Héctor Caro Quilodrán - Firma con mi nombre

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La novela histórica «Firma con mi nombre» nos presenta el latifundio chileno en la historia de la familia Pérez-Azaña: la vida privada de los dueños del fundo, los antepasados que forjaron el dominio de las tierras y con la vida, siempre interesante de sus descendientes mujeres que, en el claustro de una vida infectada por la atmósfera religiosa y pía, van encontrando los resquicios para el amor prohibido, para los secretos de alcoba, para sus pasiones sofocadas por el machismo y el dominio patriarcal. Los campesinos del pueblo de Cantarrana despiertan durante la década del '60 bajo la consigna de «La tierra para el que la trabaja». Pero, en 1973, comienza la revancha de los latifundistas.

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Esperamos al cartero comiéndonos una gallina tras otra. Félix Candia, mi vecino de más abajo, llegó con una carta a las cuatro semanas. No la abrí, se la pasé a Agustina. ¿Sabes qué hizo? Anticipó la respuesta con el brillo de los ojos.

—Juan, una carta pesada trae siempre noticias importantes —dijo— La yegua te trajo suerte.

Fui feliz donde al administrador.

—Me voy —le dije.

—Para eso necesitas un salvaconducto.

Su respuesta sonó como una amenaza. Mi ignorancia era tal que no sabía nada del mentado papel. En esa época era así, no sé si lo seguirá siendo.

Cuando nos fuimos, una sola estrella despedía la noche. Una gota de rocío cayó en el dorso de mi mano que sequé con mis labios para llevarme el gusto del cielo de esa madrugada. Faltaba Lucinda, no la desperté, debe haber estado en medio de un sueño, uno de esos que dejan al cuerpo en calidad de despojo porque pesaba demasiado cuando la deposité en las frazadas.

« Soñaba que me caía por un abismo, pero alguien me salvaba con sus brazos», recordó Lucinda. Luego enhebró la aguja y siguió cosiendo solo por probar a la vieja Singer .

Las ruedas de la carreta aplastaron las sombras. Agustina, silenciosa, no se volvió a echarle una última mirada a la que fue su casa. Yo sí, la vi entumida debajo de un árbol como una gallina echada con sus pollos. Cuando aclaraba, divisamos el tejado del retén.

—¿Traes el salvoconducto, Juan? —preguntó Agustina.

Lo llevaba calientito en el pecho. Apenas nos detuvimos, salió el sargento. No vi por ningún lugar al cabo Segura, era buena persona y lo eché de menos. Detrás del sargento, para mi sorpresa, apareció el administrador. Ese hombre no dormía, estaba en todas partes.

—¿El salvoconducto? —inquirió el uniformado.

Se lo alcancé. El papel salió latiendo de mi pecho.

—Leo que el ciudadano Juan José Dinamarca Avello posee un buey negro con una mancha blanca en la paleta y la segunda en la frente, y otro animal colorado.

—Así es, mi sargento.

—También es dueño de un potrillo alazán.

—Ahí va amarrado a la carreta.

—¿Qué lleva la carreta?

—Mis aperos, la montura, utensilios de cocina, ropa de cama. Mi hija duerme entre las frazadas.

—Que acredite la propiedad de los animales —sacó la voz de repente el administrador.

—Son míos —¿Qué otra cosa podía decir?

—No basta —aseguró el sargento—. ¿Dónde están las marcas?

Las iniciales JD estaban un poco perdidas en la pelambre de los bueyes, pero estaban.

—¿Y las del potrillo?

—No tiene marca, es muy nuevo —respondí.

—No sé por qué, Juan Manuel, no le puse la marca. Me olvidé, o no le quise quemar la piel tan temprano, o tal vez fue por otra cosa.

—Si no tiene marca, es de la hacienda —afirmó el administrador con ceño duro y apuntándome con el dedo—. Él es el amansador, sargento, el fresco lo quiere hacer pasar como suyo. No es el primer caso ni será el último.

Lo dijo como si leyera un papel. Cambió de tono para agregar:

—Uno más que se aprovecha de la muerte de don Germán Gómez.

—Es mío —repetí—, hijo de mi yegua.

—¿Dónde está la yegua? —preguntó el sargento, levantando las cejas.

—La vendí para comprarme el colorado.

—Si no tienes prueba, el animal queda retenido.

Vi el cañón de mi escopeta entre los bultos. Un pensamiento malo me nubló la vista, pero no la razón. Mi escopeta no servía ni para meter susto. Perdí mi alazán en el mismo lugar donde unos días atrás pedí a Dios su ayuda. Quedó claro que no me había oído.

