—No voy a ir al médico, Borak. —Me crucé de brazos más tiesa que una vara para darle más veracidad a mis palabras—. Vomitar no es algo tan raro. Yo estoy pasando por unos días muy duros. Hay muchas razones por las que una persona puede vomitar: nervios, malestar estomacal, empacho, migrañas… —Mi amigo me miraba debatiéndose entre decirme algo, no contestar o mandarme a la mierda.
—¡Oh! Desde luego que hay muchos motivos por los que una persona puede estar vomitando, pero tienes que saber cuál es la causa que hace que tú vomites tanto. Los vómitos y las náuseas son síntomas claros de que algo no está bien. —Parecía que él sabía algo que mis conocimientos no alcanzaban a averiguar.
—No voy a ir al médico —aseguré—. En el caso de que no se me pase, lo haré, ¿de acuerdo?
—A veces eres más infantil que una niña de cinco años.
No le hice ni caso, bebí mi manzanilla con tranquilidad. Media hora más tarde, me dejó en la puerta de la universidad, su humor había mejorado un poco. Lo odiaba y lo adoraba por preocuparse tanto por mí, deseaba achucharlo y aporrearlo a partes iguales.
—Si te encuentras mal, llámame —me dijo antes de que saliera del coche.
—Claro, papi. —Bajé del coche rodando los ojos. Luego, cuando ya no podía verme, deshice el camino hacia dentro con una sonrisa de oreja a oreja cargada de sinceridad y ternura.
Subimos al avión poco después del amanecer, queríamos llegar allí lo antes posible. Primero, recogeríamos al abuelo para que nos acompañase y, luego, continuaríamos hasta el aeropuerto de Moscú. Nos acompañaban unos diez hombres; sabíamos que eran pocos, pero en caso de revuelta, perderíamos de todas formas. Así que mejor llevar un número que no llegase a amenazar a los Pávlov, si no, estaríamos perdidos. No llevar hombres podría ser como una ofrenda de paz.
—¿Qué te ha dicho el abuelo? —le pregunté a mi padre sentándome a su lado. No había abierto la boca y no parecía tener intención de hacerlo.
—Que estaría listo —respondió recostándose en el asiento y cerrando los ojos.
—¿Vas a dormir? —No me lo podía creer. ¿Qué coño le pasaba? ¿Los nervios le darían sueño como a su hermano?
—Voy a descansar, Mikhail, y tú deberías hacer lo mismo.
—Ni siquiera hay una hora de vuelo —protesté.
—Por eso mismo. Cállate de una vez.
Levanté las manos en son de paz, aunque mi padre no podía verme. Me levanté. Un trago y una charla de hombres me distraería.
—Ponme un vodka —le ordené a una azafata al pasar por su lado. Caminé hacia la parte trasera del avión, donde estaban los hombres conversando. Me senté al lado de Akim, enfrente estaban Pashenka y Feodor; en el otro lado estaban otros tres, y un poco más atrás, el resto echando una cabezada. Mi padre no era el único que quería aprovechar el vuelo para babear el asiento.
Los cuatro callaron de forma brusca. Como a los cascanueces que se les cerraba la boca de golpe, decidieron no seguir con la conversación tan entretenida que parecía que estaban teniendo segundos antes.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada, Mikhail —respondió Pashenka atemorizado. Era de mi edad y desde niños me tenía pánico. Llevaba tiempo con nosotros, era de total confianza, o eso queríamos creer; su padre todavía trabajaba con nosotros y su abuelo lo había hecho antes que él. Era fuerte, leal y trabajador; aunque un poco cagón en situaciones como aquellas: ridículas.
—¿Vas a vomitar, Pashenka? —le pregunté al ver su cara cada vez más amarilla.
—Lo que pasa es que…
Interrumpí a Feodor. No quería excusas.
—Nada de lo que habléis puede afectarme. Escupidlo —ordené en tono desenfadado.
—Verás… —tartamudeó Pashenka. Tomé el vaso que me ofreció la azafata y le di un trago.
