Javf MzEnriquez - Eterno amanecer

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¿Alguna vez te has preguntado cómo vas a morir? ¿Qué va a ocasionar tu muerte? Ese momento llega cuando menos te lo esperas, pero ¿que pasaría si al morir descubres que en realidad no mueres, sino que quedas en un mundo increíble y de total oscuridad? En esta historia la muerte es solo el principio. El amor, la traición y la eternidad serán los principales elementos que te llevarán a una aventura en un nuevo mundo y en una vida totalmente diferente. Amarás la vida que perdiste, extrañarás a tu familia y añorarás aquello que ya no tendrás. Te sumergirás en la espera de un amanecer que, tal vez, nunca llegará.

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Pero mi reacción fue algo brusca, a la defensiva, o más bien de miedo.

—¡Tranquilo! ¿Qué pasa? Soy yo, Fabián.

—Me asustaste, imbécil —respondí algo enojado.

Algunas personas que estaban en el lugar comenzaron a reírse por mi reacción.

—¡Órale! Bájale a tu humor, andas bastante irritable —me dijo con un tono burlón.

—¡Oh! Discúlpame, lo siento. Es que…

—No te preocupes —me dijo antes de que terminara lo que iba a decir—. Vamos a sentarnos y me cuentas lo que te pasa. Además, no quiero congelarme con este frío de los mil demonios que está haciendo.

Nos sentamos hasta el fondo, en una de las últimas mesas, para evitar que el frío llegara a nosotros. Fabián pidió una hamburguesa con papas y un refresco grande.

—¿Un refresco? —pregunté sorprendido—. Con el frío que está haciendo.

—¿Qué? No me voy a comer una hamburguesa con café, ¿verdad? ¿O sí? —preguntó.

—Supongo que no, o eso creo —accedí.

—Bueno, ¿me vas a contar qué te pasa o seguirás opinando sobre mi menú?

—Tienes razón.

—Sí que la tengo —respondió.

—Verás, anoche tuve un sueño bastante extraño.

—¿No vas a pedir nada? —me interrumpió.

— Un café americano, solo eso.

—Bien, ¿qué pasa con ese sueño? —dijo continuando con la conversación.

—Anoche, ya casi en la madrugada, tuve un sueño bastante extraño; cinco personas llegaban al pueblo. Eran bastante extrañas. Sus voces eran como una dulce canción y su piel como muñecos de cera. No vi sus rostros, pero eran diferentes, había algo diferente en ellos, no sé qué, pero…

—¿Algo más, chicos? —interrumpió el mesero con la orden que se había hecho.

—No, solo eso —dijo Fabián—. Continúa —dijo refiriéndose a mí.

—Estaba profundamente concentrado en eso cuando mi madre me despertó. Ya eran las nueve de la mañana.

Fabián escuchaba sin interrumpir mientras devoraba su gran hamburguesa. Eso me gustaba de él, escuchaba sin interrumpir, pero luego sería su turno de hablar.

—Me levanté y fui al baño a lavarme la cara. Entonces vi mi rostro en el espejo; mis ojos eran diferentes, mi piel era pálida, casi transparente. Después acompañé a papá a comprar unas cosas y, mientras él compraba, yo fui a ver unos discos. El chavo que atiende comenzó a contarme sobre los turistas que llegaron durante la noche. El sueño volvió a mi mente. Hoy me dormí toda la tarde y el mismo sueño. Como si alguien me estuviera informando algo, o me quisiera decir algo. Luego Nathaly está muy extraña, como si me estuviera ocultando algo, no sé. Estoy confundido. Ya sé lo que estás pensando que estoy loco, pero…

—No, no, claro que no, amigo. Lo de tu sueño sí que es extraño, pero no creo que tenga relación con los turistas que llegaron al pueblo. Ellos solo vienen de paso. Cuando las fiestas del pueblo terminen, ellos se irán; y como ellos, llegarán muchos al pueblo durante los próximos días. Así que tranquilo.

—Tienes razón —respondí mucho más tranquilo.

Sabía que hablar con mi amigo me tranquilizaría.

—Tu imagen en el espejo solo fue un espejismo —dijo muy serio, y luego soltó la carcajada—. Un espejismo. A lo que me refiero es que solo fue tu imaginación, producto del sueño que habías tenido. Además, ya vas a cumplir dieciocho, es normal que comiences a verte diferente. Pronto seremos mayores de edad —dijo con gran alegría.

Era verdad, dentro de dos meses más iba a ser mayor de edad.

—Pero con respecto a Nathaly… —dijo y me miró algo serio.

Conocía esa mirada, su comentario iba a ser fuerte.

—Siempre he dicho que oculta algo —prosiguió—. Lo sabes, no me inspira confianza.

