Federico Vite - Zeitgeist tropical

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Los cuentos de este volumen muestran diversos enfoques estéticos: humor negro, realismo sátira, incluida la reinvención de un clásico del cine, como Casablanca.Los habitantes de Zeitgeist tropical buscan la forma de sacarle provecho al orden impuesto por la violencia. Conviven los infames con los honestos, los asesinos con los artistas, los amantes heridos y engañados con los extranjeros enfermos y en ruina emocional. Todos, sin desearlo, recuerdan al lector un verso que funciona como plegaria para los nostálgicos de aquellas noches: «Acuérdate de Acapulco».

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Yo cubrí la nota. Al salir de la conferencia fui corriendo a la oficina de El Comanche. Gordo él, siempre con una bolsa de Sabritones en la mano, sonrío. A ver, Morales, ¿cómo que me cantó el tirito un artista? ¿Quién es el baboso que dijo eso? A su espalda estaba Mónica —tomaba notas ajustándose sus anteojos de imitación Prada. Los rasgos de su rostro son europeos, pero su piel no— y soltó una carcajada cuando me oyó contar todo el borlote. Entonces, Comanche, ¿qué dice usted al respecto? Vayamos por partes. No puedo tomar en serio esas bravuconadas, dijo. Dejó los Sabritones en el escritorio. Reservo mi opinión, Morales. Mónica asintió convencida. Comanche, con todo respeto, ¿está seguro de que no va a afectarle en nada fingir demencia? No va quedar mal parado. Dígame algo, lo voy a tratar bien. Aquí entre nos, confesé frotando mis manos, ese loco no me cae nada bien. Usted escriba lo que quiera, Morales. Se levantó del sillón. Caminó hasta el librero oxidado. Puso las manos en su amplia cintura. Contemplaba la bahía desde la ventana sin cristal, en las oficinas de la Policía, cerca de la embotelladora Yoli. Voy a pensar bien cómo resolver este argüende, afirmó, porque no es más que un argüende y eso es todo, Morales. Caminó hacia su altar, empotró una mesa de plástico en la esquina de la habitación, sobre ella un mantel rojo aterciopelado, finalmente una alfombra para rendirle tributo a esa deidad que corporiza un ideal irresoluto del amor: Agustín Lara. Extrajo el zippo del bolsillo de su casaca e hizo girar el engrane para que la flama del encendedor diera fuego a la mecha del pabilo; inclinó respetuosamente la cabeza hacia el busto de Lara y acercó el vaso de la veladora al hombro del poeta. Dijo a manera de rezo: Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, Flaco. Se persignó y dedicó una mirada ferviente a la imagen principal de su altar. Tanto Mónica como yo repetimos: Acuérdate de Acapulco.

En las entrevistas que el reggaetonero dio a Sentimiento costeño , un programa radiofónico dedicado a los boleros, afirmó que los policías de Acapulco sólo atacaban a civiles honorables porque le temían a los pillos verdaderos. Improvisó algunos versos haciendo mofa de El Comanche. Palabras más, palabras menos, dijo que en vez de director teníamos a Paquita la del Barrio en versión pitufo. He oído mejores ofensas, pero tal vez el tono usado por El Truco hizo que El Comanche ideara un plan para romper la tranquilidad del artista, quien trabajaba en un nuevo disco acá, en la bahía más hermosa del mundo.

Durante la madrugada, un municipal tuvo un accidente. Se le fue una bala y rompió casualmente el cristal de la camioneta Hummer de El Truco. Hubo una sanción pública para ese policía, pero en privado El Comanche le dio tres días de vacaciones con la carta abierta para beber a sus anchas en el Tabares, un table dance mítico que sólo puede ser recordado por la elegancia de las chicas ucranianas, al estilo Uma Thurman, que bailan desnudas para el regocijo de los asistentes. Al convite, el municipal invitó a ciertos allegados suyos, se corrió el rumor de que El Comanche daría primas vacacionales a quienes tuvieran más “percances” en contra del compositor e intérprete.

El contraataque del cantautor fue hábil y rápido: organizó una segunda conferencia de prensa en un hotel de lujo, a la que asistieron esencialmente periodistas extranjeros, a quienes detalló los inconvenientes ocurridos en los últimos días. Si no tiene güevos, dijo, yo le presto unos. Humilló a El Comanche durante veinte minutos. Se oculta, agregó, tras su placa grasosa, digna de una cerda embarazada. Al final de su discurso, El Truco tuvo la puntada, no puedo llamar a ese hecho de otra manera, de hacer un llamado a la población para que lo apoyaran en esta cruzada en favor del arte y la libre expresión que intentaba coartar un guardia prepotente.