—Nos contaba que Babette tiene más huevos que un elefante, un animal enorme, y la mulata… —Akim se detuvo un momento. Sabía que había sido un error llamarle mulata a mi… era igual, lo dejé pasar—. Es tan pequeña. Compararla con un elefante es porque…
—Deja de comparar a Babette con un puto elefante. Me estás poniendo enfermo —lo regañé—. ¿Qué os contaba, Pashenka? —pregunté recorriendo a los demás con la mirada—. Y ni se te ocurra volver a hablarme del puto elefante y sus enormes huevos y la relación que tienen con Babette —le advertí con el dedo índice a Pashenka.
—Está bien —se disculpó Akim algo aturdido—. No me mires así, Pashenka —le dijo a su amigo, que no quitaba la mirada de enfado y sorpresa de su cara.
—Mikhail no te matará hasta bajar del avión —se burló Feodor.
—Solo le contaba lo valiente que fue. Su manera de enfrentarse a los hombres que quisieron matar a tu padre fue admirable.
—Además —añadió Feodor—, nos contó con pelos y señales lo buena que estaba.
Sabía que lo hacían para meterse con el pobre de Pashenka, que a esas alturas tenía la tez tan pálida que podía confundirse tranquilamente con el cacho de tela blanco que cubría el reposacabezas del asiento.
—No he dicho eso, lo que… —intentó explicarse el aludido.
—Que si su culo era perfectamente redondo, que sus piernas eran torneadas, que si la piel de sus pechos sería como el tacto de la seda… —Akim seguía mofándose.
—No he sido yo solo, vosotros también. Ellos —dijo centrando su atención solo en mí—. Él dijo —miró de reojo a Akim— que no se lo pensaría dos veces antes de tirársela si no fuera por miedo a que tú le arrancases la cabeza, y Feodor dijo que eras un cabrón con mucha suerte, que follar con Babette era su fantasía sexual desde que la vio por primera vez en no sé dónde.
Ambos se quedaron con la boca abierta, no se esperaban que su amigo confesara con palabras textuales los pensamientos morbosos que tenían con mi ex. Los tres tragaron con fuerza al ver mi mirada tornarse oscura y mi rostro contraerse.
—¡Vaya! Mis hombres teniendo pensamientos de lo más guarros con mi ex. —Odiaba esa puta palabra.
—Mikhail, sabes que nunca intentaríamos nada con ella —se defendió Feodor; ya no se reían, de hecho, los dos adquirieron el color de su compañero.
—La chica es muy guapa, simplemente lo comentábamos. Su belleza no es común y a todos nos cautiva —explicó Pashenka con sinceridad—. Nunca intentaría nada con ella.
—Es verdad, Miki, no lo haríamos. No intentaríamos nada con Babette, a no ser, claro, que a ti no te importase. —Sabía por qué Akim decía eso; con las otras tías, nunca me había importado que se acostasen. Me traía sin cuidado a quién se tirasen, me la hubiera follado yo antes o no. Lejos estaba de lo que sentía en ese momento, de lo que sentiría si alguno osase ponerle una mano encima.
—Me importa —aseguré—. Ella seguirá siendo mía, siempre. No quiero que ninguno se atreva ni siquiera a pensar en ella, o le arrancaré la cabeza. ¿Ha quedado claro?
—Clarísimo. —Feodor respondió y los otros dos asintieron enérgicamente.
—Como la seda —añadió Pashenka.
—Respira, Pashenka, o te matarás tú mismo. —Sin duda, era el que más peligro corría de sufrir un infarto.
—Es una chica muy especial, entiendo que os sintáis atraídos por ella —observé para relajar el ambiente y comprobar si había sido claro.
—Es tuya —respondieron los tres a la vez. Había quedado más que claro, cristalino.
Cerré los ojos en señal de asentimiento y me bebí el vodka de un trago. ¡Vaya mentira! ¡Vaya puta mentira! Maldita Babette, Dabria o como coño se llamase. Me había jodido la vida. No podía pensar en estar con ella, y mucho menos podía pensar en estar sin ella. ¿En qué coño me había convertido? «Apúrate, Miki. Estás hecho una piltrafa. Tú la odias. Odio, odio y odio».
Читать дальше