Saúl Ibargoyen - Volver… volver

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Ríomar o Montevideo, regreso o partida. Leandro, narrador de esta historia, parece volver a su país natal, pero parece estar siempre partiendo de él. Leandro nació y creció en Ríomar, vio morir a su padre, y luego se perdió en la violencia de la resistencia y la dictadura para ser finalmente expulsado y continuar su vida en culturas desconocidas que lo empaparon y lo ayudaron a seguir viviendo. Ahora vuelve a ese país suyo y lo encuentra todo diferente pero igual. Para él y para muchos otros de nosotros, el comienzo siempre será el final de nuestra historia. Entre lo onírico y la realidad, el lector se sorprenderá con la final. Con una narrativa fluida y en portuñol, Saúl Ibargoyen va narrando episodios históricos, memorias, recuerdos y dolores del Montevideo del que fue expulsado por una dictadura cuyos efectos negativos persisten en cada una de las personas que vivieron ese momento y que ahora van por la vida preguntándose qué y cómo pasó, y descubriendo cómo es ahora aquel país que los arropara los primeros años de su vida.

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“Sí, era en Sacramento, ¿dónde si no? Los veranos de la infancia… Yo miraba de afuera, como en el tango, aquellos tesoros populares… pero sabiendo que podía comprarlos con la plata de mi tía Zinfronia… en su casa pasábamos el calor de las vacaciones, dos o tres meses de engorde… sí, me digo, también mi hermana que cantaba aquello de ‘qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas’, en las veladas bajo el parral, a pura voz nomás… a veces una guitarra española mal pulsada por el vecino, el carpintero Manuel, mi hermana Sara, sí, recién la pienso… si también vine a verla, hoy o mañana iré… es más o menos cerca de aquí, hasta caminando podría acercarme… y mi tío don Julio, no de sangre, siempre escuchando milongas ciudadanas y tangos de arrabal… no los de Lepera ni los de Charlo, los de la guardia vieja… curioso ese gusto por el bajo fondo musical, por el barro social que se subleva, él tan correcto en su hablar de provincia, en su panza raviolera y con sus modales de tranquila urbanidad… jefe de telégrafos era en Sacramento… supe de su muerte cuando yo andaba por la frontera… mi tía Zinfronia duró mucho más, se había olvidado de morir, ‘si pierdo la memoria, mejor, demoro más en irme’ y se echaba sin prisa su vasito de tembloroso vino rosado…” así se discurseó el hombre Leandro, mientras reordenaba, por pura manía nomás, taza, plato, azucarero, cuchara, cuchillo, servilleta de papel verde, pequeños núcleos de harina, moléculas de mínima dulzura.

Bañado y vestido con su camisa opcional, Leandro preguntó a la cocinera o mucama o limpiadora o siete-oficios (quien llamara a su puerta según escuchamos) si había algún autobús directo al Cementerio Central, “no tengo impulso para caminar…”. La mujer, Rosita dijo llamarse, no sabemos cuándo pero todo ser vivo para existir debe poseer un nombre, indicó lo que sigue:

“Mire, don… usté sigue hasta el final de esta calle, la Brigadieres, y en la primera esquina como que dobla a la izquierda, así, ¿ve? Y a la media cuadra, antes de la costanera, está la terminal… El autobús tiene que decir Central-Puente Libertad, no vaya a pasarse, si no lo deja en el arroyo Pantanal, porque hace pocas paradas, ¿sabe? De la terminal al cementerio son nada más que tres…” suspiró al término de su detallado discurso, boca apenas pintada, de no explícita sensualidad, ademanes abarcadores, ávidos tal vez de conectarse con lo distinto, blusa azulenca, faldas azul desteñido, delantal de blancura imperfecta, alpargatas de suela de yute, pelo sin cintas ni moños en libertad condicionada por manos atentas y organizadoras.

“No está mal de cara… caderas macizas, piernas igual, pechos normales, ni agresivos ni humildes…” evaluó velozmente el hombre “hay buena voluntad en ella, algo natural parece...”

“Señor, ¿tiene ropa para lavar y planchar? Eso se paga aparte” adelantó Rosita.

“A la vuelta lo vemos, ¿le parece? Ando con muy pocas pilchas… a ver si mañana compro algo por aquí cerca, ¿están todavía las tiendas de los judíos?” dijo como hablando por otro.

“Sí, pero en la ciudad vieja, en la calle Hospital o en la Guaraní… ¿Sabe dónde están?”

“Todavía me acuerdo, pues. Le agradezco toda la información” y buscó la salida sin haber tenido muy clara la entrada.

