Javf MzEnriquez - Eterno amanecer

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Eterno amanecer: краткое содержание, описание и аннотация

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¿Alguna vez te has preguntado cómo vas a morir? ¿Qué va a ocasionar tu muerte? Ese momento llega cuando menos te lo esperas, pero ¿que pasaría si al morir descubres que en realidad no mueres, sino que quedas en un mundo increíble y de total oscuridad? En esta historia la muerte es solo el principio. El amor, la traición y la eternidad serán los principales elementos que te llevarán a una aventura en un nuevo mundo y en una vida totalmente diferente. Amarás la vida que perdiste, extrañarás a tu familia y añorarás aquello que ya no tendrás. Te sumergirás en la espera de un amanecer que, tal vez, nunca llegará.

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—¿Estás bien? —repitió varias veces el vendedor.

—Sí, no pasa nada —respondí algo aturdido —. Tengo que irme.

Salí de la tienda. Cuando iba caminando hacia donde estaba estacionado el coche, sonó mi celular. Era Nathaly.

—¡Hola, amor! ¿Cómo estás? —pregunté.

—Muy bien —respondió—. Solo te llamo para decirte que no voy a poder ir al cine como quedamos. Mi mamá se ha sentido un poco mal y no quiero dejarla sola.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí, no te preocupes —respondió—. Te veo mañana, ¿vale? Yo te hablo para ponernos de acuerdo.

Y colgó antes de que yo pudiera decir algo.

La noté algo extraña, como si algo anduviese mal.

“Creo que el que anda mal soy yo”, pensé y seguí caminando.

Cuando llegué al auto, mi padre ya me estaba esperando. El señor de la Torre le había ayudado a comprar el material que necesitaba.

Durante el camino, no dije nada; ni mi padre preguntó algo. Todo fue silencioso. Mi mente estaba ocupada en la pesadilla que había tenido esa noche, y trataba de buscar alguna relación con los recién llegados al pueblo, esos extraños que se habían hospedado en la cabaña abandonada a kilómetros del pueblo. Quiénes eran, de dónde venían, qué querían y por qué querrían estar en ese lugar abandonado. Cientos de preguntas comenzaron a invadir mi mente, y a ninguna de ellas le encontré respuestas.

Llegamos a casa. Me bajé del auto y me dirigí hacia dentro, mientras mi padre recibía el material y checaba que no faltara nada.

Mi madre ya había preparado la comida, pero yo no tenía hambre. No tenía ánimos de nada. Crucé la sala y me proponía subir las escaleras para ir a mi cuarto, cuando mi madre me llamó:

—¿No vas a comer?

—En un momento bajo —respondí.

Llegué a mi habitación y puse el disco de Green Day que había comprado en la mañana. Subí el volumen no muy alto y me acosté en la cama. Abracé la almohada y cerré los ojos con la intención de poder dormir un poco. A lo mejor eso era lo que me hacía falta. Me dejé arrullar por la música y puse mi mente en blanco, tratando de relajarme y concentrarme en un profundo sueño. Después de algunos minutos, lo logré. Me sumergí en la inconsciencia para caer otra vez en el mismo sueño, como si alguien se encargara de repetirlo una y otra vez; como si alguien, a kilómetros de aquí, supiera que yo lo estoy sintiendo. ¿Acaso quería decirme algo? Pero ¿qué? ¿Qué significaba todo esto? De pronto, todo se volvió oscuro y no supe más.

El tiempo pasó bastante rápido. La tarde pronto se volvió noche. Cuando desperté, todo estaba oscuro. Las luces de la ciudad ya se habían encendido. El aire frío entraba por la ventana abierta. Miré el reloj: Ocho de la noche. ¿Qué estaba pasando? Otra vez me había dormido. El tiempo pasaba demasiado rápido. En realidad, ¿qué me estaba pasando? ¿Acaso me estaba volviendo loco? ¿Qué rayos estaba sucediendo?

Traté de quitarme esas ideas absurdas de la cabeza y me dirigí a la regadera. El agua fría me despertó de golpe y un alivio recorrió mi cuerpo. Salí del baño con la mente mucho más despejada. Más tranquilo, me vestí, arregle mi cabello, me puse loción y baje a la cocina en busca de algo para comer. Me moría de hambre; prácticamente no había comido en todo el día, así que en mi estómago había una gran batalla.

