–Los Duarte, bellísimas personas. –Doña Elenita reprimió un pequeño suspiro.
“¿Enid Duarte?”, pensé.
–¿Qué les pasó? –interrogó mi padre.
–La vida. Eso fue lo que pasó –replicó la señora, en un tono que daba por cerrado el tema.
Sonó el timbre y cuando me encaminé hacia la puerta, noté que doña Elena observaba mi polera nueva y tal vez lo imaginé, pero me pareció que fruncía un poco los labios.
Ram me acompañó a la entrada. La Dani estaba de pie bajo el dintel, acompañada de su amiga Lili. Las dos con minifaldas rayadas haciendo juego y luciendo un maquillaje que haría graznar al inspector del colegio si las llegara a ver.
–Hola, Noel. Hola, Ram. Llegamos un poco temprano por si necesitaban ayuda –saludó la Dani, jugando con su melena color miel de ese modo tan suyo y coqueto que siempre me cortaba la respiración.
–Adelante, damas –invitó Ram, sonriéndole a Lili–. Felices de verlas. ¡Como siempre!
Y entonces, el desastre. Detrás de las bellas... la bestia.
–¡Ayuda y un poco de músculo por si hay que cargar algo! –gritó Rosti Machuca, enlazando a Dani y a Lili por la cintura.
Rosti no se llamaba Rosti, obviamente, sino Marcos Machuca, pero todos le decíamos así porque siempre estaba bronceado igual que un pollo rostizado de tanto surfear en el norte o esquiar en la montaña. Se le veía poco en clases, pero como era sobrino del director, los demás profesores hacían la vista más que gorda.
–Genial. Nuestro primer colado. –Ram puso los ojos en blanco–. Esta fiesta va a ser filete.
Invité al trío a pasar y me consoló un poco la cara de culpabilidad que puso la Dani al presentarse en mi casa en compañía de ese ropero de tres cuerpos.
Ni me imaginaba que Rosti Machuca no sería el único convidado de piedra esa noche.
Circulé por la casa ofreciendo posavasos de corcho para proteger los muebles y llevando fuentes con papitas fritas y galletas crackers, mientras que “Believer” de los Imagine Dragon resonaba a escandalosos decibeles en el patio. El millón de colados que llegó después del Rosti había armado fiesta propia bajo el membrillo, bailando como si estuviéramos en Año Nuevo.
Ram efectuó cientos de giros atrevidos en su silla de ruedas eléctrica ejecutando su propia versión de un bailarín callejero de break dance y los demás hicieron coro a su alrededor batiendo palmas. Lili parecía estar muy impresionada y se puso a bailar con él. Gran Samo iba de grupo en grupo para que le hicieran cariño como si fuera un perrito faldero. A la Dani no se la divisaba por ninguna parte. Y peor aún, tampoco al Rosti.
Volví a la cocina a buscar más bebidas. Comprobé que el living había quedado reservado para “los adultos responsables”, con la presencia de un par de vecinos adicionales y también de don Checho, el simpático dueño del minimarket del barrio. Además se encontraban mis tíos Lucho y Mario que llegaron con una botella de gin como regalo para mi papá.
Doña Elena conversaba animadamente con don Checho, quien parecía muy asombrado de encontrarla aquí. En cierto momento, la vecina recibió una llamada en su celular rosado y se apartó para contemplar por nuestra ventana su casa castillo, con un dejo de preocupación en la mirada mientras hablaba.
Al final, cortó y giró hacia nosotros.
–La enfermera no encuentra uno de los medicamentos de mi padre. Me temo que debo irme. Además, ya es muy tarde. Muchas gracias por la invitación. Lo pasé muy bien. ¡Buenas noches a todos! –se despidió con una sonrisa fugaz.
Mi papá se ofreció para acompañarla a su casa, pero ella lo disuadió con un gesto discreto.
–No hace falta, Sebastián. Si está aquí a un paso. Pero este agradable jovencito puede acompañarme hasta el jardín. –Se colgó de mi brazo y prácticamente me arrastró hacia la salida.
