A pesar de que el sueño había sido largo, no había visto sus rostros. Estaba pensando cuando algo frío y húmedo me hizo volver a la realidad.
Me pregunto cuánto tiempo había estado en trance, que no me había dado cuenta de que el lavamanos se había llenado y el agua se estaba derramando.
—Maldita sea —dije enfadado—. Ahora tengo que limpiar todo este reguero de agua. Todo por pensar en tonterías. Con lo tarde que es. Además, ¿qué significado podrá tener ese tonto y absurdo sueño? ¿Cuántas veces había soñado con alguna tontería y nunca le había puesto atención? No tengo por qué hacerlo ahora.
Bajé al cuarto de limpieza por un trapeador. Venía de regreso a mi habitación, cuando me encontré con mi madre.
—¿Adónde vas con eso? —preguntó.
—¡Oh! Es que se botó el agua en el baño y voy a limpiar.
Me miró y se quedó pensando un rato, y luego preguntó:
— ¿Cómo es que se botó el agua?
Dudé un poco al contestar:
—Es que no cerré bien la llave del lavamanos y se derramó el agua.
¡Brillante respuesta! Simplemente no se me ocurrió algo mejor; como mentir, por ejemplo, y decir que iba a limpiar mi cuarto. Pero claro, eso iba a ser menos creíble, ya que nunca limpiaba mí cuarto y hoy mucho menos lo haría.
—¡Claro! Pues apúrate, porque tu padre te está esperando para ir a la ferretería.
¡Rayos! Se me había olvidado que iba a acompañar a papá a comprar material para reparar el agujero que había en el techo del garaje y reforzar las puertas y ventanas, ya que se aproximaban las fiestas del pueblo y no quería que alguien se metiera a la casa. Además, le habían dado vacaciones en su trabajo, así que en algo tenía que gastar el tiempo.
Corría por las escaleras rápidamente, cuando mi madre gritó:
—Tu padre te está esperando, vístete y baja a desayunar. Yo limpio.
Mi madre era la mejor del mundo. Sin dudar, busqué rápidamente algo que ponerme. Unos jeans y mi playera favorita, que había sacado de la basura más de una vez, ya que mi madre se quería deshacer de ella. Me puse mis tenis sin calcetas y tomé la gorra para esconder mi alborotada cabellera. Ya no tenía tiempo de peinarme. Luego bajé a gran velocidad.
Mi padre ya me esperaba en el auto frente a la casa. Me miró con ojos de desesperación. Yo le sonreí y me dirigí a la cocina. Tomé un poco de leche directamente de la caja, tomé un sándwich de los que había preparado mi madre y caminé hacia afuera.
—En un momento regresamos —le grité a mamá, quien no respondió.
Ella debía de estar en mi habitación, limpiando mi desastre en el baño y acomodando mi cuarto.
Me subí al auto, que ya mi padre había encendido, y nos dirigimos a la ferretería.
—Otra vez te acostaste tarde viendo tus películas triple equis.
Lo miré desconcertado.
—Papá, claro que no.
Él se empezó a reír y yo me sonrojé un poco.
—¡Oh, tranquilo, hijo! Y dime, ¿cómo vas con Nathaly? —preguntó.
Nathaly era mi novia. Una niña realmente encantadora, la más linda de toda la escuela. Ella estudiaba en el salón de enfrente, en la especialidad de Humanidades. Además, era la capitana del grupo de porristas. Más de una vez yo me había preguntado cómo es que se fijó en mí. Y pronto tendría la respuesta a esa pregunta.
—¡Muy bien, papá —respondí.
—Me da gusto, hijo —añadió.
—Por cierto, hoy en la noche iremos al cine. Hay una nueva película en cartelera, muy buena. Espero que terminemos temprano de reparar el garaje.
—No te preocupes. Si no terminamos hoy, continuamos mañana —me dijo mientras me guiñaba un ojo.
—O-key —dije sonriendo.
Mi padre era además un gran amigo, mi cómplice y mi confidente. Siempre tenía un consejo, una respuesta a mis dudas. También era muy divertido, me la pasaba súper bien con él. Aunque se la pasaba muy ocupado por su trabajo, siempre dejaba tiempo para mi mamá y para mí.
