Por añadidura tu inteligencia emocional estará sepultada en lo más profundo de un pantano, en tu sistema límbico. Te quedarás atrapado en relaciones dependientes, tal vez rodeado de personas tóxicas, problemáticas, en amores caóticos y altamente peligrosos, relaciones patológicas o con personas que padecen una adicción y no se han recuperado. Tú mismo te pondrás en riesgo de ser una víctima, o tal vez, te conviertas en alguien abusivo, violento y sin control sobre tus impulsos.
Si tienes dificultades para manejar tus reacciones o has sido víctima de cualquier tipo de terrorismo íntimo, agresión, abuso o violencia de género, este texto es para ti. Te ayudará a comprender cómo funcionan la agresión y la violencia en la vida cotidiana. Además de brindarte herramientas muy útiles para experimentar el mundo desde otra óptica y sanar.
A partir de la premisa de que podemos defender nuestra integridad, prosperar, tener relaciones sanas con los demás y ser mejores personas: La violencia es previsible y se puede prevenir.
No existe una mayor fuente de bienestar y felicidad que tener una conexión honesta con otro ser humano, sin sufrimiento y sin dolor. El amor es lo único en la vida que no duele, cuando lastima, algo no anda bien, aunque, como hemos “normalizado la violencia”, no tomamos decisiones a tiempo.
Vivimos en un mundo dónde maltrato y crimen conviven con nosotros día a día. Es “normal” escuchar en las noticias cuántos muertos hubo en el día.
Es momento de que cada uno de nosotros hagamos algo, ¿no lo crees? La violencia nos concierne a todos y podemos prevenirla a través de la psicoeducación, no a través de la agresión.
Este problema no compete exclusivamente a las instituciones o a los gobiernos. Éstos no siempre hacen su trabajo adecuadamente, lo cual colabora para que estemos hundidos en el pantano más oscuro.
La violencia se gesta en nuestros propios hogares, desde nuestra infancia. Nos inculcan una serie de creencias irracionales ridículas: “Las niñas bonitas y educadas son calladas, agradables y antentas”, por ejemplo.
El machismo corre por las venas de las familias, la mujer lucha contra una incapacidad histórica para ser respetada. De ahí nace la lucha violenta de muchas mujeres: de una cultura y una sociedad que ignora y quebranta sus derechos. Sin embargo, esa guerra sólo trae consigo más de lo mismo: abuso, agresión y violencia.
Adquirir conciencia de cómo cuidar nuestra salud mental, poner límites, pedir ayuda, cambiar nuestras creencias limitantes, apoyarnos entre nosotras y educarnos emocionalmente para prevenir lo que sí está en nuestras manos, es una responsabilidad personal. No está bajo nuestro control directo evitar una guerra; combatir a los narcotraficantes, a los feminicidas o al crimen organizado. Sí está en nosotros, como individuos y sociedad civil, erradicar el abuso y la violencia en nuestras relaciones personales. Podemos aprender a vivir sin violencia. La rabia, el enojo, la ira y la frustración son emociones necesarias. Sin embargo, no son sinónimos de violencia. Ésta es la manifestación inadecuada de esas emociones, es un modo abusivo de expresarlas. Basta con escuchar la radio y prender la televisión para encontrar ejemplos.
Los cocodrilos no usan su inteligencia emocional. Reaccionan y explotan, o se congelan y se convierten en víctimas de un cocodrilo más grande y más fuerte.
Yo, como mujer, tomo esta postura: ¡No más violencia contra nosotras! Como maestra en Salud Mental, elegí mi trinchera: la psicoeducación. Sin nuestra participación, no podremos cambiar nada, y si cada una empieza a trabajar en su persona, podrá ir contagiando, a través de su empatía, conciencia y conocimiento a las demás.
Las “mujercitas” no debemos estar calladitas. Como dije líneas arriba, recibí más de cuarenta historias de mujeres de diferentes partes del mundo para este libro, ninguna de hombres. No dudo que fueran víctimas de violencia, pero simplemente no quisieron contar sus experiencias. Tal vez sea un asunto cultural. A ellos se les “educa” para ser fuertes y desconectarse de sus emociones: “¡los hombres no lloran!”. ¿O tendrá algo que ver que ellos son los perpetradores de más de 85% de las muertes por violencia de género?
