Según la Psicología profunda, la relación de pareja de los padres es fundante en la salud psíquica del niño y la niña, ya que la existencia de hostilidad o “huecos” entre los progenitores permite que el infante sueñe con ocupar el lugar parental abarcando con su sola presencia todo el amor de su madre. Entre los tres y cinco años, los pequeños varones atraviesan una fase de romántico enamoramiento de la madre y empiezan a ver a su padre como un rival. Esta fase se supera con éxito cuando la rivalidad se convierte en identificación y como consecuencia, el pequeño ya no compite, sino que pacta con su padre.
Para la niña, el proceso es un poco más complicado, también ella dirige sus primeros sentimientos de amor hacia la madre, pero al hacerse mayor debe transferirlos al padre, una persona del sexo opuesto. En este devenir le ayuda el hecho de que su creciente trato con otras personas -por ejemplo, en el nivel inicial- le hace sentirse un ser distinto de la madre: una pequeña mujercita enamorada que hace todo lo posible para atraer la atención de su objeto de amor.
En ocasiones los padres pueden cumplir también este rol castrador y clausurante de los deseos del/a hijo/a, muchas veces este pegoteo con el hijo hija se da en el marco de un complejo freudiano mal elaborado, entonces es el padre que tiene a la hija como aditamento y la chica no puede crecer ni encontrar el amor afuera de hogar. Del mismo modo como ocurre en el complejo de Edipo, madres cuasi casadas con sus hijos varones. Sin embargo, existen este tipo de crianzas con hijos del mismo sexo, y así pueden encontrarse mujeres adheridas a la madre y varones adosados al padre varón. En fin, proezas del amor filial.
Los vericuetos de los llamados Complejos de Edipo y de Electra, han sido tratados con suficiencia por S. Freud (2007), quien explicó de una manera clara cómo se establecen entre el/la niño/a y sus padres, relaciones de amor, pero también rivalidades, hostilidades e identificaciones que condicionarán el futuro de la identidad de los hijos. Esto quiere decir que cuando la madre o el padre no tienen la madurez o el equilibrio suficientes para poner límites a los pequeños y brindarles un amor sano, habilitan la posibilidad futura de múltiples patologías más o menos graves.
Una versión más vernácula del enamoramiento de los hijos suele verse en las redes sociales. Hace algún tiempo circuló una carta al lector que se difundió como noticia, la cual reclamaba a una madre sus diarias publicaciones relativas a su hija. Allí se le hizo ver a la orgullosa progenitora, que está lleno el mundo de niñas hermosas e inteligentes, y sus madres no pasan cada día subiendo sus fotos a las redes. A raíz de esta carta, algunos medios dedicaron un espacio a reflexionar sobre el sentido de contarle al mundo a cada minuto lo que hacen los hijos e hijas. Se percibe en esta exposición de fotos de los niños, y en la descripción de sus hazañas, una especie de competencia absurda.
Todos solemos hablar de nuestros hijos y felicitarlos en las redes, pero nos estamos deteniendo en aquellos casos en los cuales hay fotos diarias y expresiones del tipo “te quiero más que a mi vida” a cada momento. Lo cual es absurdo, porque si el pequeño está allí, si no se trata de una maternidad o paternidad a distancia y es un/a bebé que ni siquiera lee, para qué colgarle mensajes en la red. Y si es para los demás, por qué pensar que al mundo le importa la relación de un hijo/a con su padre/madre.
Se trata de una necesidad exagerada de demostrar que “mis hijos/as son los/las mejores”. Circunstancias similares se dan en las reuniones femeninas, donde participar y no exponer al propio hijo parece significar condenarlo a la inexistencia. Ni que hablar de las chochas abuelas que desbaratan cualquier tertulia describiendo las monerías de sus nietos y tapando al primer desprevenido que se arrima con fotos, donde el mismo corroborará para su tranquilidad que se trata de niños y niñas como todos los demás. Desentrañar qué chip se activa en la madurez y convence a las abuelas de que su nieto es el único que hace lo que además hacen todos los niños, es tarea propia de una investigación.
