Elena Sicre - Un ángel y un nazi

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Realidad y ficción se fusionan entre las tinieblas, el infierno y el horror del holocausto judío. Una novela que pretende profundizar en las razones por las que se oscurece el alma humana y hay redención para todas ellas, incluso para las más perversas.El hombre muere, su espíritu no. Gabriel, incombustible publicista, continúa en la brecha tras su muerte. Convertido en ángel tras duros años de esfuerzo y trabajo, se propone alcanzar el éxito supremo: ascender a arcángel. Para ello, la Corte Celestial le asigna una misión imposible: que el alma del nazi Reinhard Heydrich se arrepienta en el último instante de sus crímenes de guerra.Gabriel organiza su propio ejército, liderado por su peor enemigo, el también fallecido Bene, hombre tan perverso como inteligente y expresidente de la gran multinacional publicitaria donde ambos trabajaron durante años. Hasta en tres ocasiones bajan a la Tierra en plena Segunda Guerra Mundial, para entender qué esconde el corazón de un asesino, sus orígenes y motivos.Realidad y ficción se fusionan entre las tinieblas, el infierno y el horror del holocausto judío. Una novela rigurosamente documentada y escrita desde el máximo respeto.

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Juré no volver a dormirme bajo ningún concepto; esta vez me encontraría despierto. No estaba dispuesto a ser un proscrito por siempre y vagabundear por el aeropuerto con el alma encogida y las alas plegadas; así que esa tarde a última hora hice acopio de un litro de café en el bar y me marché a la sala de las Almas Perdidas. Allí, escondido tras las cortinas para que nadie me molestase, fui tomando despacio, a sorbitos, mi tanque de torrefacto. A medida que las almas iban llegando se sentaban a conversar entre ellas: que si qué tal el día, cómo veían el ritmo de entradas y salidas del aeropuerto, si hoy había ocurrido algún retraso, y un sinfín de temas tan nimios que me estaban provocando un sueño terrible. Ya era bastante tarde y nada malo había sucedido. A pesar del café, estaba tranquilo, relajado y contento, feliz de haber conseguido mantenerme despierto. Sin embargo, serían cerca de las once y media cuando me quedé traspuesto.

Cuando en el reloj central dieron justo las doce de la noche, la Cenicienta maldita me arrebató del sueño gritando mi nombre:

—¡Gabrieeel! —Era increíble…—. Gabriel, ¿estás ahí? —Un viento levantó la cortina dejándome expuesto.

—¡Que sí, leche! Pero ¡no me toques!

Me incorporé dando voces, importándome tres puñetas despertar al resto de almas o al Cielo entero. Allí parado, esperé a que por fin pasara algo: la voz se diluyó de nuevo, sin dejar el menor rastro. Era indudablemente Bene, pero su espectro no se manifestaba. La verdad es que no entendía nada.

—¿A qué has venido si puede saberse? ¡La próxima vez te agarraré de tus cojones infernales y te traeré de vuelta! —aullé desesperado.

Si las cosas continuaban así, más pronto que tarde me vería despojado de mis alas, ¡como Lucifer! Decidí dejar de existir en modo sustantivo y pasar a la acción: consultaría con una de las almas errantes; probablemente ellas, que cruzaban incesantemente el río de la Muerte, le hubiesen visto por allí o podrían investigar por mí.

Alcancé el río después de varios días atravesando a pie las inmensas llanuras del Cielo. El viaje se me hizo eterno: no recordaba lo lejos que estaba ni las dificultades que suponía ser un ciudadano de a pie. Como ángel, siempre había disfrutado de mis alas; pero ahora, como proscrito, prefería no utilizarlas para no llamar la atención de los ángeles negros. Me senté en el suelo a contemplar la multitud increíble de espectros que pasaban frente a mí: no eran muchos los que se quedaban a descansar junto al río, sino que la mayoría tenían prisa en llegar hasta los tribunales en busca de una segunda oportunidad. Aunque yo sabía bien que gran parte de semejante migración no conseguiría sus objetivos, los miraba condescendientemente, deseando de verdad que los lograsen. De entre todos me fijé en uno de ellos, un chico cabizbajo que parecía tranquilo. Cargaba un hatillo de tela a la espalda del que sobresalían bultos que al andar hacían un ruido hueco como de cascos de caballo.

—Perdona —le pregunté—, ¿has visto a un hombre de unos sesenta y cinco años? —Le describí a Bene, pero me escuchó como el que oye llover.

—Sí, le entiendo. Verá, envenené poco a poco a mi padre para no levantar sospechas —respondió por peteneras—. Después, quise deshacerme del cadáver, así que dejé a los perros cuatro días sin comer. ¡Fue increíble! Cuando al fin se quedó tieso, lo troceé y se lo eché de comer a mis rottweiler, los cuales le devoraron en cinco minutos. No quedaron ni los huesos… No crea en su mala fama, son buenos perros, muy obedientes. —¿De qué modo podría ayudarme este enfermo mental? ¡Un puto parricida!

