Héctor Caro Quilodrán - Firma con mi nombre

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Firma con mi nombre: краткое содержание, описание и аннотация

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La novela histórica «Firma con mi nombre» nos presenta el latifundio chileno en la historia de la familia Pérez-Azaña: la vida privada de los dueños del fundo, los antepasados que forjaron el dominio de las tierras y con la vida, siempre interesante de sus descendientes mujeres que, en el claustro de una vida infectada por la atmósfera religiosa y pía, van encontrando los resquicios para el amor prohibido, para los secretos de alcoba, para sus pasiones sofocadas por el machismo y el dominio patriarcal. Los campesinos del pueblo de Cantarrana despiertan durante la década del '60 bajo la consigna de «La tierra para el que la trabaja». Pero, en 1973, comienza la revancha de los latifundistas.

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A Oreja del Diablo lo vimos aplastado por el atardecer, con colores naranjas y amarillos, mientras un hilo de humo ascendía hacia el cielo. Llegamos preguntándonos dónde pasar la noche cuando la luna alumbraba débilmente. Un hombre, sentado en un banco, nos detuvo en la última casa del camino y nos habló casi excusándose:

—El pueblo está de fiesta: la gente borracha, los caminos inseguros —dijo casi maldiciendo a la especie humana.

Enseguida levantó un dedo hacia el cielo y nos hizo oír los cascos de un caballo a la distancia. No pasaron dos minutos cuando un jinete tiró de las riendas frente a nosotros, la cabeza se le cayó al pecho y la bestia se lo llevó como un peso muerto. El orejano dijo:

—Este es uno más de los entregados a las manos del vicio. El domingo habrá procesión, la convoca el cura y hasta, quizás, el Espíritu Santo baje a darle una mano.

El hombre, a esa hora, ya era una mera sombra. Lo último que escuchamos de él fue como si la pared de la casa hablara:

—Para que se lleven un buen recuerdo de Oreja del Diablo, duerman en mi pajar. Se los paso.

Esa noche dormimos tranquilos, ocultos de todo el mundo.

« Yo había tenido miedo -se acuerda Lucinda-, pero se me pasó al ver los ojos tranquilos de Manuel. Al otro día, tendidos en la carreta, nos entretuvimos imaginando el cielo como mar y por él navegábamos. A veces, le llamaba Manuelín. A él le gustaba, me pedía que se lo dijera de nuevo, cerraba los ojos y se embarcaba en uno de los barcos que habíamos dibujado en el cielo ».

Cuando vimos un puente largo y estrecho sobre un río, nadie en la carreta necesitó decirlo en voz alta: si lo cruzábamos juntos, no nos separaríamos jamás. Un puesto de control nos detuvo a la salida del puente; hundí mi mano automáticamente en el pecho en busca del salvoconducto.

—¿Esta es su familia? —preguntó el uniformado.

—Sí —dije.

Al decir sí, se me agrandó la familia, me casaba de nuevo sin tener nada que ofrecerle, salvo el nombre de Cantarrana. Cuando recibí el salvoconducto con un timbre, todos suspiraron aliviados.

Más tarde le indiqué a mi mujer un pueblo en el horizonte:

—Allí está nuestro destino.

La torre de la iglesia emergía sobre pilares invisibles. La cruz colgaba del crepúsculo. Un coro de casas mudas nos vio pasar con indiferencia. Agustina y Lucinda golpearon en la primera puerta; nadie respondió. Lo intentaron en la segunda y, al cabo de un momento, apareció la cara bonachona de un hombrecito con barba blanca.

—Si buscan a la gente —dijo—, les advierto que no hay nadie en las casas. Todos fueron a la procesión.

—Caballero, díganos por dónde se llega a Cantarrana —repuso Agustina.

El hombrecito, curioso, salió a examinar la carreta y a cada uno de nosotros, frunciendo su nariz como un perro de fino olfato.

—Parece que han hecho un viaje largo —adujo—, poca gente arriba a este pueblo. ¿Están las cosas muy mal por otros lados?

—Malísimas. Díganos, ahora, ¿cómo se llega a Cantarrana? —insistió Agustina.

—Giren a la derecha… No, a la izquierda. Se van a encontrar con la vía férrea, la pasan y verán una avenida de aromos sin flores, pero igual es bonita. Allí está lo que buscan —respondió y, luego, sonrió.

—Muchas gracias —dijimos al unísono.

—Pregunten por don Olaberry —agregó en un susurro, cuando ya habíamos partido.