“Otra terminal, distinta de la primera, al menos hay un techito doble contra la posible lluvia… por acá siempre llovió como baba de loco, en cualquier época del año… o de pronto, sequías pesadas con su padre Sol muerto… debemos de estar cerca del verano, aunque casi no he sentido los calores de otro tiempo… como que uno anda vestido con la piel de otra gente… el verano hará su viaje y yo adentro entre chorros de fuego o lancetazos de lluvia… ah, si ahí está el autobús, el trescientos, con su letrero según Rosita… a treparse, pues, que anda por arrancar” al subir hizo el pago con modo que ya conocía, con la soltura de una persona afincada en aquella ciudad.

“Son quince pesitos, ñorse, éste es el rápido” la observación del chofer-cobrador, un rostro amulatado, unas manos prensadoras de monedas, volantes y palancas.

“Sí, ’ta claro, disculpe” y enseguida a completar el importe, a lo rapidito, para ajustar el cuerpo al primer asiento, buscando la ventanilla. Al tocar las monedas y saldar la diferencia, se preguntó: “¿De dónde salieron? ¿Y los billetes para saldar el consumo en el Tupambaé? No recuerdo haber entrado en una casa de cambio… En fin, los detalles marcan lo distinto, acá siguen entregando boleto… en los colectivos o peseras de allá, no… cuando yo era un adolescente medio apendejado, pero con impulsos de hacer versos, usaba los boletos, más grandes que éstos los de ahora, para anotar algo mientras ‘viajaba por la ciudad como por el mundo’… palabras que a veces seducían a alguna chava aburrida de los traslados cotidianos: ir a la chamba, a cuidar a la mamá, a la escuela… es que asimismo, si uno mira un metro más por encima de la mirada de cada día, aparecen árboles y edificios y letreros salidos de otras dimensiones… o sea, un mundo arriba de otro, como hay uno para abajo en Cuauhtepeque… piedras y pinturas de templos y palacios y vasijas de cocinas de las culturas de origen… piedras y cruces y armas de hierro de los pinches colonizadores… cuántos universos hay en cada universo… ni sé por qué traigo aquí estos temas, ni estoy mirando la realidad de afuera, que parece moverse… ¿o me llevan encerrado en un sueño?” entonces escuchó el anuncio del conductor mulato y su voz insospechada porque parecía muy aguda para pescuezo y boca de pronto tan desmesurados:

“¡La que viene es el Central! ¡Preparen la bajada, señoras y señores!”

El hombre Leandro, al clavar los zapatos en el asfalto semiduro o semiblando, escuchó la despedida de la misma pinchante voz: “¡Me saludan a los muertitos!”

Permitió que cinco figuras populares bajaran antes, dos señoras en el primer engorde, dos infantas en su aparente ropa dominguera, un anciano de rostro afrentado tal vez por un enquistado dolor que lo empujara hasta el más antiguo cementerio de Ríomar.Leandro contempló aquella disminuida procesión trigeneracional, sus niveles de agobio, de rutina, de descubrimiento. Una mariposa surgió desde algún lugar de la luz cercana al mediodía, como el súbito toque de una lengua de roja transparencia, “la lengua de María Laura al beber su café”, las dos niñas miraron asombradas aquel vuelo destinado a diluirse entre los erectos pinos y los densos eucaliptos al otro lado del portón de acceso. Leandro leyó las letras góticas sobre el gran mármol que oficiaba de dintel: Cementerio Central - Ciudad de Ríomar - xix - Deo Gr.ti. In Cel.m Ter..s. (El último punto no, es sólo una exigencia de estas narrativas.)

La procesión popular ya había ingresado al panteón, el hombre Leandro cruzó la entrada, una frase hizo como un remolino de otra luz en la cara interna de su frente: ‘Jedem das Seine’, y creció así, como trueno sin aviso un olor a gases pútridos, a carne y grasa chamuscadas, cocinadas, hervidas, quemadas; y el horror de la horca para cuatro pescuezos y las puertas de los hornos extinguidos tantos años atrás. Las visiones del campo de Buchenwald ardieron en sus neuronas, rencuentro no pensado con aquello que se vio, que no se vivió, pero “¿Qué significa lo que uno sufre si no hay sufrimiento de otros?” concluyó Leandro como si recién empezara a comprender la trama de sus adoloridas entretelas.

A la izquierda de la entrada estaba la oficina de atención al público, además de archivo general y de recepción de solicitudes y de quejas. Un empleado de túnica marrón en tránsito de harapo, gordezuelo de rostro y de cintura, mirada detenida por cristales opacados, sin alzar todo aquello de una silla desfalleciente, respondió a Leandro: “Buenos días, o buenas tardes, ¿no?”

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