—Claro, mamá. Yo también iba a tomarme uno ahora. ¿Lo quieres del tiempo? (café con hielo).
—Sí, gracias.
Julia prepara el café para ella y su madre. Se sientan en el sofá, aún húmedo por el orgasmo de Julia, y se ponen a conversar de la vida de ambas. Julia la pone al día de lo que está siendo su vida, que, aunque su madre es de pensamientos más retrógrados, siempre ha tenido mucha confianza con ella y siempre se lo ha contado todo, incluso su estilo de vida liberal. Evidentemente, no le cuenta cosas como que acaba de masturbarse ni los detalles de sus encuentros sexuales.
Sin darse cuenta del tiempo transcurrido, suena el timbre de abajo.
—Será tu padre —dice la madre de Julia.
—¿Sí? —pregunta Julia al descolgar el telefonillo.
—Soy papá. Dile a tu madre que baje.
—¿No vas a subir a darme ni un beso?
—¡Claro! Y que me recibas desnuda… Que te conozco, Julia.
—¡Jo, papá! No voy desnuda. Va, sube…
Julia se queda mirando a su madre y le dice:
—Voy a ponerme la bata; que, si no, papá no sube.
Julia se viste con la bata y abre la puerta.
—Hola, Julia —saluda el padre.
—Hola, papá.
Se dan los besos de rigor.
—Bueno, Marta, ¿nos vamos? —le pregunta el padre de Julia a su madre.
—Sí, vamos, que he de hacer la cena y todo aún.
—¡Joder, papá! Desde luego, has subido solo por darme un beso.
—Ya, Julia, pero ya sabes… Aún hay que cenar y sabes que me gusta llegar a casa pronto, que luego para aparcar es complicado.
—Vale, ya hablamos con más tiempo, papá. Aparte de lo que mamá te cuente, que sé que te pondrá al día —le dice Julia a su padre.
La madre y el padre de Julia le dan unos besos y salen por la puerta despidiéndose de ella. Julia se pone a recoger la mesa, a realizar las clásicas tareas de ama de casa y a preparar la cena. Mañana ha de volver a trabajar y se levanta temprano. Pero bueno, ya es jueves. Un día más y llega el fin de semana. Aunque Julia aún no ha pensado en ello. Tiene demasiadas cosas en la cabeza con el dichoso curso y ha de hacer un resumen del mismo.
1Scort: Mujer remunerada para acompañar a caballeros con el fin de acudir a eventos con o sin fin sexual.
CAPÍTULO 2
En la soledad de Tono
Suena levemente una música, que va en aumento progresivo. Es el despertador del móvil de Tono. Como siempre, lo pone a las seis de la mañana, aunque se hace el remolón hasta las 6:20 aproximadamente.
Siempre le cuesta levantarse y conforme pasan los años le cuesta más dormir, así que le cuesta más despejarse.
Tono es un hombre de 54 años, físicamente normal, con algo más de barriga que cuando tenía unos veinte años menos. Casado con Nati, de cincuenta. Tienen dos hijos.
Abre los ojos, se gira a su izquierda y, como cada mañana en esta época, ese lado de la cama está vacío. Su mujer está de viaje con sus dos hijos, Marta y Toni. Ya mayores, superando los veinte años los dos.
Tono no llega a acostumbrarse a dormir solo. Siempre echa de menos a su mujer, pero es lo que tiene trabajar en distintos lugares. Ella está de vacaciones y en verano solo coinciden una semana los dos.
Se levanta, se ducha y se viste para ir a trabajar. Siempre de traje, cosa que en verano es incómoda y calurosa, pero es lo que marcan las normas de la empresa.
Tono trabaja para una empresa de alimentación, en el departamento de mantenimiento. Organiza y distribuye los trabajos para mantener y reparar los supermercados.
Cada día es distinto y lo único que tiene claro es la hora de entrar y de salir. Esta semana trabaja de mañana y las tardes las tiene libres. Las aprovecha para ir a ver jugar a equipos de fútbol de ligas infantiles. Le encanta ese deporte, pero lo que más le gusta es ver a esos renacuajos ir todos a una a por el balón.
Como cada día, al llegar a trabajar empieza a recibir mensajes en el móvil de sus compañeros, todos ellos de tías follando, de tetas grandes y cosas por el estilo. La mayoría de veces los elimina sin mirarlos.
