El hospital estaba vacío. En la sala de espera solo había un guardia de seguridad: Diego.
Comencé a orar por él, me senté, abrí mi Biblia y empecé a leer.
“¡Qué raro ver a alguien de tu edad leyendo la Biblia!”, lo escuché decir después de unos minutos. Es una de mis frases favoritas; mi objetivo se había cumplido.
“¿Qué estás leyendo?”, preguntó. Estaba leyendo uno de los milagros de Jesús en sábado. Le comenté lo que me había pasado y le dije que estaba recordando cómo Jesús muchas veces hizo el bien en sábado. También le dije, intencional pero sutilmente, que estaba dejando pasar el tiempo hasta la hora de ir a la iglesia.
“¿A la iglesia? ¿En sábado?” Otra vez sonreí para mis adentros. Conversamos un rato, leímos algunos versículos juntos (entre ellos, el de hoy), compartimos problemas y pedidos de oración. Él anotó varias referencias en la tapa del libro misionero que le regalé y quedó con mucha intriga. Quería conocer más a Dios.
Llegó la hora de irme, pero él pudo dedicar el resto de su tarde de guardia a leer tranquilo en el hospital vacío.
Diego fue la respuesta a mi oración de ese viernes de noche lleno de incertidumbre. Así como Dios respondió mi oración aquel día, vino muchos años antes a responder a las profecías sobre él, y también responderá tus súplicas hoy, en la medida que lo busques y pases tiempo con él. Seguramente después te presentará a algún “Diego” para que le hables de él.
Objetos cotidianos - 7 de marzo
“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12:10).
“Hija, yo creo que ese es tu aguijón”, me dijo sin más preámbulo una tarde mi papá cuando me retorcía de dolor por una de las frecuentes migrañas que me acompañan desde pequeña. Quizás esa declaración sonara fuerte, pero entendí a qué se refería. Estaba familiarizada con la mención que Pablo hace de su aguijón en la carne (2 Cor. 12:7) y, aunque la Biblia no especifica en qué consistía ese aguijón, Pablo dice que le había sido dado para que no se enalteciese. Le había pedido a Dios que fuera quitado de él pero, como tantas otras veces, Dios tenía otros planes.
No recuerdo si esa tarde oré para pedir que mi dolor me fuese quitado. Sí recuerdo que, a partir de esa vez, pensé dos veces antes de pedir que mi migraña desapareciera por completo.
En un artículo de la revista Ministerio Adventista , titulado “El milagro del aguijón”, el pastor Charles Wesley Knight menciona que lo que a menudo consideramos lo más molesto o doloroso puede ser justamente el antídoto contra nuestra perdición.
Sé que este ejemplo resultará un tanto burdo y limitado, pero me ayudó a entender este concepto un poco mejor.
Un día tuve hipo por muchas horas. Estaba harta del ruido que hacía, de no poder disimularlo, de lo inoportuno que resultaba. En un momento, pensé: “¡Qué bueno sería no tener hipo nunca más! Mañana, cuando ya no lo tenga, voy a recordar lo feo que fue y voy a estar agradecida todo el día. Voy a recordar lo mal que la pasé en compañía del hipo”.
Pero no fue así. Llegó el nuevo día y, efectivamente, el hipo se había ido. Pero no recordé mi promesa de gratitud.
Ahora, a mayor escala, ¿no será que nos puede llegar a suceder algo parecido si olvidamos que somos imperfectos, que no somos autosuficientes y que necesitamos recurrir diariamente a Dios para que nos recuerde quiénes somos y que es él quien nos sustenta?
No es un plan maquiavélico permitir esas molestias, sino una solución divina, dentro de nuestras malas decisiones y las consecuencias del pecado, a nuestro problema de egoísmo y orgullo.
Nuestro aguijón puede transformarse en nuestra mayor fortaleza y bendición, si está puesto en las manos del Todopoderoso. Él explica las paradojas. Él muestra su maravillosa fortaleza en la más grande debilidad y puede transformar tu desazón en la mejor oportunidad.
