Edgar Du Perron - El país de origen
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En aquellos días en las Indias, la palabra “amante” debió de estar rodeada de un halo de misterio, aunque en realidad se trataba de una chica joven y saludable de ojos claros, mirada descarada y una gran boca enfurruñada. Sin embargo, en casi todas las fotos que mi padre tenía de ella aparecía vestida de amazona, y en algunas debía de ir acompañada de un anterior dueño, puesto que se aprecia el porche de una casa de campo colonial con tres hombres a caballo colocados en fila a un lado y, al otro, ella junto a su caballo, látigo en mano; en otra foto se le ve sentada junto a uno de los tres caballeros en un coche de caballos, mientras los otros dos están sentados en la acera y recalcan la diferencia de posición con una botella y copas. Mi padre seguramente la conquistó con los caballos, como ahora en algunos círculos se conquista a una mujer con un automóvil. Pero su amo y señor debía de haberla abandonado, puesto que no pudo pagar las joyas que le había comprado a un árabe. El árabe era joven y descarado y una noche fue a sentarse en una mecedora que había en el porche de su casa diciendo que esa vez no se iría sin que ella lo indemnizara de una u otra manera. Mi padre, que ya la visitaba y que había entrado en la casa por el jardín trasero, la encontró asustada e indignada y se presentó como el hombre blanco que llega de improviso: “¡Lárgate de aquí, maldito árabe!”, le soltó y tuvo el placer de ver cómo el acreedor desaparecía en dos segundos de la mecedora. Más tarde volvería a encontrarse con el mismo hombre cuando éste era jefe del barrio árabe y caballero de la orden de Oranje-Nassau, “un notorio canalla”, según dijo, que en efecto acabó siendo mencionado en todos los periódicos en relación con un escándalo en el Ayuntamiento. En lo que respecta a la amante de mi padre, después de haberla defendido de forma tan caballerosa, se la llevó consigo. De modo que ella cabalgaba mucho con él, se mostraba en todos lados con gran disgusto de las señoras casadas y decentes, y se atrevía incluso a más: un día acompañó a mi padre para dejarse fotografiar desnuda en el famoso estudio de fotografía Charles y Van Es. El joven fotógrafo encargado de hacer las fotos sin duda se sonrojó, aunque la nitidez de la foto no delataba nada de su desconcierto, y más tarde la contemplé con creciente emoción, pese a que estaba desgarrada a la altura de los pechos. No obstante, un día aquella mujer le dijo a un criado, refiriéndose a mi padre con quien estaba peleada: “Itu blanda” (algo así como: ¡pedazo de holandés!). Él le propinó una tremenda paliza en presencia del criado. Sin embargo, según me contó mi madre, cuando más tarde vio los moretones en sus muñecas y en sus hombros, lloró de remordimiento y nunca más volvió a tratar de semejante forma a una mujer.
En la intimidad, mi padre debió de ser un hombre sensible, incluso sentimental y melancólico. El final de su vida lo demuestra. Sin embargo, no se abandonaba, o sólo lo hacía para sacar a la luz su lado malo: el de un autócrata irascible o, lo que es casi peor, el de un “tipo gracioso”. Recuerdo que de niño lo oí clasificar tan a menudo a sus amigos en las categorías de tipo gracioso o soso, que durante mucho tiempo creí que ser gracioso era la mayor virtud para un varón. Sea como fuere, cuando aparecía en una fiesta, “el pequeño Duc” era recibido con alborozo, tanto en el club de Batavia, como en las casas solariegas del Buitenzorg y del Preanger. En una gran fotografía de una fiesta en un jardín, en la que aparecen más de cien hacendados con sus esposas —los conquistadores del siglo xix de Insulindia en su pose más favorecedora—, se ve a mi padre en primera fila con un tambor entre las rodillas. Puesto que le gustaba la música, pero no tocaba ningún otro instrumento, había intervenido en la interpretación de Unter dem Doppeladler tocando el tambor. Y aunque mi padre era bajito y afrancesado, en Batavia y en Buitenzorg era tenido por un auténtico caballero. En una ocasión, durante una carrera entre caballeros, hizo que descalificaran a un jockey profesional diciendo: “Si esto también es un caballero, entonces yo no lo soy”. Siempre le gustó la ropa de calidad, incluso cuando era un hombre viejo y vivía en Bruselas. Al morir dejó 17 pares de zapatos que me iban demasiado chicos porque él tenía los pies aún más pequeños que los míos. Existe un retrato suyo de esa época gloriosa de las Indias, tocado con una gorra escocesa, un abrigo negro cerrado, un pantalón ceñido, botas de caña alta y, en la mano, un látigo plegado en dos. (“Realmente, esto ya no tiene nada de humano”, dijo Jane.)
