Recordaría aquella noche con nitidez asombrosa, ni el detalle más insignificante quedaría en la sombra. No había sido un delirio ni una pesadilla: aliviaría las calenturas, pero no me hizo olvidar lo que otra noche en la Tierra muchos años atrás marcó nuestras vidas, en especial la mía. «Desaparecerá algún día, el tiempo borrará el rencor». Sin embargo, mi odio continuaba aferrándose a mi corazón. ¿Cuánto más habría de sucederme para conseguir perdonar?
Surcamos el firmamento derechitos al Otro Lado, a la antesala del Altísimo. Los ángeles de la guarda nos estarían esperando impacientes en la Guardería: así la llamábamos jocosamente entre nosotros. Deseaba aterrizar a tiempo porque esos angelitos eran la leche de exigentes.
Lo hicimos sin percances. Mi futuro colega, el arcángel Rafael, a quien hacía mucho tiempo no tenía el gusto de ver, se acercó a mí corriendo. Su espectro tenía el mismo buen aspecto de siempre: imponente, de espaldas anchas, brazos corpulentos, proporciones envidiables, con pelo rizado y rubio. Me plantó un beso en la mejilla —que francamente no venía a cuento— y que yo le devolví turbado.
—Os esperábamos hace rato —anunció sonriente—. ¿Acaso os ha pasado algo? —Fruncí el ceño e hice una señal muy evidente con el dedo corazón: «¡Menos coña! ¡Poco más y no lo contamos!»—. Sentaos y no seáis impacientes, se os ha pasado el turno y habrá que encontrar un hueco para atenderos.
—Pero ¿qué pasa? —Benedetto encolerizado levantó los brazos—. ¿Usted no sabe quién soy yo? —Y se quedó patidifuso al ver cómo el arcángel Rafael se daba la media vuelta sin mirarle tan siquiera—. ¿Habrase visto? ¡Esto es inaudito! —Sin poder evitarlo, le pegué un mandoble que lo dejé sentado.
—¡Escucha, imbécil! ¡Acabo de salvarte del Inframundo a ti, a un indeseable que merece únicamente el mayor de mis desprecios! ¡Exijo que te calles de inmediato! En breve nos indicarán nuestra primera misión. Vendrás conmigo y lo harás de modo sumiso y colaborando o te partiré en millones de pedazos. ¿Ha quedado claro, amigo?
Él me miró de reojo sin atreverse a contestarme con malos modos, pero en absoluto cabizbajo o apesadumbrado; continuaba con la ira dibujada en el rostro. Como con los demonios, con Bene no se podía bajar la guardia. Di unas cuantas vueltas a su alrededor y finalmente me senté frente a él, en el banco más cercano a la puerta. Sin querer, escuché algo de la conversación que se cocía al otro lado:
—Ya —murmuraba uno de los ángeles—, pero ¿y si no responde al tratamiento? ¿Y si interfiere en nuestros planes para con Gabriel? Imaginaros que, en lugar de resultar un obstáculo, se comporta como un ser bondadoso… Entonces, Gabriel sería ángel de la guarda pronto; es bueno, muy bueno, estoy seguro de que tarde o temprano llegará a ser arcángel y, por tanto, jefe de todos nosotros.
—Ni en sueños sería capaz de domar a este tío. Yo mismo insistí a Dios que le diera esta misión: me costó mucho convencerlo y le juré rendirle pleitesía eternamente si lo conseguía, pero ¡no lo logrará! —Rieron desvergonzadamente.
—De cualquier modo —continuó apostillando alguien que me pareció que era Rafael—, lo mejor será hacerle desaparecer. Sin Benedetto, Gabriel jamás podrá ascender, eso Dios lo dejó más que claro.
—Ya —apuntó otro que no supe bien quién era—. ¿Cómo lo hacemos? ¿Alguien conoce el modo?
—¡Por supuesto! —aseguró una nueva voz—. Aquí el único que puede ayudarnos es el Hijo de la Mañana.
—¡Lucifer! —gritaron todos a la vez—. ¡Eso es alta traición! ¡Me niego!
Continuaban discutiendo hasta que uno alzó la voz con rotundidad:
—Tranquilos, yo me encargo. Se hará sin levantar sospechas, total, tengo poco que perder. —Tosió con su forma característica—. Lo arreglaré yo, hablaré con Lucifer.
