Mayer Gina - Mañana morirás
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En ese momento, vio a su hermano. Estaba al otro lado de la calle, mirando horrorizado en su dirección. Sophia se dio la vuelta instintivamente para ver si había un asesino con un hacha detrás. Pero no había nadie. Una mujer mayor con un perro amarrado a su correa. Dos niños que esperaban el autobús.
—¿Estás bien, Moritz? —gritó.
Pero él no la oyó; el ruido de los autos era demasiado fuerte. Entonces Sophia se dio cuenta de que tampoco la había visto… La atravesaba con la mirada. Era aterrador. Primero se había paralizado en las pruebas orales y ahora parecía ver fantasmas en pleno día.
—¡Moritz! —gritó sacudiendo los brazos, pero su hermano dio media vuelta y se alejó sin advertir su presencia.
En fin. Tampoco le habría contado qué le pasaba si la hubiera visto.
Sophia avanzó por el paso de cebra junto al supermercado, y se disponía a doblar por su calle, pero se detuvo frente al quiosco de la esquina. Un paquete rojo brillaba en la ventana lateral. Chocolate con mazapán. Su favorito.
—No —murmuró.
Hacía dos semanas se había decretado a dieta de chocolate. No probaría ni un bocado en cuatro semanas. Era durísimo, pero, en vista de su sobrepeso, más que necesario. El primer bocado sería su ruina. Después seguiría un cuadrado, luego la barra entera, y otra y otra, hasta que solo quedaran las migajas, y esas también las recogería con el dedo índice y las lamería.
—No, gracias —se dijo orgullosa, y pretendía dar media vuelta cuando volvió a pensar en Felix. En que nunca la llamaría y mucho menos se enamoraría de ella. Sin importar que renunciara al chocolate durante las dos semanas siguientes o por el resto de su vida. Entonces fue al quiosco y no tuvo que decir nada, porque el dueño la conocía y sabía lo que quería.
Él puso la chocolatina en el mostrador, ella le dio un euro, él le devolvió diez centavos.
—Está en oferta esta semana —dijo haciéndole un guiño, como si se hubiera ganado algo.
Pero había perdido.
Sophia se preparó un té rooibos con sabor a caramelo, puso la tetera y la taza en una bandeja, con la chocolatina al lado, y se disponía a subirlo todo a su cuarto cuando sonó el timbre. Probablemente era Moritz, que otra vez había dejado las llaves por perezoso.
Caminó hasta la puerta con la bandeja en la mano y abrió con el codo. Pero no era Moritz. Era Felix.
El estómago le crujió de pronto. La tetera se deslizó en la bandeja y apenas alcanzó a sostenerla en el último segundo.
—Moritz no está.
Su voz sonó extrañamente forzada. Desde el día anterior al mediodía no había hecho más que pensar en Felix, salvo por la interrupción del estúpido correo electrónico, y ahora no se le ocurría sino esa frase insulsa.
—¿Ah, no? ¿Y estabas esperando visita?
—¿Yo? ¿Visita?
Sophia tenía la cara muy caliente, debía estar colorada. Pero era probable que él creyera que ese era su color natural, pues solo la conocida sonrojada.
—El té.
Felix señaló la bandeja con la barbilla.
—Ah, ya. El té es para mí.
“Y la chocolatina también. Entera, por eso estoy tan gorda”, pensó Sophia.
—Bueno.
Él se encogió de hombros y se dio la vuelta para irse.
—¡Espera! —Sophia soltó un gallo por la agitación—. ¿Quieres que le diga algo?
—¿A quién?
—A Moritz.
—No venía a buscarlo.
Sophia tragó saliva.
—Ah, ya.
Por Dios, hoy era la estupidez personificada.
—Pensé que podía pasar a ver si tendrías una taza de té y un trozo de chocolate para mí.
—Y así es. Qué casualidad. —Sophia alzó ligeramente la bandeja. La taza tocó la tetera con un tintineo suave por el temblor de sus manos nerviosas—. ¿Quieres pasar?
—Si prefieres, puedo tomar el té en las escaleras.
Ella se rio.
—Puedes subir a mi habitación. Pero solo por hoy.