Cuatro o cinco días después, en una tarde lluviosa tuve claro que si seguía mucho más tiempo junto a las almas errantes acabaría igual de trastornado. Reflexioné acerca de mi pasado y comprendí que no era bueno forzar las cosas.

Regresé al aeropuerto. Caminé largas noches sin sosiego y recorrí el área de tránsito de arriba abajo en busca del alma perdida, aterrorizado por que la voz volviese y aún más que no lo hiciese y perder el espectro de Bene para siempre. Me sentía derrotado y las fuerzas comenzaban a fallarme hasta que un buen día me armé de valor y me acerqué a los juzgados. Posiblemente en el Consejo General pudiesen facilitarme alguna explicación a las extrañas voces. Para mi sorpresa, una jueza que dijo ser la más veterana de los juzgados se dignó a recibirme:

—Por favor, siéntese, Gabriel. Tengo poco tiempo, pero estoy dispuesta a hacer todo lo posible para ayudarle. ¿Y bien?

—Esto no es fácil para mí. Ruego un consejo: perdí a un elegido y no le encuentro por ningún lado. Estoy convencido que es su espíritu el que viene cada noche a visitarme, pero no sé con qué objeto… Solo dice mi nombre y se larga. Estoy abatido, no sé qué hacer. No soy capaz de atraparle ni de deshacerme de él, si es que no sé dónde está. ¿Usted lo entiende?

Entonces, abrió un libro enorme de pastas color ocre. A cada página que pasaba, un rayo de luz iluminaba su cara. Había algo en ella: quizá fuera el pelo rubio, sus movimientos suaves, las uñas largas o sus manos finas como de cirujano; no sabía bien dónde, pero creía haberla visto antes; su belleza era indiscutible. Se detuvo en una de las páginas y leyó en voz alta:

—Aquí se anuncia que un día recobrarás las fuerzas para ver en su interior. Entonces, Dios permitirá que se comunique contigo. Aún es pronto, pero está claro que él pone de su parte; de hecho, te habla cada noche, ¿cierto?

—Sí, por desgracia —contesté yo—. ¿Qué puedo hacer?

—Tendrás que demostrarle tu cariño, que le echas de menos, que todo fue un inexcusable error. Muéstrale arrepentimiento o no volverás a disfrutar de él.

—¿Disfrutar de él? ¿De quién me abandonó para seguir al Diablo y acude cada noche a atormentarme? ¿Cómo voy a demostrarle amor alguno?

—Imaginando lo que estará sufriendo y dejando a un lado tu rencor; piensa que Jesús también se sintió abandonado: «Señor, ¿por qué me has abandonado?» ¿Recuerdas sus palabras? Siguió adelante con la labor que Dios le había encomendado.

—Pero yo no soy Jesús: fui un simple publicitario, ahora un alma rescatadora en paro. ¡Un puñetero desgraciado! —Se incorporó y me besó las manos.

—Nada es imposible, ten fe.

De repente, salió de detrás de la mesa y se fue acercando a mí muy despacio, contoneándose descaradamente. «¡Dios, a mí me va a dar algo!». Su cuerpazo se escondía bajo una falda tubo color chocolate ajustada hasta las rodillas y una blusa blanca casi transparente que me quitaron el habla e hipnotizó de inmediato. Y mientras me quedaba mirándola como un pazguato, sus labios sensuales e increíblemente rojos dibujaron las palabras:

—Bésame, tonto.

Y yo creí morir una vez más. Temblé cual panna cotta y me quedé allí inmóvil, paralizado, atrapado en su esencia, en toda ella. Traté de evitarla, pero era muy difícil dejar de mirarla…; sabía bien que no debía hacerlo. Tampoco podía hablar, era lo último que tenía en mente. Se abalanzó sobre mí como una pantera: me cogió con fuerza de ambas manos y me tumbó sobre la mesa. Colocó sus piernas alrededor de mi cintura y se aferró a mi cuerpo, mirándome con sus ojos color plata y una concentración brutal. Mi espectro reaccionó de inmediato a su tacto. Muy a mi pesar, mi alma hasta entonces dormida se preparó para su encuentro. Alarmado, contuve el aliento, respiré hondo y entendí que si no actuaba rápido devoraría mi alma.

—¿Y ahora qué? —preguntó brabucona.

Estaba a su merced, indefenso, como un animal a punto de ser sacrificado. Acercó su cara y respiró agitadamente sobre mí; exhaló sobre mis labios un beso profundo y me habló con voz dulce y suave:

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