Me entraron ganas de hacer un bollo con una hoja de papel y metérsela en la boca, pero en vez de eso asentí y mantuve silencio. Tenía que tenerle paciencia. Era muy bruto, pero aun así un gran muchacho. Él, como yo, no merecía todo lo que le había ocurrido.
Haber abierto los ojos no solo significaba que tendría que buscar una forma de salir del martirio que antes me era tan normal, sino que ahora tenía que fingir que estaba a gusto con él. Me hervía la sangre, pero estaba obligada a tragarme todo lo que pensaba.
Vince era el único chico decente en el grupo de los Santana. Había sido un gran apoyo en momentos difíciles y siempre que podía me ayudaba. A simple vista daba un poco de miedo, pero eran solo apariencias. Sus brazos estaban completamente tatuados y el azul de sus ojos era perforador, sus pómulos eran muy marcados y su nariz era prominente, pero una vez que lo veías sonreír, todo aquello se desvanecía: volvía a ser un chico de diecinueve años con un prometedor futuro por delante.
Los mellizos Oreveau habían repetido un año, jamás supe bien por qué. Según Gabe me había contado, fue hacía cuatro años, justo después de que la Era ClF3 llegara a su fin. Suponía que tenía que ver con eso. Lo único que no me cuadraba era que todos los involucrados —o la mayoría, pues California fue una excepción— eran universitarios y ellos por ese entonces tenían apenas quince.
La Era ClF3 fue un periodo en el que un grupo de jóvenes de Cressida se volvió prácticamente una pandilla criminal. Se juntaban en el Club ClF3 todas las noches y allí ideaban cada uno de sus movimientos con meticulosa precisión. Jamás me hubiese imaginado que mi hermana estaba metida en ese embrollo y, lamentablemente, me enteré de la peor manera.
Si tan solo se me hubiese ocurrido...
Sacudí la cabeza para alejar aquellos pensamientos. Revisé la pizarra y leí rápidamente las frases escritas hasta ese momento. Todas eran muy buenas, pero ninguna tenía el sentido y sentimiento que tenían las nuestras. Había una historia detrás de ellas. Una historia que aún no había sido escrita, pero que así y todo ya era extraordinaria. Al menos, así me sentía, y tenía el presentimiento de que él sentía exactamente lo mismo.
Sonó el timbre y todos comenzaron a ordenar sus cosas para la siguiente clase. Yo también iba a hacerlo, pero la profesora me detuvo.
—Adelaide, cielo, ¿podrías borrar la pizarra?
—Sí, no hay problema —dije, poniéndome de pie. Paris y Vincent hicieron lo mismo.
—Te espero aquí —dijo Vince, apoyándose en un atril, mirándome expectante.
—Como guste, señor Oreveau —dijo la profesora—. Paris, ¿podrías guardar aquella caja de discos viejos en la bodega?
—¿Discos? —pregunté acelerada. Por poco sonrío de la emoción, y eso podría haber traído repercusiones. Aun así, llame la atención de ambos chicos.
—Sí, esperaba poder usarlos para un proyecto en algún momento, pero si los quieres, son todos tuyos —dijo.
—¡Sí, muchas gracias! Pablo, ¿te molestaría ocuparte de limpiar la pizarra?
Escuché la adorable risa de Vince detrás de mí. Paris sonreía, divertido y desafiante.
—Me llamo Paris. Y sí, no hay problema.
La profesora se despidió y salió del salón. Vince se sentó en una silla, cruzó las piernas sobre una de las mesas y, peinándose el negro cabello, dijo:
—Mel, avísame cuando termines.
Asentí y me acerqué a la caja que la profesora me había mencionado. Habían cerca de veinte discos. Saqué el primero: The Immaculate Collection—Madonna.
Con un marcador negro que había cerca, escribí el nombre de Paris en la parte superior, saqué el disco del interior y metí la carta. Volteé y me acerqué a él.
—Eh… —dije—, ¿esto es tuyo?
—Oh, sí, creí que lo había perdido. Gracias Adela.
—Es Adelaide —lo corregí.
Vince rio nuevamente, pero esta vez con más fuerza.