A mi amigo nunca le ha hecho gracia que yo anduviera con Nathaly. Pensaba que solo me iba a lastimar, y que el único perjudicado iba a ser yo. Estábamos en la discusión, cuando la cara de Fabián cambio de disgusto a repulsión.

—¿Qué pasa? —pregunté confundido

—Ahí viene tu gran amigo Daniel —dijo.

Daniel era el capitán del equipo de futbol de la escuela. Se creía la gran cosa. Era el típico galán por el que todas mueren; ojos verdes, buen cuerpo y un auto de lujo. Era hijo del señor Riquelme, uno de los ganaderos más importantes del estado, y su rancho estaba ubicado, precisamente, a unos dos kilómetros del pueblo.

Jamás le había dirigido la palabra, hasta que comencé a salir con Nathaly dos meses atrás. Eran muy buenos amigos, ambos capitanes. Nathaly del equipo de porristas, y Daniel del equipo de futbol. Los más populares de toda la escuela, por eso a todo mundo le sorprendió cuando yo comencé a salir con Nathaly. A mí mismo me sorprendió. Pero él no era mi amigo, apenas y habíamos cruzado algunas palabras.

—Me pregunto qué querrá.

—Molestar, como siempre —dijo Fabián contestando a mi pregunta.

—¡Hola, chicos! ¿Cómo están? —preguntó Daniel.

Iba acompañado de sus inseparables amigos: Carlos y Luis.

—Bien —respondí, algo incrédulo.

—¿Por qué esa cara de tristeza? ¡No me digas que Nathaly ya te lo dijo!

—¿Decirme que? —pregunté algo irritado.

—No, no, no puede ser. Porque si lo hizo, ella pierde —dijo como si pensara en voz alta.

—¿Decirme qué? —insistí.

Pero Luis intervino, como intentando corregir algo:

—No, hoy se cumplen los dos meses. Exactamente hoy.

—Es verdad —dijo Daniel—. Hoy se cumplen. ¡Vamos! Tenemos que hablar con ella. Adiós, chicos —y salieron rápidamente.

Yo me quedé inmóvil, sin decir nada, ni contestar su saludo de despedida.

—¿De qué hablaban estos locos? —preguntó Fabián.

—No tengo ni idea, pero algo se traen —respondí.

—Eso está claro —concordó Fabián.

—Es mejor que nos vallamos, ya es algo tarde. Te llevo —dijo Fabián—. Papá me prestó el auto.

—Me parece bien —accedí—. No tengo ganas de caminar.

Íbamos rumbo a mi casa cuando recordé algo.

—¡Hoy cumplimos dos meses! —grité tan fuerte que Fabián detuvo el auto.

—¿Dos meses de qué? ¿Con quién o qué? —preguntó aturdido.

—Con Nathaly. Hoy cumplimos dos meses. Esa era la razón por la que íbamos a salir esta noche, celebrar nuestros dos meses de novios. Pero su mama enfermó y se canceló. Tengo que llamarle.

Continuamos el camino. Fabián no dijo ni una solo palabra, como si no quisiera decir algo que fuera a herirme. Sabía que yo era muy sensible y él, muy cobarde cuando de lastimar a alguien se trataba. No pregunté qué le pasaba, no quise presionar; sabía que tarde o temprano terminaría por decírmelo. Llegamos a casa y se estacionó enfrente.

—Nos vemos mañana, y gracias por escucharme.

—¡No te preocupes! —dijo un poco triste—. Para eso estamos los amigos.

Sabía que algo quería decirme y no se atrevía, pero no pregunté.

—¿Vas a ir mañana a practicar rapel? —preguntó.

Todos los fines de semana solíamos escalar la montaña en el Parque Nacional Cofre de Perote.

—Tal vez, en la tarde —respondí—. Por la mañana ayudaré a papá a reparar el techo del garaje. Si gustas, vamos en la tarde.

—¡Perfecto! ¿Te parece a las cuatro en el parque?

—Me parece bien —accedí—. Pero mejor yo te hablo para confirmar.

Nos despedimos. Yo entré a casa y me dirigí a la cocina por un poco de agua. El intenso frío me había resecado un poco la garganta. Abrí la llave y llené un vaso. Me estaba tomando el agua cuando algo me exaltó, por lo cual dejé caer el vaso al piso.

Una persona estaba frente a la ventana, una persona con las mismas características de las que había visto en mi sueño. Estaba frente a mí, a unos cuantos pasos. Me froté los ojos con las manos, y cuando volví la mirada ya no estaba, se había ido. Abrí la ventana y no había ni rastro de que alguien hubiese estado ahí. No se escuchó ni un solo ruido. Entonces volví a cerrar la ventana.

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