No nació en la gran casa de mi abuela, donde yo vine al mundo, sino en la que tenía su padre en la Koningsplein. Puede que sus padres hubieran tenido una de esas reconciliaciones durante las cuales engendraban a sus hijos. Su padre, el juez —¿o fue su madre?—, debía de poseer ya entonces una caballeriza con caballos de monta, puesto que cuando mi padre la visitó a los siete años de edad, una pesada tabla le cayó sobre el pie y le amputó dos dedos. Lo único que dijo mientras los dedos colgaban del pie, fue: “¿Me volverán a crecer pronto?” Y cuando le aseguraron que sí, se despreocupó del asunto, demostrando la valentía que yo siempre esperé de él, a la edad que fuera. Más tarde, aprovecharía la falta de esos dos dedos para que le declararan inútil en la milicia. Se aficionó a los caballos desde muy joven y, en cuanto regresó a Europa, compró un caballo de carreras que era relativamente barato porque tenía un carácter difícil. Así pues, una tarde lo dejó dar vueltas alrededor de un árbol al que estaba atado hasta que quedó totalmente apretado contra el tronco y luego lo azotó hasta que el caballo empezó a “tiritar como un perrito faldero”. Él mismo se desplomó después en la hierba de puro agotamiento y se quedó media hora sin aliento. Después, el caballo y él fueron “buenos amigos”.
Al cumplir 10 años, lo enviaron a Holanda para que acudiera a la escuela, y se fue a vivir con su tío, el general Marees. Más tarde se enorgullecería de haber sido criado en el seno de la familia de este tío, tan condecorado que el rey Guillermo III casi había tenido que inventar nuevas medallas para ponérselas. En el álbum familiar había una gran colección de primos y primas, todos hijos del general, y algunos retratos del propio general, poco más que un rostro —he de admitir que bastante noble en su género— sobre un pecho repleto de estrellas de diversos tamaños. La siguiente hazaña había causado una gran impresión a mi padre: mientras capitaneaba una expedición en Borneo o Sumatra, los habitantes del kampung envenenaron varias veces las fuentes en las que solían beber sus soldados. Entonces, el general cargó los cañones con algunos de los notables de la comarca y, apuntando al kampung, disparó los cañones destrozando a los notables, y eso, añadía mi padre, sin siquiera esperar la autorización de Batavia. He encontrado una carta suya, escrita con ocasión de la boda de mi padre, que contiene varias frases curiosas:
En todas las ocasiones importantes de su vida, lo recuerdo, como cuando era usted un mozalbete y le acogí en mi casa como a un hijo… Espero que la mujer que haya elegido le dé lo que esperaba de ella: felicidad, placer, amor y, sobre todo, satisfacción… Su tía está bastante bien, aunque bien es cierto que sigue sufriendo una enfermedad en su mente que la aparta de nuestra vida en común, pero sabe controlarse delante de conocidos y extraños y, por consiguiente, no deja traslucir nada… Mis hijos están bien y tienen éxito en sus negocios.
De los años escolares de mi padre sólo sé que realizó un gran recorrido sobre patines de no sé dónde a no sé dónde (dos localidades de Holanda). Más tarde estudió en París, en la École Nationale Agronomique. De aquella época conservaba muchos ferrotipos de él y sus amigos, y él era casi el único sin barba. Sus compañeros de estudios, todos ellos menores de 25 años, solían llevar barba y aparentaban más de 30. Tenía también un amigo holandés con barba al que llamaban Barboteur 12porque se llamaba Morbotter. Ese detalle se me quedó grabado en la memoria seguramente porque me parecía un francés muy “gracioso”, sobre todo porque añadía siempre que el Barboteur se ponía furioso cada vez que lo llamaban así. Ni él ni mi padre estudiaban mucho en París. Después de dos años, mi abuelo fue a verle desde Bruselas y sacó a su hijo del instituto; lo colocó de voluntario en una fábrica de Lille, porque no podría introducirse en las plantaciones de las Indias sin haber seguido una formación previa en Europa.
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