El concepto se comprende mejor si pensamos que los humanos no somos simplemente animales racionales, sino más bien mamíferos racionales. Hace más de 200 millones de años, cuando surgieron los mamíferos, nació también el cerebro límbico, responsable del afecto, el cuidado y la “amorizaciónˮ. La madre concibe y carga dentro de sí a la cría, y una vez que nace la rodea de cuidados y de caricias. No fue sino en los últimos cinco o seis millones de años cuando surgió el neocórtex cerebral, y hace tan solo 200 mil años lo hizo el tipo de cerebro que tenemos hoy y que se expresa por medio de la razón abstracta, la conceptualización y el lenguaje racional.
En la actualidad, el gran desafío radica en dotar de centralidad a lo que hay de más ancestral en nosotros: el afecto y la sensibilidad, cuya mayor expresión se encuentra en el corazón. Para decirlo con claridad, lo que importa es rescatar al corazón y sus derechos, tan válidos como los derechos de la razón, de la voluntad, de la inteligencia y de la libido.
En el corazón está nuestro centro, nuestra capacidad de sentir profundamente; en él se encuentran también la sed de amor y el nicho de los valores.
Nuestra intención dista mucho de dejar de lado a la razón, pues nos es imprescindible para discernir y para priorizar los afectos sin sustituirlos. Si no aprendemos a sentir a la Tierra como Gaia, si no la amamos como amamos a nuestra madre, y si no la cuidamos como cuidamos a nuestros hijos e hijas, difícilmente la salvaremos.
Sin la sensibilidad, la operación de la tecnociencia será insuficiente. Pero una ciencia con conciencia y con sentido ético puede encontrar salidas liberadoras para nuestra crisis. Por eso es importante reinventar al ser humano integral, en el que se conjuntan cabeza y corazón, sentimiento y razón, música y trabajo, poesía y técnica.
El objetivo de nuestro texto es invitar a las personas a que aprendan a sentir y a unir la razón, generalmente fría y calculadora, con el afecto, cálido e irradiador. De esta amalgama nacerá, casi espontáneamente, nuestro deseo de cuidar todo lo que está vivo y es frágil e importante para la vida humana y la existencia en el planeta Tierra.
El corazón posee sus propios derechos y su propia lógica. No ve tan claro como la razón, pero su mirada es más profunda y certera. Conocemos mejor cuando amamos. Y amamos más intensamente cuando nuestro conocimiento es más lúcido y menos prejuiciado.
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