—¿Escuchas a Madonna, Carson? Sabía que el equipo de atletismo estaba lleno de maricas, pero tú sí que eres un caso perdido —me tomó de la mano que tenía libre y me arrastró hasta la puerta—. Vamos, Mel. Tengo hambre.
—Vale, vamos.
Me sacó tan rápido que ni siquiera pude despedirme de Paris.
Desde ahora tendría que preocuparme de seguir mi papel de tonta al pie de la letra. No solo con Gabe, sino también con Vince, Jazz, Cris, Lucian y todos los demás. Debía seguir resistiendo.
El almuerzo se me hizo eterno. Lucian y Vince estuvieron peleando todo el tiempo. Debe ser difícil vivir con un hermano que tenga los mismos amigos que tú y no llevarse bien. Me aliviaba jamás haber pasado por algo así, pero a veces me preguntaba si eso hubiese sido mejor que ver a California partir.
La imagen de los ojos de Gabe apareció en mi cabeza de repente.
No sé bien por qué sigo creyendo que el amor que dice sentir por mí es genuino. Es algo que veo en sus ojos. No es lo mismo que tengo yo en los míos, eso es seguro. Estaba empezando a dudar de todo lo que había llegado a sentir alguna vez. Me producía dolor de cabeza. Me encadenaba a mis pensamientos y el roce de las cadenas de metal abría heridas que de a poco comenzaban a sangrar. Cerré los ojos y apoyé mi frente sobre la mesa.
—Mel, ¿te encuentras bien? —preguntó Cris, mientras los Oreveau dejaban de gritar.
—Me duele la cabeza, nada más.
Cris tomó mi rostro entre sus manos con brusquedad y puso una sobre mi frente. Frunció el ceño y tomó su celular.
—Voy a llamar a mi hermano para que venga a recogerte. Estás afiebrada, necesitas descansar.
—¡No! —exclamé, pero al ver como todos me miraban, me retracté—: No hay por qué molestarlo, estoy bien.
—Te ves terrible —dijo Lucian—, mejor hazle caso a la jefa, ¿o prefieres que llamemos a tus padres?
—Cierra el pico, Lucian —lo regañó Vince.
Pero tenía razón: no tenía alternativa. Ellos lo sabían. Sabían que estaba obligada a recurrir a Gabe cada vez que me pasaba algo porque a mis padres no podría importarles menos cómo me sintiera, mientras no estuviese muriendo.
Apoyé la cara sobre mis brazos y descansé hasta que Gabe llegara por mí.
Pasaron casi veinte minutos y no hacía más que intentar aliviar el dolor.
Sabía que no estaba enferma. Me sentía mal, terriblemente mal, pero era un malestar extraño. Como un dolor emocional que se volvió físico.
De la nada, un par de manos me rodearon la cintura con delicadeza, haciendo que el dolor aumentara, que mi piel se erizara y que me dieran ganas de vomitar.
No levantes sospechas, déjate llevar. Tienes que hacerlo.
Me dio un beso en la mejilla. Lo sentí hervir, probablemente por el calor de mi piel afiebrada.
—¿Cómo te sientes?
Volteé para enfrentarme a ese par de ojos verdes que luchaban siempre por corromper mi calma. Eran profundos y densos, pero aun así había algo lindo en ellos.
La belleza de Gabe era parecida a la de una serpiente: peligrosa, pero deslumbrante. Supongo que esa es una de las razones por las que me quedé tanto tiempo a su lado. Como artista, siempre me he sentido atraída hacia la belleza física, y la suya, tétrica y oscura, es tan real dentro de nuestra realidad.
—Algo adolorida, pero más allá de eso, estoy bien —mentí.
—Bien, vamos al auto. Te quedarás en casa esta noche.
No podía contradecirlo, así que tuve que aceptar.
La tarde fue una pesadilla. Era la primera vez que sentía que mi vida era una completa mentira, como si todo lo sucedido en casa de los Santana fuese un montaje. Lo único bueno fue que la fiebre me salvó de ir al edificio en Tamargo. Se sentía tan bien tener la sangre libre de alcohol, pero la verdad, apenas me di cuenta.
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