Alma Delia Murillo narra en un conocido diario en México: “Quienes escribimos —hombres o mujeres— sabemos que escribir y publicar es un ejercicio de exposición, es una forma de mostrar el interior, de ponerle nombre y firma a una postura vital o política; sabemos que la incomodidad y la vulnerabilidad vienen con este oficio. Pero es notable el sesgo agresivo hacia las mujeres, la saña con la que se descalifica y —pareciera que eso nunca va a cambiar— el irresistible ataque contra el cuerpo femenino que sigue siendo territorio de conquista, afirmación, ofensa y trofeo” (Murillo, 2020).
II. FELÍZ AÑO NUEVO
Ves venir al cocodrilo,
sabes que te devorará pero
te sientes atraída por su tamaño,
su belleza y masculinidad.
No mides el peligro, no ves las señales.
Hasta que es demasiado tarde
y ya no hay manera de recuperar tu vida…
Tengo frío, no sé dónde estoy. Mi cuerpo está desnudo, siento la humedad sobre mi piel, huele a sangre. No veo nada, puedo oler también un plástico que me cubre. Siento miedo. ¿Dónde estoy? De pronto escucho una voz y me siento más tranquila, alguien sabe que estoy aquí, pero esa paz se esfuma en ese preciso momento. Escucho cómo se abre una compuerta y me deslizan hacia afuera sobre una plancha de metal. Un hombre vestido de blanco dice con voz cansada: “Apúrense, sáquenla del refrigerador. Es increíble, ¡ni el 31 de diciembre podemos festejar o descansar! Una más... Hagamos la autopsia rápido. Me quiero ir a dormir”.
¡Estoy muerta! En mi tobillo cuelga una etiqueta atada con un cordón, puede verse escrito en color negro:
Luz García
28 años
La primera vez que Luz vio a Rodolfo creyó tener ante sus ojos a un príncipe azul. Guapo, encantador y carismático. Se conocieron en la oficina. En esa época, ella era coordinadora de Ventas y él, jefe de Servicio al Cliente.
Empezaron a salir después de trabajar. Luz quedó literalmente “flechada”. Cuando estaba cerca de él, le sudaban las manos, sentía mariposas en el estómago y su corazón palpitaba. Era un sueño hecho realidad. Se sentía plena, feliz y emocionada.
Después de varias salidas a comer los fines de semana, empezó a pensar cuál sería su nombre si se casara con él: Luz García de Smith. ¡Era música para sus oídos! Además de todo, ¡tendría hijos con un apellido en inglés!
El cortejo y el noviazgo transcurrieron entre rosas, chocolates, comida, vino, moteles y recaditos románticos. Tan sólo tres meses bastaron para que Luz viera la culminación de sus sueños en una cena bajo las estrellas. Encontró su anillo de compromiso sobre un elaborado pastel de chocolate. La vida no podía brindarle más felicidad. Su mente tenía presente una sola cosa: él.
En mi experiencia como psicoterapeuta pude constatar que cuando se vive un “idilio” de este tipo, de esos intensos cuyo avance es más rápido que la velocidad de la luz, se respira un ambiente de “peligro”; parte de la fascinación está en la velocidad, lo inesperado, la novedad y la emoción que todo esto representa. En especial cuando hay compatibilidad sexual. La atracción y la emoción nublan nuestro juicio, pues estamos en un estado de enamoramiento total y, en consecuencia, ciegos. Vemos cualidades inexistentes y no observamos los detalles o signos de alerta.
Eso le sucedió a Luz. A los seis meses de conocerlo ya estaba casada con él y la vida no era precisamente su fantasía. En la luna de miel, le pidió no usar bikinis; compró un traje de baño completo, con la excusa de que había sido “víctima” de infidelidad en sus relaciones anteriores, porque sus “ex” eran un poco exhibicionistas y golfas. No quería que le volviera a suceder lo mismo, sufrió mucho. A Luz le dio ternura esa historia, ¡pobrecito! Aunque esto no fue lo único. Un mesero, por error, volcó una copa de vino sobre Rodolfo. Su reacción fue golpearlo directamente en la cara y gritarle: “¿Sabes lo que me costó esta camisa animal?”. A partir de ese momento le pidió a Luz comer en el cuarto, para no estar a merced de los trabajadores de ese “mugroso y caro hotel”. Luz lo dejó pasar, se limitó a cerrar los ojos.
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