El camino se me hizo bastante corto platicando con papá. Estaba a punto de contarle sobre mi loco sueño, cuando alguien más intervino en nuestra conversación.
—Tomás Diaz mi viejo amigo. Ese milagro, que te dejas ver.
Era el señor de la Torre, un gran amigo de papá.
—Carlos de la Torre, ¡cuánto tiempo sin verte, amigo! Estás más viejo — bromeó papá.
—No todos llevamos la misma vida que tú, viejo. ¿Qué te trae por acá?
—¡Oh! Vine a comprar unas cosas para reparar el techo del garaje.
—¡Ah! Y vienes con el cachorro —dijo De la Torre dirigiéndose a mí.
Me enfurecía que me llamara así. No soy un perro.
—Hola, Alex.
Fingí una sonrisa y saludé con la mano. Volví la mirada hacia el otro lado. Sabía que esa conversación iba para largo; tenía que pensar en qué distraerme. Tenía cerca la sala de videojuegos, el restaurant, el puesto de revistas. Comprar el periódico o una revista no me agradaba mucho, así que descarte esa posibilidad.
—¡Oh, por Dios! —murmuré—. El nuevo disco de Green Day.
La tienda de discos ya estaba abierta. Era algo extraño, pues siempre abrían por las tardes. Abrí la puerta del coche y me dirigí a la tienda.
Papá estaba tan distraído con la conversación que no se dio cuenta cuando salí. Ese disco lo había estado esperando por semanas y, sin duda, iba a ser mío.
Entré a la tienda y saludé. Empecé a buscar entre la amplia colección de discos que había, de todos los géneros y para todos los gustos. La última vez había estado aquí no había tantos.
—¿Buscas algún disco en especial? —preguntó el vendedor.
—¡Ah sí! El nuevo álbum de Green Day.
—Excelente banda —dijo.
—Así es. La mejor —respondí—. ¿Por qué abrieron tan temprano? Siempre lo hacen en las tardes —pregunté.
—Ah, es que hoy es fin de semana —respondió—. Además, como ya vienen las fiestas del pueblo, la próxima semana, ya están llegando los turistas.
—¡Ah, sí! —respondí confundido.
—Así es amigo. No me sé el chisme completo, pero dicen que anoche llegaron unos extranjeros al pueblo.
—¿Anoche? —pregunté aturdido.
—Así es. ¿Sabes de la cabaña que está abandonada a la salida del pueblo, en el bosque cerca de la montaña?
—Sí, he escuchado hablar de ella —respondí.
—Ah, pues ahí se están quedando.
—¿Qué? —respondí asombrado.
Miles de historias de terror giraban alrededor de esa cabaña; secuestros, asesinatos, homicidios, leyendas sobre brujas, etcétera. ¿Qué persona, en pleno uso de sus facultades mentales, se hospedaría ahí? Algún aventurero o un loco psicópata; este último era más razonable. En el pueblo no había muchos hoteles, pero los tres o cuatro existentes eran bastante buenos y cómodos; al menos mucho mejores y mucho más cómodos que una cabaña abandonada, llena de ratas.
—¡Exacto! —continuó el vendedor—. Dicen que llegaron como a las cuatro de la mañana.
—¿Y cuántos son? —pregunté.
—Son cinco —respondió él—. Son algo extraños. Eso me dijo mi primo, que los acompaño hasta la cabaña. Tienen un aspecto fantasmal.
De pronto el sueño que había tenido esa noche vino a mi mente de nuevo. Pero esta vez sus voces eran más pronunciadas, como campanadas dentro de una dulce melodía. Las imágenes eran más coloridas, pero aún no veía sus rostros. Sus ropas cubrían todo el cuerpo, como si se cubrieran del sol. Vi la mano de uno de ellos; su piel era pálida, como muerta. Entonces vino a mi mente la imagen mía que había visto en el espejo esa mañana. Era del mismo color, como un muñeco de cera. Ese recuerdo me provocó un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, además de un gran vacío. Fue una sensación bastante extraña.
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