Javier Valenzuela - Limones negros

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Tánger, otoño de 2015. La corrupción española atraviesa el estrecho en busca de nuevas oportunidades. Lola Martín, capitana de la Guardia Civil, sigue la pista en la ciudad marroquí de los tejemanejes de Arturo Biescas, presidente de BankMadrid. Sepulveda profesor del Instituto Cervantes, le ayuda en sus pesquisas. ¿Hasta donde puede soportarse la corrupción? ¿Es lícito tomarse la justicia por su mano cuando la vía oficial resulta inoperante? Sepulveda y Lola Martín se hacen esas preguntas conforme van apareciendo cadáveres y entra en escena Adriana Vázquez, la femme fatale de Tánger.

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Desde el sendero adoquinado, Adriana Vázquez contemplaba el corrillo formado por los dos jugadores y sus caddies . Con sus zapatos de tacón, ella no tenía derecho a penetrar en aquel sancta sanctórum.

El embajador se percató de su presencia y la saludó agitando la mano con jovialidad. Ella le correspondió del mismo modo.

—¿Quién es? —preguntó Lucas Blanco.

—Adriana Vázquez, la directora de Comunicación y Relaciones Públicas de este club. Es una española que vive en Tánger desde hace bastantes años. Con muy buenas conexiones con las altas esferas de uno y otro lado.

—No me extraña —dijo Lucas. Era un treintañero de buena estatura, pelo corto que se prolongaba en patillas afiladas, cuidada barba de cuatro o cinco días, nariz categórica y ojos oscuros y penetrantes—. Menudas curvas.

—Venga, vamos para allá —decidió el diplomático, palmeándole en el hombro—. Que conste en acta que tenía pensado presentártela.

Lucas le entregó al caddie el palo de golf y siguió al embajador. Recorrió los metros que le separaban de Adriana caminando con un movimiento chulesco que realzaba la musculatura de su torso.

Adriana se había dejado olvidadas las gafas de sol en su despacho. Sus desnudos ojos verdes centellearon de humor al observar el lenguaje corporal con el que se aproximaba el actor. Lo conocía demasiado bien: todos los jóvenes en buena forma física la abordaban pavoneándose de semejante guisa. Pretendían decirle: mira, preciosa, esto es un verdadero hombre, labrado en un gimnasio.

El embajador llegó el primero, tomó la mano derecha de la mujer y se inclinó sobre ella remedando un beso cortesano.

—Te estábamos echando de menos, Adriana.

—Discúlpame, embajador. He tenido que atender a un equipo de televisión. Van a emitir un reportaje sobre el campeonato en el telediario del almuerzo.

—El deber es lo primero —El diplomático se volvió hacia su acompañante y le dijo—: Te presento a Adriana Vázquez, la persona más influyente de la comunidad española en Marruecos. —Ella rechazó el comentario con un mohín de enfado—. Adriana, supongo que has oído hablar de Lucas.

Adriana adelantó la cabeza para que el actor la besara en las mejillas. Él sintió que el perfume de ella acentuaba su abrumadora carnalidad.

—No solo he oído hablar de ti —dijo Adriana cuando sus rostros se separaron—, también te vi en la película Soldado de fortuna . Está bastante bien.

Lucas la miró a los ojos. Adriana se percató de que las luces de seductor que él llevaba encendidas en las pupilas se transformaban en reconocimiento.

—Ahora caigo. Ya sé quién eres: te vi en un reportaje de Telecinco... —Se rascó la barba mientras exploraba en su memoria—. ¿Cómo te llamaban…?

—La Sultana de Tánger —terció el embajador.

—Eso es, la Sultana de Tánger. Se me había olvidado por completo.

—Y yo no quiero acordarme. Tuve que cooperar con el reportaje porque iban a hacerlo de todas maneras, ya sabes cómo son los de ese programa. Pero no me hizo la menor gracia. Ni lo de Sultana ni todo lo demás.

—Adriana prefiere vivir en la sombra, como los verdaderamente poderosos —dijo el embajador.

—Si quitas lo de poderosa, estoy de acuerdo contigo —replicó ella—. Pero hablemos de ti, Lucas. Me han dicho que esta es tu primera visita a Tánger.

—Mi primera visita, sí. Y le tenía muchas ganas. Tengo compañeros que son muy fans de esta ciudad. Imanol Arias y Maribel Verdú hablan maravillas de Tánger.

—A Maribel le encanta. Rodó aquí una película policíaca y ha vuelto varias veces. Una vez me contó que, estando en la piscina de El Minzah, se le acercó una señora española que le dijo: «¿Sabe usted que se parece mucho a Maribel Verdú?».