Pero volvamos a hablar de los hijos/as y de los padres y madres. Es probable que, si nuestros hijos/a oyen que siempre los estamos promocionando, les creemos la necesidad de cumplir con nuestras expectativas, cosa de la que hablaremos más adelante. Pero hay otra posibilidad, y es que se vuelvan adictos a la alabanza, se acostumbren en el futuro a adaptar sus acciones a lo que se espera de ellos. Hasta puede que se convenzan de que el cariño depende de sus virtudes proclamadas, de ese modo se volverán menos espontáneos, originales y creativos.
Padres enamorados de sus hijos/as crían niños dependientes e inseguros, en algunos casos sumisos y en otros ocultos detrás de una fachada de prepotencia y desinterés por el prójimo. Se trata de jóvenes que no tendrán claro en qué consiste el amor familiar y tampoco podrán identificar el amor de pareja, por eso como adultos podrán presentar serias dificultades para independizarse material y psicológicamente. Algunos no lo lograrán jamás. Cuando se habla de una madre que ama al hijo o a la hija “por los dos” porque el padre ha desertado de su rol o ha muerto, hay que prestar atención. La ausencia de un progenitor no autoriza el exceso de amor hacia el hijo.
Las madres que dan a sus hijos e hijas un amor de madre adecuado, que tienen sus propias necesidades eróticas y maritales compensadas, que habilitan la separación entre las relaciones mujer-pareja y madre-hijo, asignándoles diferentes planos y funciones; preparan mejor a sus hijos para la vida. Los niños amados con un amor racional son más sanos, estables, extrovertidos y obtienen mejores resultados escolares; pero, sobre todo, son más felices. Porque crecen desde la estabilidad de un mundo donde los adultos que los rodean tienen su propia intimidad y participan de otro tipo de relaciones amorosas sin temer que su amor se gaste.
Los hijos e hijas bien amados resultan luego adultos maduros, saben amar y recibir amor sin exigir dedicación exclusiva ni atención constante. Se reconocen valiosos, no menos ni más que los demás, pero con talentos y disposiciones propias que saben fortalecer mediante el esfuerzo y el trabajo. Pueden subsistir sin tener la necesidad de mostrar en un escaparate sus logros, porque tienen conciencia de que todos los seres humanos obtienen triunfos y que evitar pregonarlos confirma que una persona no es lo que adquiere, sino lo que es.
Los padres y madres que aman bien a sus hijos les enseñan que lo importante es lo que somos, eso que no se expone públicamente, ni tiene sentido hacerlo, porque la opinión de los demás no es decisiva. De una crianza semejante resultarán individuos humildes y discretos que podrán compararse únicamente consigo mismos, con sus anteriores puntos de llegada, con sus objetivos pendientes y sus metas alcanzadas, para perfeccionarse y crecer como seres humanos. Todo lo cual nada tiene que ver con lo que se dice o muestra en un post o se vocifera hasta el hartazgo en el cumpleaños de una vecina.
2. Ponga en su mano todo lo que pida (y antes que lo pida)
Diferentes excusas paternas y maternas fundamentan esto de darles a los hijos/as todo lo que piden. “Es que de niño no tuve nada, entonces quiero que él/ella tenga todo lo que yo hubiera querido tener”. “Son mis hijos y tienen que tener lo que quieran”. “Es mi satisfacción, trabajo para ellos” , etc. Estas y otras frases oímos de boca de madres y padres presurosos por complacer a sus retoños, consiguiéndoles lo que solicitan, sea la hora que sea y en el lugar donde el capricho emerge.
Cierta vez un niño quería el dragoncito de luces que tenía otro niño sentado muy cerca en un festival multitudinario. Era muy tarde ya, el padre había gastado lo conveniente en esa salida familiar, ni siquiera había alcanzado para la cena. Sin embargo, salió con el gesto de amargura a encontrarse con la noche a ver si todavía andaba el vendedor de dragoncitos luminosos por el extenso predio. Al instante el niño se calmó, porque ya sabía que vería regresar a su padre con el objeto de su imperioso deseo entre manos, y así fue. De este tipo de progenitores está lleno y los niños y niñas insaciables desbordan el mundo.
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