Como muchas otras personas en situación de calle, estaba acostumbrado a las miradas de indiferencia. Pero esa tarde se encontraba con decenas de rostros atentos que escuchaban su testimonio con avidez en una pequeña iglesia.
Los miembros del grupo “Ayuda Urbana” le habían brindado auxilio y, sobre todo, esperanza. Esa tarde, él miraba una pared blanca y lloraba. La pared proyectaba la imagen de su madre, que hablaba en un video casero.
Hacía seis años que este hombre no escuchaba esa voz familiar. Y, en esta ocasión, esa voz le decía: “Hijo, vuelve a casa. Entrégate a Dios. Deja las cosas malas que estás haciendo. Vuelve a casa”.
Él lloraba. Se pasaba la mano por la cara con cierta desesperación y no ocultaba la conmoción interna que estas palabras le causaban.
El mismo hombre que había grabado el video, que había cruzado la cordillera, encontrado su casa y conocido a su madre, ahora se acercó para abrazarlo y repetirle la invitación.
Para sorpresa de los presentes, que nos sentíamos en medio de un programa televisivo de encuentros inesperados, además de abrazarlo le ofreció llamar por teléfono a su madre. Todos fuimos testigos de esa interacción, ahora en vivo, y pudimos escuchar a la mujer decir una vez más: “Hijo, vuelve a casa”.
Él, gozoso, respondió: “Cualquier día de estos vuelvo”.
La madre agregó: “...pero vuelve cuando ya estés bien. Recupérate primero y luego ven”.
Pocas veces vi una mirada de desilusión tan grande en el rostro de alguien.
Sin pretender conocer o juzgar el dolor y el accionar de esta mujer, me quedé con su frase y con la reacción de su hijo.
¡Cuán importante es recordar que Dios nos invita a que vayamos como estamos! Hoy también nos dice: “Hijo, vuelve a casa”.
¡Claro que quiere transformarnos! Pero antes quiere que vayamos a él. Sin “peros”.
No sé con cuál de los personajes de esta historia te identificas más. Pero la invitación divina es para todos y es actual. ¿Qué responderás?
Valores - 4 de marzo
“Si compras un esclavo hebreo, este podrá estar a tu servicio por no más de seis años. El séptimo año ponlo en libertad, y no te deberá nada por su libertad. [...] Sin embargo, el esclavo puede declarar: ‘Yo amo a mi señor [...] no quiero ser libre’. Si decide quedarse, el amo lo presentará delante de Dios. Luego el amo lo llevará a la puerta o al marco de la puerta y públicamente le perforará la oreja con un punzón. Después de esto, el esclavo servirá a su amo de por vida” (Éxo. 21:2-6, NTV).
Gracias a incansables luchas por parte de los movimientos abolicionistas, la esclavitud ha dejado de ser algo común en gran parte del mundo.
Pero en tiempos bíblicos era un asunto que debía regirse. Aunque la esclavitud estaba lejos del ideal original para la sociedad, Dios instituyó leyes que protegieran y vindicaran a los esclavos.
Según el Talmud ( Kidushin 22 ), el hecho de que se perforase la oreja y no otra parte del cuerpo representaba que la persona no había escuchado que Dios había declarado que los hijos de Israel eran sus siervos, no esclavos. Y debía hacerse en la puerta de la casa, porque la puerta y su dintel habían sido testigos de que Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud en Egipto.
Si bien podemos percibir cierta lealtad de parte del esclavo que se sometía voluntariamente a su amo para vivir en esa condición prolongada, Dios nos recuerda que no es su intención que vivamos de esa forma.
Hoy quizá no haya cadenas, ni punzones, ni orejas horadadas. Y ¡qué bueno que sea así!
Sin embargo, muchas veces corremos el peligro de someter a otros a nuestra voluntad, de manipular situaciones, de sacar ventaja de los más débiles e imponer cargas difíciles de llevar.
Independientemente de nuestro estatus social, todos tenemos gente indefensa a nuestro alrededor, gente a la que podríamos considerar en situación de inferioridad.
En Patriarcas y profetas , Elena de White, haciendo referencia a los israelitas dueños de esclavos, dice: “El recuerdo de su propia amarga servidumbre debía capacitarlos para ponerse en el lugar del siervo, guiándolos a ser bondadosos y compasivos, y tratar a los otros como ellos quisieran ser tratados” (p. 319).
Dios nos ha dado libertad, tanto al crearnos como al darnos la posibilidad de la salvación. Y hoy nos da la oportunidad de actuar con misericordia y justicia en cada ámbito de nuestra vida.
Encuentros con Jesús - 5 de marzo
“Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. Estas cosas les haré, y no los desampararé” (Isa. 42:16).
Bartimeo mendigaba junto al camino. A diferencia de muchas de las personas que ya habían visto a Jesús manifestarse de forma milagrosa como enviado del Cielo, Bartimeo no lo había visto, pero sí creía... incluso más que muchos de ellos.
Bartimeo era consciente de su condición y su necesidad; y al saber que Jesús pasaba por allí, comenzó a gritar con fe.
No sabemos si los discípulos se sintieron molestos por estos gritos persistentes, pero Jesús lo mandó llamar, y él dejó su única posesión, se levantó y fue hacia donde estaba Jesús.
Su pedido fue específico y Jesús respondió de forma específica. También le dijo que se fuera, pero este hombre lo siguió. Ya había dejado su capa. Ya había dejado su vida de incapacidad pasada. No tenía nada que perder. Acababa de ganarlo todo.
Antes, mendigaba junto al camino, ahora Jesús lo había puesto en el camino. A Bartimeo lo había salvado mucho más que un grito y Jesús le había devuelto mucho más que la vista.
En el Comentario bíblico de William MacDonald, leemos: “Su gratitud se expresó con un agradecido discipulado, siguiendo a Jesús en su último viaje a Jerusalén. Tuvo que haber alentado el corazón del Señor encontrar una fe así en Jericó, mientras seguía su camino a la Cruz. Fue bueno que Bartimeo buscase aquel día al Señor, porque el Salvador nunca volvió a pasar por aquel camino” (p. 599).
En su novela Ensayo sobre la ceguera , José Saramago plantea un escenario entre fantástico y real, donde los personajes luchan por sobrevivir a una ceguera que va más allá de la enfermedad física. En un momento, dice: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos; ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.
Sería muy triste que, con toda la luz que hemos recibido, sigamos en nuestra condición de perdidos o ciegos espirituales.
Hoy Jesús escucha nuestro grito (¿estás gritando?), nos saca del borde del camino y nos pone en el medio del camino. Aprovechemos esta oportunidad. Jesús está pasando hoy.
Aroma a sábado - 6 de marzo
“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer” (Luc. 4:16).
El viernes terminaba con lluvia; mi pierna, hinchada por la mordida de un perro; mis cajas, llenas de libros que aún debía vender; y muchas preguntas sin responder. Creía que Dios tenía un propósito en medio de los cambios repentinos de planes que hacían que ese sábado lo recibiera así. Pero me quedaba esperar.
A la mañana siguiente fui a la iglesia, y a la tarde emprendí mi trabajosa marcha hacia el hospital para consultar en la guardia por mi herida. Me atendieron rápidamente. La tarde estaba lluviosa, ventosa y fría. Como faltaba poco para la reunión de jóvenes en la iglesia, decidí quedarme en el hospital para resguardarme del mal tiempo y leer cómoda en algún asiento.
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