Mis padres estaban en la sala viendo la televisión. Fui a la cocina directo al refrigerador, saqué unas milanesas de pollo y un poco de arroz, y los metí al microondas. Tomé el vaso más grande que encontré y lo llené de jugo. De pronto, me pareció ver una pequeña niña frente al jardín, detrás de los rosales que mamá tenía tan bien cuidados. Me proponía averiguar, cuando el timbre del microondas comenzó a sonar indicando que la comida ya estaba lista. Saqué el plato y lo puse sobre la mesa, y me dirigí a la ventana para averiguar mi extraña visión; pero no había nada detrás de los rosales, solo el viento soplando delicadamente las rosas. Regresé a la mesa, tomé el plato y el vaso de jugo, y continúe hacia la sala donde mis padres veían la televisión. Me senté a un lado de mamá, coloqué el vaso en el piso y el plato sobre mis piernas.

—¡Vaya! Hasta que despertó el pequeño durmiente —dijo mi madre.

Sonreí incrédulamente.

—¿Estás bien? —continuó mamá.

—Sí, no te preocupes —respondí.

Papá seguía concentrado viendo su programa favorito, una serie estadounidense sobre asesinatos. Cuando veía ese programa no había poder humano que le hiciera despegar los ojos del televisor ni que pudiera calmar sus emociones.

—¿Planes para esta noche? —preguntó mamá.

—Los tenía. Iba al cine con Nathaly, pero su mamá enfermó y ella los canceló.

—¿Su mamá, enferma? —preguntó sorprendida.

—Así es, ¿por qué? ¿Alguna noticia al respecto?

—No —respondió.

—Entonces, ¿qué pasa? —pregunté.

—Es que hace un momento la vi en el súper, y no parecía enferma… Quizá ya está mejor. Eso ha de ser —dijo mamá.

—Bueno, voy a lavarme los dientes. Le hablaré a Nathaly para saber cómo están las cosas, y luego le marco a Fabián para ver si salimos un rato.

Coloqué los platos en el fregadero y subí a mi cuarto. Traté de llamar a Nathaly, pero al parecer tenía su celular apagado; en su casa nadie respondía, como si no estuvieran ahí. Después de insistir un buen rato, decidí marcarle a Fabián.

Fabián era mi mejor amigo desde la primaria. Habíamos estudiado juntos la secundaria y decidimos estudiar la misma área en la prepa. Por suerte nos tocó el mismo salón, ya que había dos grupos por cada una de las cinco áreas existentes en la escuela. Juntos habíamos vivido las mejores aventuras. Era un gran amigo, sabía escuchar y dar muy buenos consejos. Era muy comelón, comía a más no poder. Tanto que invitarlo a dar una vuelta requería pasar por un restaurant de comida rápida. Pero necesitaba hablar con él, necesitaba contarle sobre mi extraño sueño que ya se había convertido en una pesadilla. Tal vez él tendría alguna explicación al respecto, o al menos me distraería un rato, y dejaría de pensar en tonterías.

Le marqué a su celular y me contestó rápidamente. Parecía que estaba esperando mi llamada o no tenía otra cosa mejor que hacer. Sabía que no se iba a negar y así fue. Nos veríamos en veinte minutos en la sala de juegos frente al parque.

Miré por la ventana y, al parecer, estaba comenzando a bajar la temperatura, así que tomé mi chamarra de piel. Era mejor ir preparado. Bajé las escaleras y me despedí de mamá, ya que papá seguía concentrado en la televisión.

—Regreso en un rato, voy con Fabián a dar una vuelta. No me tardo.

—O-key —accedió mamá—. No llegues muy tarde.

—No te preocupes. No tardo.

Al salir, el aire frío me congeló hasta el alma. En verdad había bajado la temperatura como a unos cinco grados. Crucé la calle y comencé a correr, así llegaría más rápido y me serviría para entrar en calor; no quería congelarme.

Al parecer, el cambio de clima había obligado a todos a quedarse en sus casas porque las calles estaban desiertas, como un pueblo fantasma. Mirar el ambiente tan solitario me dio escalofríos. Así que apresuré mi paso. Al llegar a la calle principal, al ambiente cambió. Había más gente, aunque parecían zombis. El frío que comenzaba a descender esa noche era bastante fuerte. Las personas caminaban como tiesas, con los brazos enredados frente a su pecho. La neblina era bastante densa. Iba caminando con la mirada clavada en el piso para evitar que el aire diera directamente a mi rostro, cuando alguien haló mi chamarra por la espalda.

—¿Qué onda, brother? ¿Adónde vas?

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