Dios pregunta - 8 de marzo
“La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías?” (Jer. 1:11).
“Veo, veo” “¿Qué ves?” “Una cosa” “¿Qué cosa?” “Maravillosa...”
Este sencillo juego hace que designemos esas cosas que vemos como “maravillosas”.
Dios le hizo esta pregunta a Jeremías en una de las épocas de mayor apostasía y rebelión del pueblo de Israel. Él fue llamado a experimentar la soledad, el menosprecio, la burla y el abandono de sus compatriotas. Todo por ver una cosa maravillosa por fe.
Dios le preguntó varias veces: “¿Qué ves?”
En una ocasión, vio una vara de almendro (Jer. 1:11); en otra, una olla hirviente (1:13). Y la última vez, vio higos (24:3). Cada una de estas visiones representaba algo que Dios quería mostrarle en cuanto al futuro de su pueblo y al papel que él desempeñaría como profeta.
En este libro, leemos algunos de los clamores más desgarradores, pero también algunas de las promesas más reconfortantes de la Biblia.
El futuro no parecía muy alentador, pero Dios prometía su compañía. Demandaba firmeza y lealtad, arrepentimiento y conversión, pero la esperanza que contagiaba era tan brillante, que le permitía a Jeremías vislumbrar, por fe, lo que sucedería más adelante.
La vida de Jeremías no fue fácil, pero vio en el inminente cautiverio y desolación la perpetua fidelidad y la abundancia provista por Dios para sus hijos.
¿Qué vemos nosotros? Muchas veces, ante las pruebas, la perspectiva no parece precisamente maravillosa. No siempre tenemos esa fe que nos permite ver más allá de lo que está pasando.
Al enfocarnos en nuestra incapacidad para hablar y al insistir en que somos niños, no dejamos que Dios toque nuestra boca y nos envíe. No creemos que el llanto que acompañará nuestra misión nos mostrará al Dios que consuela. No creemos que la soledad que provocará nuestro mensaje nos revelará la constante compañía del Espíritu Santo.
Que nuestra fe nos lleve a ver lo que Dios ve. Que de nosotros también se pueda escribir: “Sin embargo, en medio de la ruina general en que iba cayendo rápidamente la nación, se le permitió a menudo a Jeremías mirar más allá de las escenas angustiadoras del presente y contemplar las gloriosas perspectivas que ofrecía el futuro, cuando el pueblo de Dios sería redimido de la tierra del enemigo y trasplantado de nuevo a Sion” ( Profetas y reyes , p. 300). ¿Qué vio? ¿Qué veo? ¡Una cosa maravillosa!
El poder de la música - 9 de marzo
“Sus relámpagos alumbraron el mundo; la tierra vio y se estremeció” (Sal. 97:4).
Carl Boberg, de la costa sudeste de Suecia, tenía 25 años cuando escribió la letra del himno “Señor, mi Dios” después de una caminata en medio de una tormenta eléctrica, al salir de una reunión de su iglesia, en 1886. Carl escribió un poema sin saber que se convertiría en himno. Pero, más tarde escuchó que a su poema le habían puesto la música de una conocida melodía sueca.
Más de cuarenta años después, un misionero inglés, Stuart Hine, y su esposa escucharon esta canción por primera vez en Rusia, en una traducción rusa del himno original.
Mientras Stuart ministraba en los montes Cárpatos, una noche se desató una amenazante tormenta. Un relámpago cruzó el cielo a lo largo de toda la montaña y fue tan grande, que a Hine le hizo recordar el hermoso himno ruso que hablaba acerca de la grandeza de Dios manifestada en la naturaleza. A partir de lo que conocía de la letra en ruso, comenzaron a venir a su mente posibles estrofas en inglés, y de allí surgió el himno tal como lo conocemos hoy.
“Y al oírte en retumbantes truenos, y al contemplar el sol en su esplendor, te amo y proclamo por tu gran poder; ¡cuán grande eres, oh Jehová!”
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