Me lo contó él mismo años más tarde. Todo el mundo lo llamaba Pablito, el Preguntita cuando quería saber demasiado. Se murió, pero quedó su hijo, el «Preguntita chica». Lo debes de conocer, Juan Manuel.

Al carrete se le acabó el hilo. Lucinda colocó uno nuevo, enhebró la aguja e hizo rodar la ruedecilla, rememorando:

«Manuel, al cruzar la vía férrea, se agachó, tocó la superficie pulida de los rieles y escuchó murmurar la distancia en ellos. Llegamos a “La avenida de los aromos”. A su lado derecho se alzaba una casa majestuosa. El camino dobló. La casa majestuosa se separó de él defendida por las sombras del crepúsculo».

Unos perros nos siguieron hasta el letrero: «Haras Cantarrana» sobre un portón abierto par en par. Grité: ¿aló, aló? El silencio se tragó mi voz. Di unos pasos tímidos hacia el interior de la propiedad, introduciéndome en un patio limpio y ordenado. El primer signo de vida fue el bufar de un caballo, luego apareció un hombre ya de edad vestido de traje blanco y sombrero del mismo color. Me sentí observado por sus dos puntitos azules y dijo con una voz, una que no se olvida jamás:

—¿Qué busca, hombre?

—Soy Juan Dinamarca —le contesté y le pasé la carta que llevaba conmigo.

La leyó, moviendo la cabeza y me miró.

—De modo que tú eres Juan Dinamarca —dijo, arrastrando las erres—. Yo mismo te respondí tu carta. Llegas a tiempo, uno de mis fina sangre tiene cólico. Mañana te presentas a trabajar.

—Sí, señor.

—Llámame don Olaberry, así como suena. Hoy todos fueron a la procesión. La gente aquí es muy religiosa, aunque a su manera.

—Entiendo, don Olaberry.

—¿Sabes por qué estás aquí?

Me quedé callado.

—Por esa potranca, Pascuala se llamaba —dijo, cerró los ojos y, luego, continuó—. Sí, Pascuala. Me pareció un diamante puro de la raza criolla. Le concedimos la Medalla de Oro, siendo yo miembro del jurado. En fin, yo mismo te llevaré a tu nuevo hogar.

Siguió hablándome hasta detenerse en esta casa, en donde estamos ahora.

—La puerta no tiene llave —explicó—. No se usa por estos lados. Preséntate mañana temprano y hablaremos más.

Hizo amago de irse, pero volvió sobre sus pasos.

—Vi que llegaste con tu familia. Bienvenidos todos a Cantarrana —dijo como disculpándose y se marchó.

Manuel y yo corrimos a la casa oscura, una vez dentro, saltamos por su piso de tierra apisonada. Poseía dos piezas, un corredor rodeándola por los cuatro costados, unas paredes, puerta, ventanas. ¿Qué más podíamos pedir, si ya teníamos un techo? Aunque mi madre decía que una casa sin fuego era una cueva.

Encendimos una lámpara, entramos la mesa -esta misma y la golpeó con los nudillos-, las camas, los santos, la Singer, los cacharros… Por la noche, nos servimos una sopa caliente. Al faltar una silla, usé en su lugar la montura, apenas la toqué se me vino a la memoria el alazán que perdí en el retén, convertido ya en un campeón, pero quizás a esa misma hora me estaría olvidando. Tuve otro presentimiento, pero hasta el presente no sé cómo decirlo con palabras, pero a ti, Juan Manuel, también te va a pasar lo mismo con el tiempo.

¿De dónde salió la vieja Singer, cómo llegó a manos de su familia? No se había oxidado con los años y el desuso. Lucinda cortó con los dientes el hilo como lo hacía su madre, y miró la prenda terminada. Era una máquina capaz de muchas cosas todavía. Giró de nuevo la ruedecilla, dejándose llevar por el sonido hacia las imágenes del pasado, a escuchar de nuevo las hojas del otoño arrastradas por el viento antes de llover.

II

Juan encontró a don Olaberry en la puerta del haras como si no se hubiera movido de allí y la primera luz del sol le hubiera lavado la cara, de blanco, con su sombrero, sus mejillas rosadas y sus dos puntitos azules más azules que el día anterior.

—Hombre, llegas a buena hora —dijo don Olaberry—. ¿Cómo fue tu primera noche en Cantarrana?

—Dormí como un muerto —contestó Juan, pensando, luego, que su segunda vida empezaba con esa respuesta.

—Te envidio. Duermo poco, cuatro o cinco horas cuando soy afortunado. Te enseñaré los caballos, acompáñame.

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