Por la tarde llegó a las salas de redacción un comunicado de prensa en el que la Policía Municipal reiteraba su compromiso por mantener el orden en esta ciudad y puerto. El documento detalló que se había compensado monetariamente a El Truco tras el accidente que un policía tuvo en contra del automóvil del ciudadano portorriqueño. Palabras más, palabras menos, el boletín daba a entender que todo marchaba en orden, que la justicia era un pan servido en todas las mesas de Acapulco. Hipócrita e insulsa, así consideré esa declaración institucional.

El Comanche dio su rondín mensual por la zona roja para recoger sus cuotas y, de paso, conoció a las nuevas chicas que llegaban de Michoacán a iniciarse en el oficio más viejo del mundo. Platicó con algunas de las prostitutas canónicas y, cuando volvía con paso lento a su patrulla, un jovencito que aspiraba resistol le dio una bolsa con huevos. En ese momento me llamó por teléfono. ¿No es el colmo que un pinche chamaco chemo sea el recadero de ese putito? Me preguntó en El Zarape; jalaba obsesivamente la punta de su mostacho. Dos chelas después entramos de lleno al asunto: Si me ayudas, Morales, te doy la mano en todo, pero investígamelo chingón, porque necesito saber todo. ¿Qué come? ¿Con quién bebe? ¿Qué y con quién se mete? Te voy a poner una patrulla para que te muevas adonde sea necesario, prometió pidiéndole dos rones al barman. Yo levanté mi mano derecha a la altura del hombro. Chingo mi madre si te quedo mal, Comanche, respondí imaginándome el único favor que le pediría: ir a Manhattan con todo pagado. Nos dimos la mano. Me di cuenta de que El Comanche tenía los puños mucho más anchos y rugosos de lo que había notado. Pensé en el cuerpo enclenque del reggaetonero, en sus brazos delgados, en las piernas largas, el rostro prognato y la nariz afilada. Apuré mi trago. El Comanche levantó la mano para que el cantinero encendiera el estéreo y la voz de una deidad pagana tranquilizara el paisaje agreste del judicial. Los primeros acordes de María bonita iluminaron la zona roja del puerto. Creí que Agustín Lara, de verdad, siempre estuvo enamorado de esa mujer que era un reflejo de Acapulco.

Me puse al tanto de los horarios y los lugares que visitaba El Truco, logré conectarme con su dealer . No había muchas chicas relacionadas con él, sólo dos scorts maduritas pero sabrosas. Estaba programada una fiesta para el fin de semana, comenté a El Comanche. Si le quieres sembrar algo, ese día va ser el bueno, dije. Información de calidad, la que yo le daba. Ahí te paso el pitazo, ya tú sabes qué hacer. Terminé la llamada y enseguida se comunicó conmigo el jefe de información del periódico. Una grúa se estampó contra el portón de una residencia en Caleta; se hablaba de un atentado en contra de un músico extranjero. Al anotar la dirección comprendí por qué me habían buscado: era el domicilio de El Truco.

Grosso modo , sólo se trató de un susto elaborado. Al entrevistar a los testigos —dos mujeres y un gay que esperaban a un streaper para iniciar la despedida de soltera de una señorita de alto copete— supe que el chofer de la grúa platicó con un fornido motociclista negro que hacía girar una gorra de policía municipal con el puño derecho. De verdad creí que era el muchacho de la fiesta, confesó el gay señalando las calles por las que desapareció el moreno en cuanto la defensa del camión venció el portón custodiado por los guaruras de El Truco. Fui al periódico para redactar los pies de foto que ilustraron la mala fortuna del reggaetonero. El fotógrafo me dijo que habría una reunión de su fuente en el Tabares. Cuando se reunían los municipales, el dinero se derrochaba en serio. Compartí un par de tragos con Dagoberto, el moreno de la moto, que se iría de vacaciones una semana con todos los gastos pagados. El Comanche es generoso.

Al recibir mis órdenes de trabajo, noté que debía estar presente en la casa de El Truco. Nada destacado, pero ciertamente sospechoso, pues empezaba un festival de cine, el único en el puerto, y era más importante cubrir eso que una reunión de la socialité acapulqueña. Me fui a la marisquería, bebí hasta la hora de la fiesta pensando en la gente que suele ir a convites con la crème de la crème costeña.

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