Luis Eduardo Uribe Lopera - Zipazgo

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Novela histórica y metafórica de Colombia. A través de un reino espejo (el Reino Independiente de Zipazgo), se hace un recorrido crítico por los hechos más destacados de la formación de la República, imbricando personajes que representan a los principales actores de nuestra historia con los maravillosos personajes de nuestros mitos y leyendas: La Madremonte, La Patasola, La Llorona, El Sombrerón, El Mohán. Una manera crítica y diferente de conocer nuestra rica historia, con sus demonios internos de carne y hueso junto a los inmateriales, y que nos han traído al presente que enfrentamos como país.

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Los bastardos, año 173

Los mellizos, año 176

Tabacá, año 179

Sexta parte

El nuevo juego, año 183

Zipazgo, años 183-192

Tabacá, años 190-200

Tabacá, año 206

Tabacá, año 208

Zipazgo, año 211

Zipazgo, año 214

Línea del tiempo

Reseña del autor

Colofón

Contracarátula

Prólogo

Zipazgo: 200 años de posverdad surgió como un cuento metafórico sobre el interminable caos que sufre Colombia, ralentizador de su crecimiento económico y social. En principio lo construí contando las desafortunadas vivencias de una familia de 32 hijos, en la que dos hermanos gemelos abusan de su posición de primogénitos para apoderarse de las mejores tierras de la hacienda familiar y arrogarse el derecho de administrar la fortuna en detrimento del patrimonio de sus hermanos, a quienes desprecian por su condición de bastardos.

A medida que escarbaba más en la historia colombiana y escuchaba las noticias diarias veía que se enredaba más la madeja, pero al mismo tiempo sentía que se revelaba un intrincado caos dirigido tras bambalinas. Alcanzada la independencia, la casta dominante fundó los partidos Conservador y Liberal, y dio inicio así al truculento juego de la confrontación bipartidista por la cual se aferró al poder atizando divisiones y rencores regionalistas que extirparon cualquier vestigio de identidad nacional del pueblo colombiano. Al instituir una democracia a la carta, corrompieron un sistema honorable con el fin de mantener el poder sin asumir responsabilidades de ningún tipo.

Colombia padece males cuyas causas y consecuencias se confunden y los distintos actores se imbrican en terrenos de legalidad e ilegalidad, con el pervertidor dinero del narcotráfico como protagonista durante las últimas cinco décadas. Pero extrañamente, sin importar en que lado de la ley esté, ninguno de esos actores es responsable de nada. Al contario, corren a formarse en la fila de las víctimas, jurando que todo es culpa de fuerzas oscuras e invisibles, seres inmateriales semejantes a los personajes más reconocidos de nuestros mitos y leyendas. Generación tras generación, los males se perpetuán en sagas políticas y delincuenciales que arrastran a Colombia al peor de los escenarios que las divisiones y odios internos ofrecen.

Salvo excepciones que sirvieron para construir la novela, los hechos y protagonistas representados aquí están basados en los principales acontecimientos y actores de la historia colombiana, y están expuestos respetando el orden cronológico. En la línea de tiempo anexa se puede verificar la correspondencia de sucesos.

Luis E. Uribe L.

Agosto de 2020, Envigado, Colombia.

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Primera parte

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El tiempo del ruido, 123 años antes de la independencia

Las entrañas de la tierra zipazguense tronaron intimidantes anunciando que los demonios resurgirían para castigar la sumisión del pueblo a dioses extranjeros. Lengua, cultura, dioses y sacerdotes originarios, más que estar en el sótano del olvido de los nativos, fueron borradas de la memoria colectiva. Los usurpadores hispalianos provenientes del Continente Uno sumaban dos siglos arrasando la civilización autóctona, implantando su deformada cultura y su manipulada fe sobre los amansados habitantes de Zipazgo. Ocho generaciones se necesitaron para desaparecer miles de años de historia de una nación incontaminada. Nunca se sabrá de qué se perdió el mundo con el bárbaro exterminio y saqueo. Ya sea por temor, inocencia, ignorancia o debilidad militar, los nativos poco o nada hicieron por defender sus raíces. Ante sus dioses se reconocían culpables por omisión, al no sacrificar sus vidas por ellos. Un pueblo apóstata que pagaría con sangre y miseria su traición. Anatemas que suplicarán morir por no inmolarse cuando debían. Los demonios fueron soltados en Zipazgo 123 años antes del grito de independencia.

