—Buenos días, Julia —saluda su compañero Luis, un chico algo mayor que ella, de cuerpo más bien normal. Nadie en quien te fijarías si vas de caza, aunque muy agradable y de fácil conversación. Un chico de los que Julia les contaría cualquier cosa, ya que, más que como un compañero, a veces se comporta como un verdadero amigo. Y de esos en el trabajo hay muy pocos.
—Buenos días, Luis. ¿Qué tal ayer?
—Bien… Lo de siempre. Mi vida no es muy excitante. Enganchado a una serie. Que, por cierto, te recomiendo, Julia —le comenta Luis.
—¿Sí? Dime, ¿cuál es?
—Se llama Sense8. Al principio parece un poco rayante. No sabría explicarte, pero va de unas personas, en concreto ocho, que están en ocho países diferentes, pero están conectadas sensorialmente. ¡Sienten hasta cuando follan! —explica Luis.
—¿Qué? A ver, explícame eso.
—Por ejemplo, hay una pareja de lesbianas en Nueva York y se ponen a hacer el amor. Pues bien, un chico, que es actor, mientras ensaya su papel en su camerino empieza a notar una excitación sexual sin saber por qué. No sé, algo raro. Ya te digo, al principio es un poco rayante, pero conforme avanza la serie está superinteresante —le explica Luis.
—Será cuestión de verla. Parece interesante. En fin, vamos al tajo, que ahora más que nunca necesitamos que nos miren bien. Ya seguimos hablando luego, Luis.
Julia se va para su puesto de trabajo y así deja que pase el día, esperando el fin de semana y poder salir a tomar algo. Aunque aún no tiene planes ni sabe con quién saldrá.
*****
Pasan varios días y tanto Tono como Julia siguen con sus vidas. Hasta que un día a Julia se le ha olvidado comprar unas verduras para su dieta, así que baja a comprar al comercio del barrio, Frutas y Verduras JÓEME, donde van a comprar casi a diario. El nombrecito tiene tela, ya que para ser un comercio de ese tipo de productos… pues puedes pensar en otras cosas. Dejémoslo ahí.
Tono, desde el día que vio a su vecina por la ventana en plena masturbación, no ha dejado de ir todos los días, incluso varias veces el mismo día, para ver si coincide con ella. Con la excusa de que no recuerda comprar esto o aquello, vuelve a la frutería. Y no es porque Julia no haya ido. Simplemente, no han coincidido. Al pasar ya una semana, Tono empieza a olvidar el tema y a quitarse esa obsesión por volverla a ver.
«Ya decía yo. Se quedó en eso, en un sueño. La diferencia que hay entre los dos es un hándicap. Seguro que me está evitando y no quiere coincidir conmigo», piensa Tono, creyendo que no volverá a ver a su vecina.
Julia, por su parte, sigue yendo al mismo lugar, pero sin haber cambiado su rutina. Sigue yendo martes y viernes a comprar. Y, sí, ha pensado qué pasaría si viera a su vecino en el comercio. ¿Se moriría de vergüenza? ¿Le daría morbo? A veces siente las ganas de intentar coincidir con él, pero en ese momento piensa que solo fue eso, un momento de excitación, de locura dentro de su propia lujuria.
Al llegar el miércoles de la tercera semana, a Julia se le han olvidado los calabacines para su dieta. Le gusta hacer una parrillada de verduras de cuando en cuando, así que le toca bajar a la tienda y aprovecha para comprar unas piezas de fruta. Fresas y plátanos para hacerse el postre. Los trocea y los pone en un recipiente con azúcar.
Aún no ha entrado y se da cuenta de que su vecino está dentro. Le echa valor; además, no tiene otro remedio. Algún día tendrá que verle. Tono está haciendo cola y se ha dado cuenta de que Julia está detrás de él.
—¿Qué le pongo? —le pregunta el dependiente.
—No, atienda a la señorita primero. Seguro que lleva más prisa que yo —responde Tono.
—Gracias. Todo un caballero —dice Julia sonriéndole a Tono.
Al cruzarse sus miradas algo ha pasado. Julia piensa: «Me ha mirado a los ojos y no a los pechos. Eso me ha gustado, porque precisamente con la blusa que llevo muestro bastante bien mis encantos».
