No le confesé mi propio temor de que el tiempo también se llevara mis recuerdos. En lugar de eso, tomé la cajita de música de Luna, que descansaba junto al espantacucos.
–Eso no va a pasar. ¿Sabes por qué?
Abrí la cajita. Una bailarina de tutú magenta bailaba en punta de pies con la música suave que era también la intro de la película El padrino. En el revés de la tapa tenía adosado un pequeño espejo. La levanté hasta alcanzar la altura de sus ojos.
–Porque cada vez que necesites recordarla, tienes que mirar tu rostro. Y ahí estará, por siempre.
Pensé que Luna no me iba a creer, pero era una niña y yo su hermano mayor. Sonrió y me abrazó fuerte. Sin soltar la cajita musical, ambos nos quedamos dormidos, con la melodía de la bailarina actuando como canción de cuna.
Desperté sobresaltado. Afuera ya era de día y la caja musical, sin cuerda, había enmudecido. En su lugar, una vibración distante se dejaba oír desde el entretecho. Como una radio antigua que apenas sintonizaba, chirriante y muy molesta.
Decidido a despejar el misterio, salí de la cama con cuidado, respetando el sueño de mi hermanita, y casi tropecé con el saco de dormir de su amiga Macarena.
Fui al patio a buscar la escalera de tijeras que mi papá aún no devolvía y comprobé el estado calamitoso en que lo dejó el batallón de colados. Íbamos a estar como una semana limpiando.
Con el escobillón de la cocina, levanté la puerta trampa y trepé por la escalera. En mi apuro, olvidé llevar la linterna amarilla.
Me di cuenta de mi error cuando penetré otra vez en ese desván olvidado. Todo seguía igual excepto por el tocadiscos, que mi papá llevó a un servicio técnico, y la maleta café que yo conservaba en mi pieza.
Algo brillaba entre las sombras, cortando la oscuridad con su brillo metálico.
Era el espejo trizado. Me acerqué con pasos
inseguros, tratando de hacer el menor ruido posible.
Su superficie estaba cubierta de vaho, una especie de neblina que se derramaba por los bordes, humedeciendo el piso.
Los extraños sonidos discordantes provenían del interior. Se me antojaron vagamente conocidos, pero de alguna manera deformados, como si vinieran desde muy lejos.
Extendí la mano y toqué la extraña bruma que lo empañaba.
La música se hizo más clara y la niebla se
retiró. La silueta de Enid D apareció en su lugar, mirándome con ojos asombrados.
Retrocedí, espantado. La muchacha se encontraba dentro del espejo y estiraba su mano hacia mí.
Конец ознакомительного фрагмента.
Текст предоставлен ООО «ЛитРес».
Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию на ЛитРес.
Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом.