Con la puntualidad tropical no se juega; es la contraoferta cultural a todo lo inglés. Una hora después de lo previsto llegué a la residencia del reggaetonero. Había un camión cisterna estacionado frente al portón abollado; la casa había tenido un grave problema con el suministro de agua. Sonreí esquivando la manguera gruesa que salía de la pipa y esperé, recargado en la barra que rodeaba la piscina medio vacía, el arribo de los invitados. No me había generado muchas expectativas con la fiesta, aunque al ver a Don King, Residente y Visitante, de Calle 13, entendí que no podía estar mejor en otro sitio. Los fotógrafos entraron en trance cuando Dr. Dre pisó el patio de la casa, abrazado de El Truco. Tras ellos, como si hubieran acarreado a los invitados igual que en los procesos electorales, llegó la gente escandalosa: miembros del club de rotarios, actores locales, clavadistas de La Quebrada, entrenadores de focas y, la joya femenina de esa noche, la actriz porno Janine Lindemulder, ataviada con una elegante bata de seda que mostraba sin recato la exuberancia de su pecho y la curva generosa de sus nalgas. Un ejército de meseros, vestidos todos igual que el anfitrión, con un overol dorado, repartían bebidas de colores, whisky, ron, kahlúa y demás licores espirituosos. Intenté platicar con algunos de los invitados, pero los guaruras impidieron que me acercara a las celebridades.
Comprobé, aguzando mi vista, que los tatuajes de Lindemulder no eran de henna. No faltaba el nativo que me pedía una entrevista para hablar de las obras de caridad de los rotarios. Dije lo de siempre en esas circunstancias: Pronto habrá un espacio para ustedes en mi periódico. Arrebaté una cuba al mesero más cercano y levanté mi vaso para brindar con el anfitrión, pero al ver en la puerta principal a El Comanche —enfundado en un pants negro con dragones en los muslos y una playera negra sin mangas, con el rostro de Agustín Lara estampado en el pecho— dejé mi bebida en el piso y fui a recibir a mi gallo.
Mira, cabrón, gritó El Comanche para hacerse oír por encima de la canción Gang Bang , de Dr. Dre, te vine a dejar esto. Colocó un par de huevos en la mano de El Truco. Los invitados pensaron que se trataba de una broma, pero cambiaron de parecer cuando el director de la Policía Municipal dijo, señalándolo con el dedo flamígero: Te veo el domingo a las 9 de la noche aquí afuera de tu casa para ponerte en tu lugar y procura que no haya cámaras, no me gusta hablar después de partirle la madre a los pendejos como tú. Cacheteó al artista y dio media vuelta. El Comanche besó la mano de Lindemulder y le dedicó una reverencia a Dr. Dre. Los chicos de Calle 13 le preguntaron a El Truco, ¿quién es el bigotón ese? Un inversionista enojado, respondió. Don King tal vez olfateó el significado de la palabra inversionista, porque de inmediato se acercó al anfitrión y le preguntó si podía iniciar una serie de apuestas con la intención de darle un impulso a la cita del domingo. El reggaetonero dejó los huevos en la mano de su guarura, levantó su caballito de tequila y agradeció la presencia de todos los invitados brindando en inglés. De verdad que se veía contento. Cuando fui al baño descubrí que la pipa de agua no fue suficiente para cubrir las necesidades de más de cien invitados que bebían, bebían y bebían. ¿A quién le importaba el olor de los baños sucios? Entraban y salían tapándose las fosas nasales con el pulgar e índice a manera de pinza. Parecía que formaban parte de una coreografía cómica en la que poco a poco se hundían los participantes en un mar obsceno, chochino y tristón.
Estuve espiando a Lindemulder, pero es difícil mantener el interés por una chica que se siente sensual incluso cuando hace girar los hielos con un popote barato y aspira su bebida presionando los labios abultados. ¿Succiona penes imaginarios todo el tiempo? No pude entrevistar a los famosos, pero oí de lejos las charlas que mantenían los invitados de lujo y con algunas de esas frases podía armar una de las notas que tanto gustan a los lectores de la sección de espectáculos. De memoria sé el inicio de esos textos que se rellenan con decenas de fotos y nadie reprocha el exceso de imágenes en dos planas. Basta con hablar de lo felices que se veían conviviendo en uno de los lugares más bellos del mundo. Patrañas, de eso se trata mi trabajo, de puras patrañas. Di el último rodeo por la alberca antes de acabar uno de los tragos que logré obtener con empeño y algo de fortuna. Levanté la mirada hacia Las Brisas, el rencor social empezó a invadirme al oler los perfumes delicados de las señoras, al oír el tintineo de las alhajas y al escuchar los sitios que han conocido en sus interminables vacaciones terapéuticas. Yo he vivido en La Colosio muchos años, veo el mar cuando voy a mi trabajo y cuando regreso a mi casa, un sitio pequeño, departamento que sólo me sirve para pasar la noche; estar ahí en la mañana, con el calor a todo lo que da, es básicamente un martirio. Así que me hinqué junto a la alberca. Metí el dedo medio en mi garganta hasta sentir las arcadas. Vomité. Algo que aumentó mi odio fue que los invitados aplaudieron mi capricho. Apreté el vaso hasta romperlo. Las esquirlas se fueron incrustando en mi puño. Observé cómo mi sangre manchaba la poca agua clorificada que había en la alberca y deseé con todo mi orgullo que El Comanche tuviera la suerte de putear ejemplarmente a ese pendejo. Alcé la mano en señal de agradecimiento al público. Apuré el paso antes de que los guaruras de El Truco me dieran un correctivo.
Llegado el momento, enfilé a la contienda. Supuse que El Truco no se presentaría, pero ahí estaba: recostado en el cofre de su camioneta. Nunca lo había visto fumar, así que no tenía dudas, estaba nervioso. El Comanche apareció trotando, vestía los mismos pants y la playera, ese atuendo con el que asistió a la fiesta. Llevaba al buen Agustín Lara en el pecho, incluso el compositor se veía cachetón en esa imagen. De la nada aparecieron camionetas Suburban; de ellas descendieron camarógrafos y El Truco, frente a El Comanche, dijo a cuadro que no se haría público el video de la pelea, a menos que hubiera abuso de autoridad. El director de la Policía aceptó sin chistar los términos de la contienda: mano limpia hasta caer. Los contrincantes chocaron sus puños y con eso se dio por iniciada la batalla.
Un callejón de la Gran Vía Tropical era el ring. Los primeros movimientos de los peleadores fueron de estudio al oponente. El Truco procuraba lanzar golpes con el puño cerrado; usaba una guardia derecha. El Comanche parecía más dispuesto a propinarle una patada dura y certera en el estómago, aunque al verlo bien —regordete y lento— su flexibilidad dejaba muchas dudas acerca de la fuerza con la que podría golpear al rival usando las piernas. Avanzaba y retrocedía brincoteando, estuvo a la espera de que su contrincante bajara la guardia o se distrajera por unos segundos para golpearlo con un jab en pleno rostro. Ninguno de los dos facilitaba el ataque del otro. Los camarógrafos, al parecer estaban acostumbrados a este tipo de actividades, se colocaron estratégicamente en el toldo de las camionetas para grabar sin problemas la pelea. El Comanche enfatizó el tono agresivo del combate escupiendo los tenis de El Truco, quien reaccionó con lentitud. Un gargajo florido reposaba en la lengüeta de los Nike azules. Chocó sus puños, como anunciando el verdadero inicio del combate. Fintó con un gancho de izquierda y acertó con la derecha el upper cut en la mandíbula de El Comanche, quien ladeó la cabeza, parpadeó varias veces y se desplomó a media calle. Pedí a Dios que la bronca volviera a comenzar. El Truco pateó el costillar izquierdo del rival, quien se revolcaba en el piso apretando la guardia. Se levantó con dificultad e inició desplazamientos laterales cada vez que se le acercaba el reggaetonero. Jalaba aire por la boca. Se oía un zumbido al final de cada bocanada. El Comanche inició una serie de fintas subiendo y bajando el torso, cambiaba la guardia para descontrolar al adversario. Tiraba jabs . Se defendía a tontas y locas, como Dios le dio a entender.
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