Poco después, la misma revista publicó un segundo informe con las tendencias mundiales de la obesidad desde 1975 hasta 2014, que se resumió de la siguiente forma (8):
En 2014, unos 650 millones de personas estaban obesas en el mundo, en comparación con los 100 millones de 1975. 180 millones de ellos sufrían obesidad severa […]. Si las tendencias continúan, la probabilidad de cumplir los objetivos mundiales respecto a la obesidad es prácticamente cero. De hecho, si estas tendencias continúan, en 2025 la prevalencia mundial de obesidad alcanzará el 18 % en los hombres y superará el 21 % en mujeres; la obesidad severa superará el 6 % en los hombres y el 9 % en las mujeres […].
Sí, ha leído usted bien: seiscientos cincuenta millones de personas sufrían de obesidad en el mundo en el año 2014.
Pero los estudios epidemiológicos no solo presentan un panorama sombrío respecto a la prevalencia de esta patología, también aportan resultados preocupantes relacionados con el impacto de la obesidad en la salud, la calidad y la esperanza de vida.
Por ejemplo, en el año 2014 se publicó un metanálisis que analizaba la relación entre la obesidad y la incidencia de trece tipos diferentes de cáncer, utilizando datos de 1985 a 2011 de dieciocho países (9). Los expertos encontraron un claro aumento del riesgo asociado al sobrepeso en cinco de esos tipos de cáncer. Casi simultáneamente vio la luz otro gran metanálisis, centrado en los estudios que analizaron la relación entre la mortalidad por enfermedad cardiovascular y la obesidad, con resultados muy similares al anterior y claros aumentos del riesgo (10). Un tercer estudio calculó que cada año los casos de cáncer «extra» atribuibles al sobrepeso o la obesidad podía superar el medio millón en todo el mundo (11).
Un metanálisis publicado en The Journal of the American Medical Association (JAMA), en el que se analizaron los datos de más de un millón de personas de todo el mundo, encontró un mayor riesgo de mortalidad global entre las personas con sobrepeso, especialmente entre aquellas que presentaban mayor acumulación de grasa corporal. Otro trabajo similar posterior sobre obesidad y mortalidad entre cuatro millones de personas de cuatro continentes y publicado en The Lancet, concluyó que hasta una de cada cinco muertes prematuras se debía al sobrepeso, un factor de riesgo solo superado por el tabaquismo (12).
«Los estudios epidemiológicos no solo presentan un panorama sombrío respecto a la prevalencia de esta patología, también aportan resultados preocupantes relacionados con el impacto de la obesidad en la salud, la calidad y la esperanza de vida».
Para intentar ser más precisos al cuantificar el efecto negativo de una patología, se puede calcular la pérdida de años de vida, comparando la longevidad de las personas que la sufren con la de personas sanas (y corrigiendo estadísticamente otros factores que también pueden influir). Los estudios más recientes realizados con ese enfoque concluyen que, pese a los importantísimos avances realizados en los cuidados médicos que se aplican a este tipo de pacientes y las mejoras conseguidas respecto a épocas anteriores, en algunos segmentos de la población el efecto del sobrepeso elevado sigue siendo muy negativo (13). Por ejemplo, en investigaciones realizadas entre las personas que sufren mayor grado de obesidad (obesidad grado 3, con un valor de IMC mayor de 40), la esperanza de vida se cuantificó entre seis y catorce años menor que la de personas sin sobrepeso. Solo en Estados Unidos viven unos cinco millones de personas con este grado de sobrepeso.
Catorce años menos de vida es una cantidad de tiempo muy importante. Piénselo desde esta perspectiva: ¿qué le parecería si, estando usted cerca de su último momento, despidiéndose de sus familiares y de este mundo, alguien le dijera que tiene la posibilidad de vivir entre seis y catorce años más? ¿No cree que sería el mejor regalo que nadie podría hacerle?
