—No es necesario —dice viendo al frente: los yonquis fuman piedra en un colchón viejo, bajo el rayo del sol—. Ten cuidado, guapa.
De noche, relajado y con la certeza vital que otorga un orgasmo, se dirige al negocio. Chalán y Pikochas, bastante mariguanos, pintan los bancos que colocarán en la barra del cámper. Escogieron un tono fucsia. No es irritante al ojo, pero definitivamente no propicia ninguna expresión de masculinidad. El resto de local, estacionado en la esquina de la Costera y la calle José María Iglesias, luce una modesta capa de pintura blanca; al frente, paralelas a la barra de madera, colocarán dos lonas para que se refresquen los comensales. Marlin no tiene queja alguna del trabajo. Checa las conexiones de gas; el agua y, sobre todo, las repisas. Imagina que sobre la parte frontal del cámper instalará un letrero de neón, llamativo, para anunciar que los mejores antojitos del mar se sirven ahí. Sonríe pensando en la cantidad de mujeres que conocerá en ese sitio. No hay reproches para sus socios. Resulta extraordinario que tres costeños tengan todo en orden y antes del tiempo estipulado. Saca la cartera; la abre y aspira el aroma de los billetes nuevos. Baja y sube la cabeza mordiéndose el labio inferior; si fuera un joven de veinte años, ese gesto tendría una gran aceptación, pero a Marlin no le va. No, no le va.
—Nada más falta que aflojes para cables, focos y pongas un mezcal. Esta madre ya está lista para mañana —dice Chalán frotándose las manos.
—Quita esa cara, te ves bien ridículo —comenta Pikochas.
Marlin comienza el proceso legal del negocio. Pikochas y Chalan se encargan de conseguir los volantes con las promociones, las mantas con el nombre del local y unas gorras para los primeros clientes. Acompañado de un portafolio y con el estuche de los anteojos en la bolsa de la guayabera, se adentra en la vorágine de las oficinas que Hacienda dispone —sillas de plástico rotas, ventiladores sucios que levantan el polvo del piso, apostados encima de los escritorios— para los derechohabientes que contribuyen al crecimiento monetario de algo llamado país, que ni siquiera parece promisorio en ese espacio, menos en el ideal nacional. Hace fila para una revisión de documentos; debe comprobar ingresos e iniciar el trámite de la verificación higiénica del cámper. A pesar de no haberse iniciado la inspección, ya debe estar pagada antes de abrir el negocio. Desembolsa una buena cantidad de dinero por la licencia para vender alimentos y bebidas. Al oler los billetes, su pene comienza a erguirse, pero controla esa expresión de la masculinidad pensando que acaban de ser víctima de un asalto de Estado. Termina la etapa administrativa y estampa con gracia, usando los lentes, su firma en varias hojas. Al salir de Hacienda siente que ingresó, durante algunas horas, a una película de ficheras. Piensa en alguna de las mujeres de aquellos filmes. Se le antoja ir de nueva cuenta con la muchacha de la zona. Toma el volante con ligereza, lleva en la mano un billete doblado, lo huele obsesivamente. No siente el paso del tiempo ni el tráfico, mucho menos el calor: treinta y siete grados. Se detiene en la esquina de la avenida Pie de la Cuesta: ahí está ella. Toca el claxon. La jovencita lo saluda con naturalidad; ofrece un poco del mango con chile que come despacio. Él no quiere ese tipo de fruta. Se dirigen nuevamente hacia Mozimba, al estacionamiento del Infonavit. Marlin viste como un verdadero jubilado, guayabera blanca y pantalón caqui. Baja el cierre, saca el pene erecto y la lengua de la chica ronda los bordes del glande. El picante, incluido en el mango, produce una satisfacción novedosa, irritante, cierto, pero nada desagradable. Culmina pronto, en la boca de la chica. Paga, regresa con ella a la zona roja y listo. Se despide besando la mejilla de la muchacha. Empieza a creer que ella le da suerte.
