motivaba, a parte de la magia que solo podía usar a escondidas, era poder ir a la universidad de la vecina ciudad de Rutner a estudiar biología, ya que sentía una conexión profunda con la naturaleza y los seres vivos. Además, en los últimos años había llegado «Roph» a su vida. La tía Fandy y él ya se conocían de antes de que murieran sus padres, pero se limitaban a tomar cafés y hablar por teléfono de tanto en tanto, sin embargo, hacía unos tres años empezaron a salir más hasta que un día su tía se lo presentó a Veëna en casa. Era un hombre alto y de constitución atlética, con el pelo algo canoso y largo y encantadores ojos verdes, además de ir siempre elegantemente vestido, apariencia que fascinaba a Veëna a la cual consideraba el ideal de hombre apuesto. Rophenn von Krax era el notario de la cuidad, tal como lo fue su padre Kalvin von Krax. Eran, por tanto, una familia respetable y adinerada que poseía una mansión a las afueras de Kodunia. Su tía, por supuesto, estaba encantada de que por fin aquel hombre del que siempre había estado enamorada hubiera decidido estrechar su relación. Lo que Fandy no sabía era que su Roph era un mago y así se lo reveló en secreto a Veëna al poco de conocerla, cuando ella aún lo trataba con recelo.
—Veëna, tienes un pelo muy bonito, ¡qué lástima que lo estropees tiñéndotelo! —comentó de pronto Rophen mientras dejaba su taza de té sobre el plato, clavando sus inteligentes ojos verdes en ella.
Veëna no cabía en sí de la indignación. Su tía había salido un momento a comprar el pan para la comida y aquel hombre que ella había visto apenas un par de veces se atrevía a hablarle sobre su tema tabú: su pelo. Tardó unos instantes en deshacerse de su perplejidad antes de contestarle.
—¿Pero usted quién se ha creído que es para darme consejos de peluquería? ¿Y cómo sabe que me tiño el pelo? Ya se ha ido de la lengua mi tía, ¿verdad?
—Disculpa mi indiscreción y disculpa a tu tía también por habérmelo comentado alguna vez, pero no toda la culpa es suya. Conocí a tu madre y recuerdo bien que sus cabellos eran de un inusual tono morado.
—Es de la brigada antimagia, ¿verdad? —se le ocurrió a Veëna de pronto, aterrorizándose ante la idea—. ¡Por eso va detrás de mi tía, para arrestarme!
—No, nada eso —le rebatió Rophenn entre risas, pero ante la mirada furiosa de la joven se puso serio de nuevo—. Nada de eso, te lo prometo, te contaré un secreto para que confíes en mí. ¿Ves mis orejas? —se retiró los mechones de pelo castaño próximos a éstas—. Acaban en punta. Raro, ¿eh? A todos les digo que es un defecto de nacimiento, pero a ti te voy a decir que es mi rasgo, al igual que tú tienes el pelo morado. Sabrás que todo mago tiene su rasgo…
Ella se quedó sin palabras de nuevo, no sabía si se estaba riendo de ella o si el notario de Kodunia era en realidad un mago.
—Sigues sin creerme, ¿eh? Pues hagamos una cosa antes de que tu tía vuelva.
Rophen se levantó de la silla y se dirigió a la cocina, rebuscó en un cajón y regresó al comedor con una caja de cerillas.
—¿Qué va a hacer? Quieto —se levantó Veëna alarmada e hizo amago de quitarle las cerillas.
—Tranquila, no va a ocurrir nada malo —la tranquilizó él, dejando la caja en el suelo. De pronto, comenzó a mover los dedos y las cerillas salieron obediente y ordenadamente de la caja y flotaron en el aire formando un círculo. Ante otro movimiento de sus manos, ardieron en una luminosa llamarada hasta extinguirse y caer en la mano del notario.
—¡Está loco! ¿Y qué se supone que significa esto? —gritaba Veëna confusa mirando al tranquilo artífice de aquel desperdicio de cerillas—. ¿Será que usted también es mago?
—Buena deducción, y, por favor, no me hables de usted ni me denuncies a la policía, ni siquiera yo me podría librar de los cargos de uso indebido de magia.
Fue así como Veëna empezó a recibir clases de magia que para su tía eran de leyes, ya que Fandy quería que estudiase algo con más salida y prestigio que biología, pero ella no le iba a hacer caso. Todas esas reflexiones rondaban en su cabeza hasta que aparcó su bicicleta enfrente del instituto. Entró corriendo a clase y se sentó al fondo junto a Katriz, que en cuanto la vio se puso a hacer gestos de emoción contenida.
—¡Holita, cumpleañera! ¡Felicidades!
—Gracias, Katriz —le sonrió ella tímidamente, ya que algunos la miraban de reojo—. ¡No puedo esperar a ver la sorpresa que me tiene preparada mi tía! Si es tarta te llamo para que vengas.
—¡Vale!
La clase de matemáticas transcurrió con inusual lentitud, Veëna se sentía abrumada por tantos números y diferenciales, así que se limitaba a copiar la pizarra mientras recordaba otras clases más amenas.
—Así que para diferenciar a un mago de un no mago hay que ver si tiene un rasgo…
—Exacto, como pelo, ojos o uñas de colores innaturales, o, como en mi caso, las orejas puntiagudas —instruyó Rophenn a su interesada aprendiz.
—Mmm, a ver, mi madre tenía el pelo morado como yo, mi padre tenía el pelo verde como un pimiento, mi abuela Lerfinda… ¡Ah! Ya me acuerdo, ojos morados. En cambio, mi tía Fandy y mi abuelo no tienen nada de eso porque no tienen poderes.
—Sí, es común que cuando un mago y un no mago tienen descendencia los hijos y nietos vayan perdiendo la magia, decimos que la sangre se diluye —explicó el notario adoptando un gesto pensativo—. ¿Y qué hay de tu abuela paterna?
—No la he visto desde hace mucho, solo recuerdo que tenía el pelo azul y era mala.
—¡No será para tanto! —rió el maestro mago ante la ocurrencia de Veëna.
—No sé, ¡de lo que estoy harta es de tener que teñirme el pelo desde pequeña y llevar gorro! Como si estuviera mal que fuera morado…
—En absoluto, tu pelo es maravilloso, pero sería sospechoso y te denunciarían, es por tu seguridad. Los demás magos también ocultamos nuestros rasgos. No es suficiente con ocultar nuestra magia, también debemos taparnos… —se quejó Rophenn llevándose la mano a su oreja derecha.
A la hora del descanso, su amiga Katriz le regaló a Veëna un nuevo juego para su consola y una tarjeta de felicitación hecha a mano. Ella sabía que su amiga no tenía mucha gente con quien celebrar sus cumpleaños, cada vez menos desde que murió su abuelo hacía dos años. Por eso, se gastó todo el dinero de su paga en ella y no se arrepentía, ya que Veëna estaba feliz y sonriente. Ambas estaban contentas además porque era el último día de clase antes de las vacaciones de primavera, aunque tenían mucho que estudiar para los exámenes de acceso a la universidad. Todos los profesores se encargaron de poner a los estudiantes tareas para los días libres venideros y las dos amigas emprendieron el camino de vuelta a sus casas.
—Estás vacaciones hay que quedar, ¿eh, Katriz? —sugirió Veëna cuando detuvieron las bicicletas en un paso de cebra.
—Claro, pero cuando vuelva del viaje al Valle de Lafreen con mi familia, así que tendrás que estar unos días sin mí.
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