En la casa castillo estaba iluminada una ventana del segundo piso. Doña Elena la quedó mirando un segundo antes de soltarme.
–Anda a visitarme cualquier día de estos. Y entonces, contestaré a todas tus preguntas, si es que ya las tienes...
Bajó la mirada hacia mi polera nueva y sonrió misteriosa.
–...Soul Surfer.
Doña Elena cruzó la calle, dejándome intrigado. En el cielo nocturno, brillaba una luna creciente muy bella. Una pareja conversaba animadamente en la acera.
Eran la Dani y el Rosti. En cierto momento, él la tomó de la mano y la acarició. Ella alzó la cabeza y entreabrió los labios...
Eso fue más de lo que podía soportar y entré a la casa dando un sonoro portazo.
Don Checho conversaba con mi papá sobre doña Elenita.
–Es una buena mujer, la señora Elena. Casi una santa, yo diría. Y se quedó soltera por cuidar a su mamá y luego a su papá. Casi nunca sale a ninguna parte. ¿Sabe usted?
Mi papá respondió algo que fue opacado por el sonido agudo del timbre. Me apresuré para ir a abrir, jurando que si era esa pareja de tórtolos trasnochados iba a...
–Hola, Noel. ¿Cómo estás?
Para mi sorpresa, era la señorita Natacha, la profesora de vóley del colegio. Pero lucía muy diferente con los labios pintados de rojo y vestida con una chaqueta de cuero marrón de motociclista y jeans, de esos rajados a la altura de la rodilla.
Mis tíos Lucho y Mario golpearon sus puños como si fueran un par de adolescentes que acababan de realizar una jugarreta y mi papá, que se levantó del sillón empujado por una especie de resorte invisible, terminó prisionero –y con expresión más bien confundida– entre los brazos de la señorita Natacha, quien le propinó un apasionado beso en la boca.
Me quedé congelado. Igual que Luna, que volvía de la cocina con una bandeja con vasos de bebida para sus amigas y que terminó en el suelo.
Al final la fiesta se fue a pique porque mi papá no dejó que la señorita Natacha se quedara y ella se retiró un poco humillada. Después mi papá se peleó con mis tíos Lucho y Mario por invitarla a sus espaldas, ante lo cual Lucho (o a lo mejor era Mario, no recuerdo bien) dijo algo parecido a “Un día estos niños van a crecer y se irán. Tienes que seguir adelante con tu vida”. Mi papá terminó echándolos a ellos también de la casa.
Luna y sus dos amigas se encerraron en la pieza con llave y pusieron la tele súper fuerte y no le abrieron a mi papá aunque tocó la puerta con bastante fuerza y hasta rogó. Y para rematar la noche, descubrimos que los colados del patio se estaban tomando el barrilito de cerveza, así que terminaron todos expulsados, incluyendo a Ram y a Lili.
De Dani con el Rosti nunca más se supo.
A las cuatro de la mañana recibí un wasap de Ram diciéndome que Lili lo comenzó a seguir en Instagram. Por lo menos, a alguien le había ido bien en la fiesta.
Me levanté arrastrándome como un zombi. Gran Samo roncaba con fuertes resoplidos hecho un ovillo de pelos y abrí la puerta con sigilo para no interrumpir su sueño canino. Me dirigí a la cocina en busca de un vaso de agua y descubrí entreabierta la puerta de Luna, con la luz del espantacucos proyectándose a través del pasillo. Me asomé. Sus amiguitas dormían en sacos multicolores, pero Luna estaba despierta, mirando por la ventana, con ambas piernas recogidas debajo del plumón.
Toqué con suavidad. Mi hermana me miró y se deslizó a un costado de la cama, haciéndome espacio. Avancé con cuidado tratando de no despertar a las niñas. Me acosté junto a Luna y la abracé.
–Tengo miedo –confesó.
–Ya sabes que el cuco no existe –le contesté, haciéndome el tonto. Sé que los dos estábamos pensando en el beso de mi papá con la señorita Natacha.
–No es por eso. No quiero olvidar su cara. Yo era muy chica. Tú alcanzaste a estar con ella más tiempo.
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