¡Joder! ¡Sin duda era el mismísimo arcángel Rafael! Esa tos era típica de él. Con los ángeles de la guarda en mi contra, acabaría expulsado como Lucifer del Edén. Se estaba poniendo feo, pero ¿qué había hecho yo para merecer semejante trato? Pues sí, algo había hecho y era el momento de afrontarlo. Me arrepentí mil veces, pero Dios que en mi modesta opinión es más justo que misericordioso; no aceptó una simple disculpa…
Los ángeles, después de hacernos esperar prácticamente el día, retrasaron la vista a media mañana. Tendríamos pues tiempo de aclarar el motivo por el que estábamos de nuevo unidos. Disponía de veinticuatro horas escasas para conseguir que mi discípulo me rindiese pleitesía. «Le impresionaré», decidí. Desplegué toda mi elocuencia para iluminar de forma brillante cualquier pregunta que me planteara: el triunfo de la razón y del conocimiento sobre la obcecación, la estupidez y lo absurdo del alma de mi pupilo. Mi discurso fue devastador. No se trataba tanto de explicarle el por qué —ni yo mismo lo tenía muy claro—, sino el cómo: cómo habíamos llegado hasta aquí, cómo un día nuestras vidas se cruzaron y desencadenaron la tragedia; nada quedaría en la oscuridad. «Señor, ayúdame un poco».
—¡Deja de fingir que entre nosotros no ha pasado nada! Esa nada que tu mente insiste en crear es en realidad un espacio y un tiempo cierto tan real como que tú y yo estábamos borrachos como cubas. La chica no pertenece al reino de la inexistencia, fue genuina. Yo asumí tu pecado, por cierto. Pero ¿y tú? ¿A qué estás esperando para aceptar tu culpa? Para mirarme a los ojos con franqueza y pedirme perdón. Arruinaste mi vida, por si no lo sabes. Tres años de cárcel no son moco de pavo.
—¿Y qué si no asumo mi culpa? ¿Por qué no has sido capaz de superarlo? —preguntó Benedetto sobresaltado.
—Te contestaré primero a la segunda pregunta: ni lo he superado ni creo que lo haga nunca. Y respecto a la primera, te aseguro que si no te arrepientes como es debido el dolor que causamos se perpetuará a lo largo de los siglos, traspasará los universos conocidos y los que no lo son. Dios nos ha unido para remediarlo: debes estar conmigo. En vida fuiste todo para mí, ahora eres tú quien debe seguirme sin rechistar. ¿Lo entiendes? Suplico me hagas saber si puedo confiar en ti.
—Ya. —Hizo una pausa interminable—. De acuerdo, Einstein, me lo pensaré; aunque me parece que te estás poniendo excesivamente trágico…
—¡Trágico! —Me revolví como una serpiente—. ¿Es que aquella aberración no te lo pareció? ¡Tenía solo dieciocho años, Dios santo! Era de noche y volvíamos de celebrar que habíamos ganado el concurso de telefonía móvil más importante de España, con un subidón del carajo. Insististe un millón de veces, si no más, que nos pasásemos por La Sirena Complaciente, el club de más alto copete de la ciudad con unas chicas descomunales. Manso corderito de tus caprichos accedí: nos subimos a tu Mercedes clase E color dorado que, con todo el equipamiento extra del mercado y su tapicería de cuero color morado, no era precisamente el más discreto de la noche. Castellana arriba, nos plantamos en el club de alterne en poco más de tres minutos. Y, por supuesto, nada más entrar, la más bella y frágil de todas las mujeres se fijó en ti. Os quedasteis prendados el uno del otro: tú de su inmensa belleza: menuda, de sonrisa dulce y pelo de fuego; y ella… francamente ni idea; supuse que de cualquier cosa tuya, pues ningún ser humano fue nunca ajeno a tus encantos. Aunque viejo para ella, olías a perfume del bueno y tu Armani delataba que no eras un cualquiera. La miraste con tus ojos grandes de sapo asombrado, babeando; te asiste fuertemente a su cintura, mientras ella, tan joven, jugó divertida acariciando los cuatro pelos que aún quedaban sobre tu cabeza. Nos invitaste a una botella de champán tras otra. Sin pensártelo dos veces, la subiste al piso de arriba y yo me fui a lo mío con Marie, una francesita de primera categoría. La chavala me lo estaba haciendo pasar de lo lindo, así que me dejé llevar. Tras el éxtasis sonó mi móvil, pero lo ignoré. ¡Las tres de la madrugada! Si era mi mujer, mejor que no sospechase dónde estaba; al fin quien quiera que fuese colgó. Por una vez el universo me había dado un respiro y la chica me miraba como si en verdad estuviese enamorada de mí. Se hacía tarde: acaricié su pelo y pagué generosamente. Me acerqué hasta la antesala de tu habitación: escuché como vociferabas; después, un gemido de dolor y un golpe seco, como de vuelta de podenco, y el silencio… Traté de abrir la puerta.
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