Felix se sentó en el asiento de su escritorio y bebió el té, como si fuera lo más normal del planeta. Y actuó como si se sintiera bien. Lástima que Sophia no hubiera vuelto a organizar su habitación en los últimos siete u ocho años. Había montañas de ropa sucia en el suelo, la papelera estaba repleta, el escritorio se arqueaba bajo el peso de tazas sucias, libros, revistas, carpetas, platos, latas de galletas, basura.
—¿Chocolate?
Sophia le ofreció el paquete abierto y, con el pie, escondió unos calzones usados bajo la cama, lo más discretamente posible.
—Hum. Con mazapán. Mi favorito.
—¿En serio? Qué casualidad. También es mi favorito.
Él sonrió. ¿Se estaba burlando de ella?
—¿Te regañaron? —preguntó Felix.
—¿Por qué?
—Por llegar tarde a clase.
—Ah, no. Es decir, no hubo lío.
—Me enteré de que Moritz se paralizó en las pruebas orales.
—¿Te contó?
Sophia se preguntó de qué hablarían él y su hermano. Si Felix le habría contado que la había invitado a tomar café. Y qué le habría dicho Moritz. Mi más sentido pésame; te mereces algo mejor .
—Sí, claro. Hablamos ayer por teléfono. Qué mal, ¿no? Ojalá la nota final le alcance para entrar a Medicina de todos modos.
—Yo espero lo mismo. Seguramente será un buen médico.
Mentira podrida. En lo más profundo de su ser, Sophia estaba convencida de que a su hermano, el fuerte, el exitoso Moritz, le costaría muchísimo ocuparse de los pacientes enfermos, débiles y atemorizados.
Felix asintió.
—Puede que tenga su lado bueno —dijo entonces, pensativo.
—¿Cómo así?
—Pues que tal vez el golpe le ayude a pensar si eso es lo que quiere realmente… Ser médico.
—¿Cómo así? Eso es lo que quiere, sin duda. Moritz ha querido ser médico desde el jardín infantil. Como nuestro papá.
—Bueno, si está tan seguro, supongo que un examen fallido no lo detendrá.
Sophia se encogió de hombros. No quería hablar de su hermano. Quería saber más de Felix. Lo que hacía y pensaba y por qué había ido a visitarla. Eso en especial.
—¿Por qué viniste? —soltó.
Pero Felix no la había oído. Movía suavemente la taza de té entre sus manos finas y hermosas mientras observaba las fotos pegadas sobre la cama de Sophia. Eran fotos viejísimas, la mayoría de cuando era niña. En una estaba en un trampolín de una piscina, en otra llevaba una cometa amarilla detrás. Tenía ocho o nueve años, y ni un solo gramo de grasa.
Sophia arrancó otro cuadrado de chocolate. Después movió el papel de aluminio hacia Felix.
Pero él tampoco se dio cuenta de esto. Guardó silencio, y ella también. Pero no era un silencio incómodo. Se sentía más bien como si se conocieran desde hacía años. Un silencio agradable.
“Te quiero”, pensó Sophia, y se estremeció al notar lo cálido y verdadero que se sentía aquel sentimiento.
Los dos se sobresaltaron al oír un golpeteo en la ventana.
—Egon —dijo Sophia, y se levantó.
El gato gordo de color miel había tocado con la pata para que le abriera. Era de una vecina, pero la señora Blunt estaba tan mayor y desmemoriada que se olvidaba de alimentarlo. De modo que Sophia lo había adoptado, y él se dejaba alimentar, acariciar y consentir, encantado. Aunque últimamente Sophia tenía la sospecha de que también se dejaba mimar por otros vecinos, pues estaba cada vez más rechoncho. Por eso, había empezado a servirle unas porciones restringidas, y el gato había empezado a visitarla con menos frecuencia.
—¿Volviste? —le dijo después de abrir la ventana y alzarlo del alféizar.
El gato ronroneó cómodamente. Sophia volvió a sentarse en la cama y le acarició el suave pelo amarillo.
—Lindo animal —dijo Felix y le acarició el lomo, y sus manos se tocaron en ese momento. El corazón le dio un vuelco a Sophia. Él apartó los dedos. Lástima. Después alzó la cabeza y la miró.
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