Cuando nos terminamos la caja, los dos nos tumbamos en el sofá lleno de colacao y nos quedamos tranquilos viendo los dibujitos.
Pasado un rato, un grito que vino de la nada hizo que diéramos un respingo del sofá y nos pusiéramos firmes.
—¿Qué coño ha pasado aquí? —Era mi madre y estaba muy furiosa.
Rápidamente se acercó a mí sin yo tener tiempo a reaccionar y rápida como la luz me dio un tortazo que hizo que se me saltaran las lágrimas y me pusiera a llorar; seguidamente, se quitó una zapatilla y con ella le dio a mi hermano un zapatillazo en el culo, y cuando se giró para volver a darme a mí, conseguí esquivarla y me fui corriendo a mi habitación antes de que pudiera alcanzarme.
—Edu, vete con tu hermana a la habitación y no salgáis hasta nuevo aviso. —Oía cómo le dijo mi madre a mi hermano pequeño.
Él también entró llorando a la habitación, pero enseguida paró, y se consiguió calmar. Cuando los dos estábamos juntos, era como si fuéramos mas fuertes y podíamos con todo, hasta con los enfados de mi madre.
Al rato de todo el follón, mi madre volvió a irrumpir en la habitación, y lo hizo bastante sofocada; muy alterada, preguntó:
—¿Quién ha cogido esto? —Edu y yo nos mirábamos sin decir nada—. La caja estaba llena, ¿dónde están las pastillas? —el tono había pasado a ser de preocupación.
—¿No son caramelos, mamá? —le pregunté ingenua.
—¿Caramelos?, no, Serena, no son caramelos, esto son pastillas para medicarnos cuando estamos malitos —nos explicó a los dos llevándose las manos a la cabeza.
—No lo sabíamos, mamá, como sabían a naranja pensamos que eran caramelos —le dije a mi madre—. Bueno, como nos las hemos comido todas, no nos pondremos malos en mucho tiempo, ¿verdad? —continué diciendo.
—Sí, mamá estaban muy buenos —dijo Edu también en su tono más dulce.
—Por Dios, ¿os las habéis comido todas? —dijo horrorizada.
—Edu ha comido más que yo. —Le señalé con el dedo acusador.
—Mentirosa, yo solo he comido tres, tú te las has comido todas, ¡no me querías dar más! —Edu empezó a llorar de la rabia.
—Serena, dime la verdad —exigió una respuesta mi madre.
Yo me eché a llorar. La mentira ya no se sostenía y la verdad es que empezaba a no encontrarme bien.
Mi madre rápidamente fue a despertar a mi padre. Cuando él se enteró, lejos de regañarnos, lo que hizo es vestirse de un salto, cogerme a mí en brazos, mientras mi madre hacía lo mismo con Edu y nos llevaron al hospital.
Era un hospital bastante antiguo. Había muchas monjas. Nada más entrar, mi madre expuso lo que había sucedido y rápidamente nos llevaron a una sala llena de aparatos médicos y mucho personal. Yo empezaba a asustarme un poco, y mi hermano no paraba de llorar. Nos tumbaron en dos camillas.
Los médicos actuaron con rapidez. Mientras preparaban el instrumental para hacernos un lavado de estómago, una monja muy mayor se puso entre las dos camillas y empezó a hacer absurdas preguntas:
—¿Quién se tomó la primera pastilla? —preguntó.
Claro, yo estaba muerta de miedo e instintivamente alargué el brazo y otra vez con el dedo acusador apunté a mi hermano:
—Ha sido él. ¡Edu ha tomado más pastillas que yo!
—¡Mentirosa! Mamá, Serena es una mentirosa, yo casi no he comido porque no quería repartirlas conmigo —respondió Edu entre sollozos.
Entre tanto llanto, el mío y el de mi hermano, vi cómo la monja se quitaba ya de en medio, dejando así paso al médico que iba a realizarnos el tratamiento. Primero empezó por mí, ya que habían decidido creer a Edu, y sabían que yo había tomado más pastillas que él. Me metió un tubo por la boca que bajaba por la garganta y que llegaba al estómago, provocando así una serie de vómitos que ayudarían a expulsar todas las pastillas del interior de mi cuerpo.