Lucas Blanco soltó una carcajada. Su dentadura era robusta y nívea como las cimas del Himalaya, pero sin ningún pico, perfectamente alineada.

—El campeonato de golf es solo un pretexto para pasar aquí el fin de semana —dijo al cabo—. Soy un jugador malísimo, de principiante no paso.

—Pues razón de más para que te agradezca el que hayas aceptado participar en este torneo. Tu presencia es muy importante para nosotros. —El actor entrecerró los ojos, apretó los labios, alargó la quijada y cabeceó de modo asertivo. Adriana se dirigió al embajador—: ¿Le has contado a Lucas la historia de nuestro club?

—No lo he hecho, Adriana, te lo reservaba a ti. Estamos en tu territorio.

Ella miró interrogativamente al actor.

—Adelante —dijo él—. Me encantan las historias.

—Pues la nuestra cumplió un siglo el pasado año. Este fue el primer Country Club de Marruecos; lo creó el cónsul del Imperio Británico en 1914 sobre un terreno cedido por el sultán Mulay Abdelaziz. Aquí venían los diplomáticos y los hombres de negocios de Tánger a jugar al golf, al polo y al cricket, o a organizar cacerías de jabalíes en el bosque que desciende hacia Asila.

—El célebre Forêt Diplomatique —precisó el embajador.

Voilà! —Adriana acarició la esmeralda de su collar; llevaba las uñas largas, puntiagudas y lacadas en rubí—. Este es un terreno de dieciocho hoyos que los expertos consideran muy técnico; ¿no es así, embajador?

—Así es. Aunque parezca fácil, sus últimos nueve hoyos están situados en laderas. Al llegar ahí se requiere bastante destreza.

—No creo que ni tan siquiera llegue a esos hoyos —dijo Lucas—. Embajador, ¿no te enfadarás conmigo si abandono después del almuerzo? Es que tengo ganas de echarle un vistazo a los zocos.

—No te preocupes. Como bien ha dicho nuestra anfitriona, lo importante es el hecho de tu participación en este torneo. Refuerza el peso de la Marca España en el reino de Marruecos.

Lucas recuperó la mueca de dureza satisfecha.

—¿Sabes cuál es el principal problema de este terreno de golf? —le preguntó Adriana.

—Ni idea.

—Pues que el trazado es magnífico, pero el terreno es demasiado arcilloso y eso hace muy costoso el mantenimiento. Todos los años hay que añadirle toneladas de arena para que la tierra no sea tan ácida e impermeable. —Se regocijó con el desconcierto que leyó en el rostro del actor—. Pero, en fin, termino con la historia. ¿Sabías que las primeras mujeres que jugaron aquí al golf fueron Barbara Hutton y Elizabeth Taylor?

—No lo sabía. ¿Y tú? ¿Tú juegas?

—¿Al golf? No. Yo juego a otras cosas.

—¿Qué cosas?

—Las que no tienen reglas ni árbitros, Lucas. Las que ni tan siquiera tienen nombre.

3

El sábado de aquella semana, recién despertado, me asomé al ventanal semicircular de mi apartamento que daba a la Place du Lycée. El sol había desgarrado la mortaja que cubría la ciudad en los días anteriores. El Lycée Regnault volvía a lucir sus encantos: la fachada moruna de dos alturas, el reloj que llevaba años detenido en las 1:05 horas, el jardincillo con naranjos, palmeras, ficus y buganvillas. Me recreé contemplando aquel templo de la educación pública francesa y rematé la vivencia mirando hacia el extremo derecho de la plaza y saboreando la arquitectura racionalista del Cine Roxy, pariente de la de mi propio edificio. Recordé por qué había escogido ese lugar para vivir.

Ansioso por pisar la calle, puse un puñado de pienso en el cuenco de Chispas , el joven gato atigrado con el que compartía aquel piso de alquiler, y me vestí con lo primero que encontré. Chispas seguía sin dar señales de vida, pero no me inquieté: estaría durmiendo en algún escondrijo.

Bajé a grandes zancadas la escalera de la finca —el ascensor volvía a no funcionar—; alcancé el portal —suelo de mármol gris, azulejos de color aplatanado y macetas con plantas moribundas—, y salí a la antigua calle Juana de Arco. Contorneé la Place du Lycée y subí al Bulevar Pasteur por Goya. Allí me senté en la terraza del viejo Claridge y pedí zumo de naranja, café con leche y croissant.

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