A pesar de este contexto —o más bien a causa de este contexto— la necesidad de una verdadera paternidad no ha sido nunca tan grande como hoy. Estamos en un mundo de huérfanos, y tantas personas están desorientadas y sufriendo, pues no han tenido la suerte de encontrar en su vida a quien sea un verdadero padre.
Lo constato particularmente en mi ministerio. Tengo ocasión de encontrarme con muchas personas, y debo decir que me choca ver lo mucho que abunda la necesidad de paternidad. Ya sean niños, jóvenes, parejas, ancianas abuelas, o adultos, todos tienen esta necesidad de una figura paternal. No siempre lo expresan, a causa del pudor, o a veces del orgullo, que impide hablar de eso, pero existe en todos sin excepción. Me ha sucedido en mi ministerio tener ante mí a importantes hombres de negocios, al frente de importantes empresas, que venían después de una conferencia a pedirme un abrazo. Sentían la necesidad de un big hug, como se dice en inglés, y estaban al borde de las lágrimas cuando les apretaba entre mis brazos.
Todo hombre y toda mujer necesita encontrar un padre en el que apoyarse y por quien ser reconocido, amado y animado. Este padre es por supuesto primero el Padre del Cielo, pero cada vez que un hombre o una mujer se encuentra con alguien que, por su manera de ser, representa una imagen auténtica de la paternidad de Dios, supone para esa persona un inmenso regalo.
4.
SUFRIMIENTOS DEBIDOS A LA AUSENCIA DEL PADRE
LA AUSENCIA DE LA FIGURA del padre (la del mismo Dios, pero también la de quienes de una manera u otra son mediaciones humanas de la paternidad divina) trae consecuencias dolorosas en la vida de las personas. No quiero hacer una lista exhaustiva, sino mencionar solo cuatro puntos.
PROBLEMA DE LA TRANSMISIÓN
El papel del padre es inscribir al hijo en una línea de ascendientes, darle acceso a una herencia, una herencia que el hijo deberá luego transmitir a otros. Esa es toda la cuestión de la transmisión, y se sabe lo difícil que resulta hoy transmitir de una generación a la siguiente todo lo que constituye la riqueza y la belleza de la existencia, las virtudes humanas y espirituales, la cultura, las tradiciones propias de un país… La carencia de un papel paternal hace evidentemente más difícil este asunto de la transmisión. Se comprueba la existencia de un cierto tipo de personalidad que produce esta laguna: el individuo que no tiene ninguna conciencia de lo que debe a los que le han precedido, ni ningún sentido de responsabilidad frente a los que vendrán después de él. Sin gratitud por el pasado, sin responsabilidad ante el porvenir de los demás, se contenta con aprovecharse de la vida al máximo de manera egoísta e individualista. Esta clase de comportamiento no es algo raro hoy.
SIN PATERNIDAD, NO HAY YA MISERICORDIA
Al mundo moderno le ha parecido bien proclamar la muerte de Dios. Ha cedido ante la gran mentira del ateísmo: mediante sus leyes y mandamientos, Dios impide al hombre ser libre; hay que deshacerse de él, y la persona será por fin libre y feliz, liberada de la coacción y la culpabilidad. Esta mentira ha ocasionado millones de muertos, lo que no impide que persista siempre la tentación de hacer de Dios (y de toda forma de paternidad) el enemigo de la libertad humana, de considerar toda verticalidad como una opresión.
Pero las cosas no son tan simples como pretende el ateísmo. Si no hay Dios, tampoco hay perdón ni misericordia.
Nos gusta a todos la parábola del Hijo pródigo del evangelio de san Lucas[1], que ofrece una imagen maravillosa de la paternidad divina. Conocemos la historia del más joven de los dos hijos, que ha reclamado su parte en la herencia y se ha ido a un país lejano. Después de gastarlo todo en una vida de desorden, se ve obligado a cuidar cerdos (cosa que no es precisamente un éxito para un muchacho de buena familia judía), pasando hambre y deseando comer lo que les dan a los cochinos. Esta situación le ha llevado a reflexionar; decide volver a la casa de su padre, donde todos los jornaleros están bien alimentados, y prepara su discursito de llegada: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros».