—Por favor, póngame estos dos calabacines, un cuarto de fresas y dos plátanos —le pide Julia al dependiente.
A Tono, al oír semejante pedido, se le abren los ojos como platos, como de incredulidad y sorpresa. «¿Qué irá a preparar esta mujer? Solo con oír lo que ha pedido ya se me ha ido la pinza en pensamientos morbosos», piensa Tono. «¡Qué coño! Le pregunto».
—Perdón, señorita. Perdone la indiscreción. ¿Es vegetariana?
—¡No, qué va! Me gusta comer de todo —contesta Julia con una sonrisa picarona a la vez que mira a Tono a los ojos. Esto es solo para mi dieta.
—¡Vaya! —dice Tono después de unos segundos de silencio—. Mi nombre es Tono. Creo que hemos coincidido algunas veces y, si no me confundo, somos vecinos del barrio.
—Hola, Tono. Yo soy Julia. —Intentando liberar su mano derecha de la bolsa de la compra para darle la mano a Tono, se le cae al suelo la bolsa. Inmediatamente, Tono se agacha a cogerla y, antes de que Julia reaccione, ya la tiene en su mano izquierda. Julia le extiende la mano. Tono la coge y, con un gesto inesperado, la levanta y le da un beso en el dorso.
Julia, por su parte, piensa: «Vaya saludo más caballeroso. Nunca me había saludado un hombre así». De hecho, Julia iba a darle un beso en la mejilla, pero se quedó tan perpleja que ya no supo cómo reaccionar.
—Encantado, Julia. Un placer. —A la vez que decía placer recordó esos momentos tan morbosos y placenteros desde la ventana de su apartamento.
—Pues nada, Julia. A ver si nos volvemos a ver en otra ocasión. Seguro que preparas un plato muy apetitoso con esos ingredientes.
Sin darse cuenta de lo que estaba diciendo, le contesta Julia:
—Eso tiene arreglo. Te invito a comer y lo pruebas. Tan solo es una parrillada de verduras y de postre, fresas con plátano.
«¿Qué acabo de hacer? ¡Dios! Lo acabo de invitar a comer a mi casa», piensa Julia. Sin darle tiempo a reaccionar, Tono le responde:
—Acepto encantado.
Mientras, piensa: «Esto es una locura, pero no voy a perder esta oportunidad». Y acto seguido le dice al dependiente:
—Por favor, ponga un calabacín más y un par de plátanos. Fresas en vez de un cuarto, ponga medio kilo. Y me cobra a mí la cuenta. No vas a pagar tú también la comida.
—Me parece bien —asiente Julia.
—Ponga también esa lechuga y estos dos tomates para ensalada. Había bajado a comprar para hacerme una ensalada fresca, que con este calor necesito algo fresco. Así podemos aprovechar para hacerla en tu casa también. Si te parece bien, Julia.
—¡Claro que sí! ¿Vamos? —le dice Julia a Tono.
Sin mediar más palabras, Julia y Tono se dirigen a casa de Julia. Por el camino, de un par de minutos hasta llegar al patio, Julia abre la puerta e invita a pasar primero a Tono. Julia pulsa el botón para llamar al ascensor y en lo que tarda en llegar continúa el silencio entre ellos.
El ascensor se pone en funcionamiento después de que Julia pulsara el número 3. Se quedan mirando y, sin más, Tono la besa. Julia le corresponde, por lo que Tono suelta las bolsas de la compra, le pasa una mano por la nuca y la otra la posa en su cintura, apretándola junto a él.
Julia entrelaza sus dedos en el cabello de Tono, haciendo un poco de fuerza, y así se besan con pasión, devorándose. A Julia le tiemblan las piernas y Tono, al notarlo, la empuja sin fuerza a la pared de la cabina del ascensor. Le agarra las manos y las eleva, inmovilizando a Julia. Sujeta con una de sus manos las dos de Julia y la otra comienza a posarla en su cintura, pero a la vez subiéndola hasta sus pechos. Los acaricia para notar que no lleva sujetador y que los pezones de Julia ya están muy erectos. De repente el ascensor se para y se abren las puertas.
«Ufff… Menos mal que no hay nadie en el rellano», piensa Julia.
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