Tabacá, capital del reino, fue el lugar elegido para anunciarle al populacho que los demontres fueron liberados. Los dioses y sus sacerdotes ya no estaban para protegerlos. Fue el tiempo del ruido, un fenómeno apabullante que llenó de temor servil a los pobladores capitalinos y a los pueblos aledaños. Un tóxico aire azufrado intensificaba la sensación de indefensión y pavor. La tradición popular, las leyendas transmitidas por los abuelos, lo advirtió desde el primer día de la llegada de los extraños de piel brillante. Pero ya casi nadie creía en cuentos de octogenarios muecos. El tiempo y la cultura impuesta por los invasores avalaban la incredulidad. Escépticos o no, la sobrenatural manifestación por sí sola era perturbadora. La noticia se esparció como mal presagio. De pronto la capital se vio invadida de curiosos, estudiosos, religiosos y testigos de extrañas apariciones en las agrestes selvas y los traicioneros montes a lo largo y ancho de Zipazgo. Para mayor terror, chamanes y brujos, oportunistas de turno, auguraban terremotos y desastres que asolarían el reino. Algunas premoniciones se cumplieron. Otros vaticinaban que vendrían años más aciagos que los padecidos entre la conquista y la colonia: el tiempo de la república. Que la estirpe heredera de los colonizadores y delincuentes fletados por el invasor ejercería con malicia el poder en el futuro; una generación auspiciada por Tamasia, el ambicioso imperio insular del Continente Uno que, en aquellas calendas, discutía por el poder global. Demontres más perversos surgirían y el tiempo del ruido se repetiría como recordatorio amansador para el pueblo. La gente debía grabar en su memoria la traición cometida contra los dioses autóctonos y aceptar las consecuencias, entre ellas las guerras intestinas interminables y fratricidas, las divisiones y rencores regionales, y el fruto putrefacto de la mala semilla sembrada por los malhechores del invasor, progenie que gobernaría sempiternamente con doblez y avaricia tras la pantomima de la democracia.

Igual que sucede con los dioses, nadie ha demostrado la presencia de los demonios. Después del terrorífico evento, la mayoría de los habitantes de Zipazgo ha creído en su existencia. Seres mitológicos de extravagante y aterradora apariencia que recorren la manigua robando almas, desapareciendo las riquezas naturales, estafando a incautos y produciendo dolor y muerte con desastres, hambruna y posesos asesinos. Como con los dioses, cada estrato social y cada persona especula de manera particular, a veces contraria, respecto a la verdadera intención de los demonios. El amañado caleidoscopio de la fe se había instalado en Zipazgo con la llegada de los invasores. Bastaba un conocido o parroquiano que jurara haber visto algún espectro diabólico para que la comunidad en pleno lo asegurara también. Con cada versión, la alharaca del populacho se multiplicaba en una espiral infinita de incalculable alcance y magnificencia. El sentimiento del pueblo por estas presencias mutó a religión.

Zipazgo, años 1-200

La paradoja se pavonea oronda por Zipazgo como legítima y distinguida concubina de la democracia. Fue entronizada dos siglos atrás por los avariciosos instigadores que firmaron el Acta de Independencia. La embozaron con el ropaje de la desterrada y moribunda verdad para ocultar a ojos del pueblo la equidad, la justicia y la paz, para que fueran irreconocibles por siempre. El iluso pueblo festeja cada año una fraudulenta libertad proclamada tras padecer tres centurias de saqueos, masacres y borrón cultural perpetrados por los mezquinos invasores que “desembocaron por el sendero del sol naciente que cruza el mar”. Así lo describieron, quinientos años atrás, los asombrados nativos que contemplaron el descenso de los dioses barbudos ataviados con chispeantes y deíficas armaduras que marinaban en tres portentosas montañas flotantes. Con la emancipación, una artificiosa democracia surgió en las colonias para ser gobernada por reyes electos por el pueblo. Reyes ocultos tras el eufemístico rótulo de presidentes. Un contrasentido fraguado desde el Club de la Democracia del Continente Uno, auspiciador soterrado y codicioso de la campaña libertadora desde su simiente. El sórdido Club jamás se ha opuesto a esta imperecedera incongruencia, siempre y cuando los elegidos acaten las directrices de la agremiación. Celesto y Escarlato: los gemelos que han gobernado por más de dos siglos este paradójico guiñol nacieron el mismísimo día de la firma del Acta. Así empezó esta singular monarquía democrática, oculta tras la ilusoria escenificación teatral cuyo nombre elegido para publicitar y vender la bufa no es necesario citar. En este relato están los actores reales con sus nombres verdaderos, no los personajes novelescos que el Club decidió imprimir en la historia como un siniestro reflejo especular de Zipazgo.

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