Conocemos la continuación conmovedora de este relato: el padre ve llegar a su hijo a lo lejos, se llena de piedad por él, corre y se abraza a su cuello y lo cubre de besos. Sin dejarle tiempo para pronunciar su discurso preparado, el padre pide a los criados que traigan pronto el mejor traje y le vistan (no uno cualquiera, el mejor), le pongan un anillo en el dedo (signo de la dignidad recuperada), sandalias en los pies, y preparar una superfiesta, con un ternero cebado, música, danzas…
Retomemos ahora la misma historia, pero una vez que ha desaparecido la figura del padre. Cuando el hijo vuelve a la casa, no hay nadie… La casa está vacía, desesperadamente vacía, abandonada. Solo el viento hace batir las puertas y ventanas.
No hay nadie para recibirte, para perdonarte, para amarte. Nadie que te diga: a pesar de lo que has hecho, a pesar de tus errores y tu pecado, sigues siendo mi hijo amado, puedes recuperar tu plena dignidad, tu sitio está aquí, puedes ser libre y feliz en la casa de tu Padre, que es también tu casa (¡Todo lo mío es tuyo!).
Creo que el hombre no puede perdonarse a sí mismo las faltas que haya cometido (y todos las cometemos). El hombre no puede absolverse por sí mismo de sus errores, incluso con un ejército de psicólogos para intentar excusarlo. No tengo nada contra los psicólogos, al contrario, hacen con frecuencia un excelente trabajo, pero no pueden perdonar los pecados.
El hombre necesita recibir la absolución de alguien más grande que él. Necesita la palabra de Otro, una palabra de autoridad, la palabra del Padre celestial, para ser verdaderamente desligado de sus faltas y reconciliarse consigo mismo.
Digamos de paso que estas consideraciones nos dan la medida de la gracia inmensa que recibe el sacerdote para poder pronunciar una palabra de absolución a los que vienen a confesarse con él. Sabe que, a pesar de sus limitaciones personales, cuando le dice a alguien: «Tus pecados son perdonados», las palabras que pronuncia no son simplemente humanas, sino que tienen la autoridad misma de la palabra divina. Tienen el poder de desligar al pecador del mal cometido, de restaurar su dignidad, de devolverle la libertad y la paz. ¡Qué alegría poder ser así instrumento de la misericordia del Padre! Es tal vez al dar el perdón cuando el sacerdote comparte más la paternidad de Dios.
Sabemos que, en el Antiguo Testamento, el uso de la palabra «Padre» para referirse a Dios es bastante poco frecuente, sobre todo para evitar contaminar la noción de paternidad de Dios con la de divinidades paganas masculinas que engendran sexualmente. Además, la apelación de «Padre» es menos utilizada en un contexto de redención, de invocación de la misericordia de Dios para salvar a su pueblo. Uno de los más bellos pasajes del Antiguo Testamento que menciona a Dios como Padre se encuentra en los capítulos 63 y 64 del profeta Isaías, en particular, este texto:
Todos nosotros somos algo inmundo, todas nuestras justicias son como paños de menstruación. Todos estamos marchitos como hojarasca y nuestras iniquidades nos arrastran como el viento. No hay quien invoque tu Nombre, quien se levante para serte fiel, pues nos has escondido tu rostro y nos has dejado en manos de nuestras iniquidades. Pero ahora, Señor, Tú eres nuestro Padre; nosotros, el barro, Tú nuestro alfarero, y todos nosotros la obra de tus manos. No te excedas, Señor, en tu irritación, ni te acuerdes más de la iniquidad. Antes bien, mira: todos nosotros somos tu pueblo[2].
Sin presencia del Padre misericordioso, el hombre queda entregado a sus faltas, sin posible remedio. Ya no hay remisión en caso de error o de extravío. No hay lugar para la debilidad, la fragilidad, el fracaso, que son sin embargo parte de nuestra vida.
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