Cuando terminaron conmigo, realizaron el mismo proceso con Edu. Yo lo pasé muy mal, no porque me doliera, sino porque no sabía vomitar y lo pasaba tremendamente mal; al escuchar llorar tanto a mi hermano, sufría bastante, me estremecía escuchar su llanto. En ese instante me sentí fatal por él, por mi culpa le estaban haciendo eso, yo era la mayor y se supone que debía cuidar de él. Al terminar con el tratamiento, creo recordar que entre mis vómitos contabilizaron catorce pastillas, y en el de mi hermano solo encontraron tres.
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Mi madre tuvo una época en la que se puso a trabajar en un despacho junto a mi tío Fran. Era bastante duro para ella, tenía que madrugar, arreglarnos primero a nosotros para llevarnos a casa de mis abuelos Víctor y Carmela, para que mi abuela nos llevara al colegio; seguidamente, ella tenía que coger dos autobuses para llegar a la oficina y todo eso antes de las nueve de la mañana, sí, era durillo, cuando llegaba el fin de semana, ella ni se lo creía.
La relación con mis abuelos Víctor y Carmela era buena. Mi abuela se encargaba de llevarnos al colegio por las mañanas y de recogernos por la tarde. Nos preparaba los bocadillos del almuerzo el día antes y los congelaba, y cuando nos íbamos a clase los llevábamos en la mochila descongelándose a lo largo de la mañana, de tal manera que a la hora del almuerzo el bocadillo estaba de muerte.
A mí me gustaba mucho la salida del colegio y ver a mi abuela en la puerta esperándonos con la merienda; siempre era o un bocadillo de pan con aceite y sal con dos lonchas de jamón york y una de queso, o una chocolatina llamada turrón Viena o un pan quemadito con un lingotín.
Mi abuela Carmela siempre me estaba diciendo que una buena ama de casa tenía que saber cocinar, planchar y coser bien, por lo tanto, casi siempre que estaba en su casa me la pasaba cosiendo, aprendiendo a hacer punto de cruz, ganchillo, punto con aguja gorda, un sinfín de cosas, aunque lo que más me gustaba era cuando le daba por hacerme un vestido nuevo e íbamos a la modista a que me hiciera los cortes de tela y me dejaba a mí ensamblar las piezas, eso sí me gustaba y no lo hacía por obligación... así me pasé unos cuantos años.
En el colegio me lo pasaba muy bien, tenía a mis amigas y cada una jugaba su papel; estaba la empollona que, a pesar de hartarse a estudiar, le daba tiempo de tocar el piano y el saxofón, siempre me preguntaba de dónde sacaba el tiempo; estaba la guapa de la clase, la típica niña a la que toda chica se quiere parecer; luego estaba la segunda de a bordo que no se apartaba de ella; y por último estaba yo, que no encajaba en ninguna de esas descripciones, pero sin entenderlo, ahí entré en ese círculo. También estaban las típicas chicas de relleno que iban todas en grupo detrás del clan de las guapas, pero jamás llegaron a entrar, pero yo sí, sé que lo repito, pero inexplicablemente me encontraba ahí.
Hicimos un grupo cerrado chulísimo, incluso teníamos un diario en común que nos lo pasábamos una vez la semana entre nosotras para escribir nuestras experiencias que habíamos hecho en esos días, si teníamos algún chico guapo a la vista o cosas parecidas.
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Conforme pasaba el tiempo, yo me iba fijando en ciertas cosas que antes no les daba importancia, mis amigas siempre estaban estrenando ropa nueva que sus padres les compraban con bastante frecuencia o cada dos por tres con zapatillas nuevas, y yo siempre reciclándolo todo de la ropa que le daban a mi madre y, con suerte, yo estrenaba unas zapatillas si mi abuelita me las regalaba para mi cumpleaños; entonces, en esos momentos, empezaba a darme cuenta de lo que significaba la clase social y aunque a mi abuelita y mis abuelos, yo los veía bien de todo, empezaba a comprobar que en mi casa faltaba algo. Estaba claro que mis padres no tenían tanto dinero como los de mis amigas y eso hacía que yo reciclara todas las cosas.
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