Durante la reciente pandemia mundial de Covid-19 la obesidad también ha mostrado ser una desventaja. Diversos estudios han relacionado la infección por el coronavirus SARS-CoV-2 con un mayor riesgo de síntomas graves y de mortalidad (14). Aunque en el momento de escribir estas líneas todavía no están disponibles todos los datos para hacer cálculos precisos, la obesidad y sus patologías asociadas podrían estar detrás de hasta el 20 % de las muertes atribuidas a este virus.
Desde el punto de vista económico y social también se han realizado numerosas aproximaciones y cálculos que analizan el impacto del sobrepeso y la obesidad. Una investigación realizada en Estados Unidos estimó que el coste sanitario añadido por cada persona obesa se aproxima a los dos mil dólares anuales. Pero, probablemente, el análisis más completo y exhaustivo a nivel mundial lo realizó la consultoría internacional McKinsey & Company, Inc, en el que afirmaba lo siguiente (15): «La obesidad es una de las tres principales cargas sociales globales generadas por los seres humanos».
El informe incluyó datos realmente escalofriantes:
•El 5 % de las muertes mundiales están asociadas al sobrepeso. Esto implica unos veinte millones de muertes al año.
•Hay dos mil millones de afectados (además, se trata de una tendencia creciente, sin visos de mejorar).
•Costes añadidos sobre los dos billones de dólares, es decir, el equivalente al 2,8 del producto interior bruto (PIB) mundial.
Según los autores, estas cifras se acercaban a las asociadas a los efectos de todo tipo de violencia o al tabaquismo.
Estos impactantes números nos muestran de forma bastante objetiva la dimensión del problema de la obesidad y sus consecuencias directas, lo cual no desmerece en absoluto a las peores guerras vividas por la humanidad en el pasado.
A mediados del año 2016, el CDC dio a conocer una preocupante y novedosa estadística: por primera vez desde que se registraba este dato, la esperanza de vida de los norteamericanos había descendido. Ligeramente, cierto, pero nunca esta tendencia había dejado de mejorar hasta entonces. Y, para sorpresa de todos, la tendencia negativa se repitió durante los tres años siguientes, algo inédito en el mundo desarrollado (16). Pocos días después del primer dato negativo, el conocido investigador en nutrición del Boston Children’s Hospital («Hospital Infantil de Boston») y de Harvard Medical School («Escuela de Medicina Harvard»), David S. Ludwig, publicaba un editorial en la revista médica JAMA que incluía el siguiente fragmento (17):
Desde el final de la Guerra Civil hasta finales del siglo XX la esperanza de vida aumentó rápidamente en los Estados Unidos, un gran triunfo de la salud pública provocado por un mayor suministro fiable de alimentos, una mejor higiene y los avances en la atención médica. En 1850, la esperanza de vida entre los blancos se estimó en 38 años para los hombres y 40 años para mujeres. Estos números casi se duplicaron en 1980, a 71 años para los hombres y 78 años para las mujeres. Con la epidemia de la obesidad en la década de 1970, esta tendencia comenzó a frenarse, lo que llevó a algunos a predecir que la esperanza de vida disminuiría en los Estados Unidos a mitad del siglo XXI.
Los datos preliminares del CDC proporcionan nuevas pruebas que apoyan esta predicción. La tasa de mortalidad aumentó significativamente durante los 9 primeros meses de 2015 respecto al mismo período en 2014, con una mayor participación de las causas relacionadas con la obesidad. El aumento fue de un 1 % para la enfermedad cardiaca, un 1 % para la diabetes, un 3 % para la enfermedad hepática crónica, un 4 % para la enfermedad cerebrovascular, y un 19 % para la enfermedad de Alzheimer. […] La obesidad y la mala dieta predisponen a la totalidad de las principales enfermedades crónicas, pero estos riesgos se han mitigado en los últimos decenios por los cada vez más poderosos y costosos tratamientos. Para retrasar la progresión de la enfermedad, millones de personas en los Estados Unidos dependen de medicamentos para reducir los niveles de colesterol, la presión sanguínea y la glucosa en sangre; de procedimientos quirúrgicos para abrir o derivar arterias bloqueadas y de la diálisis.
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