Te ves buena , de El General, es la canción con la que se pone en marcha el negocio. Pikochas y Chalan reparten volantes a los transeúntes. Marlin coloca una charola sobre la barra para que la gente se anime a probar los tacos de pescado. El letrero de neón anuncia con espectacularidad ¿Qué fish? Nombre singular para un cámper de comida rápida. Cinco horas después de la apertura sólo una camada de adolescentes ha probado la botana. El primer cliente llega a mediodía. Preparan quesadillas, una brocheta de camarones y el caldo de cortesía. Inmediatamente después descienden de una camioneta con el logotipo institucional del municipio un par de hombres gordos, bigotones. Muestran sus credenciales e inician un procedimiento de rutina. Son empleados de Salubridad. Al oír Salubridad, Marlin toca su cartera. Ve a los tipos. Podría jurar que están oliendo el dinero.
—Mire, la verdad es que si buscamos vamos a encontrarle algo al negocio. Mejor, ni usted sale afectado ni yo dejo de hacer mi trabajo. Póngale una cuota diaria, mi amigo —le da una palmada en el hombro a Marlin—, y listo. Va a trabajar a toda madre. Un apoyo, señor, eso es todo lo que necesitamos.
Paga. Sabe que así funciona todo. Atiende a algunos de los turistas que bajan del yate Queen en busca de una botanita. Antes del cierre, cuando Chalán recoge los bancos y Pikochas lava los trastos, dos jóvenes en bermuda, desnudos del torso y descalzos, rodean a Marlin. Uno de ellos presume una pistola .9 mm. Pikochas se seca las manos con el delantal. Intenta relajar la tensión de la escena.
—¿Qué onda? ¿Unos tacos? —pregunta sin bajar la mirada ni parpadear—. ¿Mejor una chela? —saca del refrigerador un par de Victorias y las deja sobre la barra—. No se agüite, banda —dice para sí mismo. Camina lo más derecho que puede.
Los muchachos delgados toman las cervezas; terminan las bebidas de un trago. Estrellan los envases contra el pavimento.
—A ver, ustedes no saben quién manda en este lugar, ¿verdad? —grita elevando el arma a la altura del pecho—. Trabajamos para La Maña y por estar aquí tienen que dar una lana diario, si no, bien fácil se resuelve esto: fuego a todo y la verdad está bien chingón el puesto. Si yo fuera usted, un tipo listo pues —señala a Marlin— pagaba a tiempo, doscientos varos. No sean necios, van a poder trabajar a toda madre.
Sin remedio, Marlin extrae su cartera del pantalón; a esta hora debería tener más dinero, pero apenas y le alcanza para cubrir el último gasto del primer día de trabajo: la gasolina del Volkswagen. Dobla los billetes y los entrega al joven de la .9 mm. La temperatura es de treinta y dos grados.
—Mañana venimos por la cuota —dice con autoridad— a la misma hora. Esto es serio.
Se alejan tranquilamente. Son los dueños del barrio. A unos metros del zócalo, frente al malecón, el sentimiento de inseguridad es abrumador.
—¿Estás bembo, Pikochas? Aparte de todo les das de beber a esos culeros. Carajo, pinche primo —dice Chalán enrollando el cable de las bocinas—. Ahora dame una chela, para el susto pues. ¡Qué vergas pues!
—Verga —replica Pikochas.
—Dejen de decir verga, ¡qué la verga! —grita Marlin limpiándose el sudor con el cuello de la camisa.
Marlin supone que habrá alguna forma de gastar menos dinero en sobornos y en la cuota por derecho de piso. Tiene en la mente a los de Salubridad, a los chavos de La Maña y a El Morro. Pierde más dinero del que gana. La inversión debe cuidarse, sino se irán a la quiebra en un par de meses. Se hace de clientes a diario, pero las ganancias son raquíticas. Invierte los últimos pesos del préstamo en comprar todos los productos de limpieza, Chalán se encarga de hacer la despensa. Marlin despacha a cuanto comensal llega y Pikochas alista los cubiertos, platos y salseras. Enjabona los cuchillos pensando que no fue buena idea invertir en un cámper de tacos.
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