« Desperté en ese momento. Venía saliendo de un mal sueño. Me bajé de la carreta con un sonido de huesos en mis oídos -se acordó Lucinda-; en esa época yo creía que mis huesos sonaban. Me puse al lado de mi padre al verlo solo, mirando cómo se llevaban a su alazán preso como si fuera un hombre.

El río nos hizo compañía desde ahí con su estela blanca zigzagueante entre los cerros. Su rumor primitivo, encajonado, se colaba a través de los árboles. No hablábamos mucho; el eje de la carreta lo hacía por nosotros.

Fui la primera en divisar la balsa al fondo de la cuesta. Desde la distancia, distinguí unas formas borrosas sobre una piedra. De a poco, a medida que avanzamos, identifiqué a una mujer y a un niño; parecían esperar un acontecimiento ».

—Los esperábamos —dijo la mujer que el destino nos puso por delante ese día en ese sitio y a esa hora para recordarme mi condición de hombre. Su mirada me quemó. Lo quiso decir todo en pocas palabras.

—Para mí ya no hay nada, salvo cruzar el río. No quiero que mi hijo siga el signo de los suyos, dándole vuelta a los terrones. Para nada.

Así resumió su vida, como si hablara de una mujer que había conocido y muerto el día de ayer. No hallé qué decir y pregunté lo que no debía:

—¿Y el padre de la criatura?

—Soy las dos cosas para él —sentenció.

Su respuesta me dejó callado. Agustina habló por mí:

—Que siga con nosotros, Juan.

Dios me había castigado en la mañana, pero le demostraría que no se había equivocado al ponerme el corazón en el lado izquierdo.

—Crucemos el río, hagamos juntos el camino y sea lo que Dios quiera —dije cerrando los ojos para ver el futuro.

—Esa, Juan Manuel, fue una de las decisiones más importantes de mi vida.

—¿Para bien? —No supo si su hijo Juan Manuel le hacía la pregunta o se la hacía él mismo.

—Más que eso —respondió.

Yo dormí bajo el ala de mi sombrero protegido de la intemperie y de las babas de la noche. Cada uno vivió esa noche a su manera. Agustina me lo dijo años más tarde, mirando el pasado y el futuro pasar a través del vapor de la tetera. «Me prometí dar mi último suspiro a tu lado», así me declaró su amor y yo lo hice, a mi modo, llorando. Nos levantamos temprano al otro día. Ya no éramos forasteros. Tampoco sabíamos lo que éramos. Pero, para gente como nosotros, pasar la noche juntos, valía mucho. Todavía veo a Lucinda y a Manuel, un niñito, al otro día, saltando las sombras del camino como si fueran pozas de agua.

El río desapareció. Su lugar lo ocupó el polvo, las piedras, los árboles en las laderas, el camino solo. Al final del día nos esperaba Oreja del Diablo -que ni siquiera era un pueblo- llamado así porque todas las voces rebotaban en él, las de Dios y las del Diablo. No era fácil creerle a los orejanos, aunque dijeran las cosas con las mejores intenciones. ¡Si mentían hasta cuando soñaban! Se disculpaban diciendo que sus males se debían al clima malsano que les comía los sesos y a los periódicos que llegaban cuando las noticias ya eran leyendas. Así pasó con lo de la guerra civil. Su rumor bélico rebotó en Oreja del Diablo y llegó a la montaña, donde vivían mis padres, cuando yo estaba por nacer. La gente no sabía si darle crédito a los orejanos o no, pero cuando Segundo Miguel, hombre serio y de palabra, dijo que los uniformados venían de camino a enrolar gente a la buena y a la mala, mi padre y otros hombres en edad de portar arma, se fueron al monte. Ninguno quería ser carne de cañón en una guerra civil, la peor de todas, sin héroes, ni honor, ni bandera, no como la guerra de Paulino, que les recordaba cómo era una de verdad, contra otro país, fue lejos, lo devolvió vivo, pero cojo y desfigurado.

Las mujeres quedaron solas; mi madre conmigo en sus entrañas, mientras mi padre con los demás buscaron reses perdidas, jugaron a las cartas para matar el tiempo. Cuando la bandera flameó en la casa patronal, las mujeres supieron que uno de los bandos había salido triunfante y les avisaron que bajaran. La guerra no fue grande ni chica. Balazos hubo, también muertos y muchas madres y viudas quedaron llorando. El presidente de entonces se dio un tiro en la cabeza antes de doblegarla frente a sus enemigos; fue hombre de palabra. Mi padre, al verme en los brazos de mi madre, me puso el nombre de mi abuelo: el viejo lo había llevado en alto durante ochenta y cinco años y yo debería seguir su ejemplo.

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