«Ay, si estos supieran los devaneos de morbo y sexo que yo tengo…», piensa Tono cada vez que le envían esos vídeos o fotos. «Cuánto salido tengo por compañero. Y lo que más me jode es su doble moral y su hipocresía. Un departamento en el que la mayoría son hombres y en cuanto ven una falda… ya están pensando que se pongan debajo de la mesa y se la chupen. Es que me cansa todo eso», vuelve a pensar Tono.
—¡Coño! Este Ramírez siempre igual. ¿No tiene otro tema? ¡Qué cansino el tío! —dice Tono a Santos al recibir un nuevo mensaje.
—Ya sabes, Tono. Este folla casi todos los días y, claro… Casi los lunes, casi los martes… Ja, ja, ja, ja…
Santos es uno de los dos compañeros con los que Tono tiene la confianza de haber contado su vida. Y no es porque Tono lo oculte, sino porque… ¿para qué contar algo que no van a entender?
Pasa el día entre llamada y llamada. Solo algunos momentos de conversación con los compis hacen que el día no sea tan agobiante.
A la hora de salir…
—Bueno, chavales, un día más. Uno que se va a su casa. Mañana nos vemos. ¡Au! —Tono recoge sus cosas y se despide de sus compañeros hasta el día siguiente.
Al llegar a casa, lo primero que hace es pegarse una ducha. No porque sude mucho en su trabajo, pero hace tanto calor… Saca del congelador un arroz al horno que tenía preparado, lo calienta en el microondas, prepara la mesa y se sienta a comer mientras se pone a ver las noticias en la televisión.
Como siempre a estas horas, llama su mujer para saludarlo y hablar de cómo les ha ido el día.
—¡Hola, cariño! ¿Cómo ha ido el día? —pregunta su mujer.
—Bien, como siempre. Ya sabes. Esto no cambia. ¿Y tú qué tal? ¿Has conocido a algún chico interesante? —le pregunta Tono con un tono picarón.
—¡Bah…! Alguno hay, pero con los niños… ¿Cómo les digo que me voy a tomar algo sin ellos? Sabes que, aunque lo sepan, no me gusta que lo vean o lo intuyan si no estás tú.
—¡Coño…! ¿Ellos no salen por la noche?
—Si, Tono, pero no sé… ¿Y si salgo y coincido con ellos o me ven con alguien? La verdad, hay veces que sí me apetece, pero… te echo de menos.
—Pues no seas tonta, Nati. Busca un hueco y te lo pasas bien. Ya me entiendes, cariño.
—Bueno, ya queda menos para coger las vacaciones y así podremos salir juntos.
—Bueno, cariño, te dejo, que voy a ver si me echo un poco y me relajo. Un beso, amor. Te quiero.
—Vale, cariño. Mañana hablamos. Un beso. Te quiero —le contesta Nati a la vez que cuelgan el teléfono. Ya pasó eso de: «Cuelga tú. No, tú. Va, cariño, cuelga tú».
Tono recoge la mesa, pone el ventilador y se recuesta en el sofá. Empieza a pensar que ya queda menos para estar con Nati e intenta dormir un poco, pero su cabeza no para y comienza a pensar…
Son las cinco de la tarde. La temperatura en la calle supera los treinta grados. Ya me he duchado dos veces hoy (el calor y la humedad son insoportables) y voy totalmente desnudo. Me encanta tener esa sensación de libertad corporal. Estoy tumbado, viendo la tele y con el ventilador a toda velocidad para que corra el aire, con todo abierto para que no se acumule el calor en la casa. Siempre se tiene que joder el aire acondicionado en verano. Entre que las casas de los aires están casi todas cerradas y las que están trabajando tienen a gran parte de su plantilla de vacaciones, no me pueden dar una fecha para reparar mi aparato. Este calor hace que mi agitación me supere. No sé cómo ponerme; me tumbe como me tumbe, no hay manera de relajarme. Los programas de televisión a estas horas no son nada interesantes y lo curioso es que cuando hay algo que me interesa me duermo. ¡Vaya hostias! Así que me levanto a fumarme un cigarro. El sofá está puesto de manera que el respaldo queda apoyado en una pared que está justo debajo de una ventana. Me arrodillo en el sofá mirando hacia la calle y apoyando mis brazos en la repisa de la ventana. No hay ni Dios en la calle.
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