Jaime Herrera D'Arcangeli - El lugar secreto

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Noel y su familia llegan a vivir a Los Peumos para empezar de nuevo y concentrarse en el futuro. Pero Noel encontrará en el desván un antiguo espejo que lo hará viajar –literalmente– al pasado, a la década de los 80, cuando la adolescente Enid vivía en esa casa. Nacerá entre ellos algo más que una amistad, teñida por un fatídico destino que Noel intentará evitar.

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–Un regalo de bienvenida de nuestros vecinos –aclaró mi padre.

Hacía casi dos semanas que habíamos llegado a Los Peumos, así que lo hallé medio raro. Pero me encogí de hombros.

–Ram opina que deberíamos dar una fiesta para inaugurar la casa.

Recalqué que era idea de Ramón, porque si provenía de él seguro que mi papá la aprobaba de un viaje.

Mi papá se rascó la barbilla, considerándolo.

–Y yo podría invitar a mis compañeros del trabajo...

¡Una casa llena de profes! Eso no es lo que Ram y yo teníamos en mente.

Debo haber puesto una cara muy graciosa, porque mi papá y Luna se rieron. Mi hermanita llevaba puesto un polerón rosado, que todavía tenía adosada la etiqueta.

–¿Fueron de compras?

–Tenía que pagar la tarjeta y había rebajas sobre rebajas.

–¡Hay algo para ti también! –exclamó Luna, alcanzándome un paquete verde.

–Muchas gracias, pero no hacía falta.

Con el sueldo de mi papá y después de comprar la casa a trillones de años plazo, sabía que no nadábamos precisamente en la abundancia.

–Tonterías. Te lo mereces. Ayudas muchísimo en las tareas del hogar –argumentó mi papá.

–¡Y me cuidas a mí! –gesticuló Luna.

No estaba muy acostumbrado a los halagos. Abrí el paquete tratando de ocultar mis mejillas coloradas. Apareció una polera azul piedra, con el logo “Soul Surfer” grabado en la parte de adelante.

–¿Te gusta, hijo? La vi y pensé inmediatamente en ti.

–¡Que se la pruebe! –exigió mi hermana.

–Hará juego con tu nuevo corte de pelo. Te queda muy bien, Noel –dijo mi papá.

Me pasé una mano por el cabello recién cortado y con la otra, que temblaba un poco, sostuve la polera.

Ahora estaba seguro de que el muchacho de la Polaroid no solo se me parecía. Él y yo éramos la misma persona.

El plan de la fiesta fue aprobado por unanimidad. Se nos multiplicaron las obligaciones porque todos queríamos que resultara perfecta. Con Luna nos tocó fregar un montón de vasos que ni sabíamos que teníamos. Mi papá aspiraba y volvía a aspirar la alfombra del living, que ya estaba más que limpia.

Ram creó un grupo en el Whatsapp para

invitar a los amigos más cercanos y se aseguró que Dani, la niña que tanto me gustaba, aceptara venir. “Esta es la tuya, Pascual”, afirmó. Luna invitó a dos compañeritas de curso que se iban a quedar a alojar en sacos de dormir y mi papá comprometió a mis tíos Lucho y Mario, que eran profesores como él y además mellizos; aunque no se parecían tanto: uno tenía más pelo que el otro.

Mi papá me descubrió observando el barrilito de cerveza que había comprado para la ocasión y me palmoteó fuerte en el hombro.

–Ni se te ocurra. Para los menores de dieciocho, solamente bebidas y juguito de manzana.

Me informó que además había convidado a la vecina que nos regaló los crisantemos. “Vive en la casa del frente, la que parece un castillo medieval”.

Luna estuvo encantada pues a lo mejor así nos invitaban un día a visitarlo. A ella le fascinaban las historias de princesas y hadas. Juraba que eran de verdad y que Peter Pan existía.

Guardé la foto Polaroid dentro del cuaderno de las mariposas y lo devolví a la maleta. No deseaba más sorpresas que me quitaran el sueño.

Llegó la tarde del sábado. Mi papá apretó un interruptor y el membrillo del patio se encendió con una cascada de hermosas luces blancas.

–¡Qué lindo! –aplaudió Luna.

Yo estaba entusiasmado: la fiesta iba a resultar bacán. Gente amiga, buena comida y bebida, aparte de música seleccionada especialmente por Ram. Todo lo que uno necesitaba para olvidarse de aquellas cosas que no tenían demasiada explicación.

Tres de la mañana.

Nueva historia en mi Instagram: “Con ganas de que me trague un volcán”.

Ram dijo que no se dio cuenta cuando la

invitación a la fiesta se hizo viral. Parece que un amigo se la reenvió a otro amigo y así fue como se juntó mucha gente en la puerta de mi casa a las nueve de la noche. No podíamos echarlos a todos, así que muchos terminaron instalados en el patio. Incluso había algunos universitarios que traían sus propios copetes, que mi papá confiscó. Al menos, quedó con su barcito bien provisto y el pavo de la Navidad ahora tendría bastante coñac.

A las siete sonó el timbre. Fui a abrir y hallé una persona sosteniendo un ramo extra grande de crisantemos amarillos.

–¡Buenas tardes! Tú debes ser Noel. ¿Cierto? Yo soy Elena, tu vecina del frente –dijo la mujer, asomándose detrás de las flores.

Era menuda y con el pelo canoso teñido con matices azules. Se esforzaba mucho en sonreír, pero noté que el ojo derecho le parpadeaba nervioso. Me quedé mudo, sin saber por qué. Por suerte, apareció mi papá en ese momento.

–¡Doña Elena! ¡Cómo está!

–Muy bien, don Sebastián. Estas las recogimos hoy del invernadero. Las que les traje el otro día deben estar medio secas ya.

La señora Elena rió nerviosa, explicando que no le gustaba asistir a fiestas con las manos vacías.

–Regalo aceptado. Pero con la condición de que no me diga más don. ¡No soy tan viejo! –contestó mi papá, en un tono entre coqueto y jovial que no le conocía.

–Y usted puede decirme Elenita entonces.

Mi papá la liberó del ramo, invitándola a pasar. Capté, con algo de alivio, que “Elenita” lucía un poco mayor que él.

–¿Cómo amaneció su padre?

–Un poco malito del pecho. Por la mañana vino el doctor a verlo. Ahora lo dejé con una niñita bien amorosa que me lo cuida –contestó con un hilillo de voz la mujer de cabello blanco con azul.

La dueña del castillo parecía ser una persona bastante tímida.

Como buen anfitrión, mi papá le ofreció un pisco sour, que ella rechazó porque no bebía alcohol. Los dejé conversando y me fui a mi pieza a cambiarme de ropa para la fiesta. En su habitación, Luna y sus dos amiguitas saltaban encima de la cama y reían contentas. Mi hermana se había colocado unas alitas de ángel con plumas blancas que sobraron de una presentación que hizo en su colegio.

Descubrí a Gran Samo durmiendo siesta encima de la camisa azul que pensaba usar. Lo aparté de una palmada y mi perro se fue del lugar con un “guof, guof” ofendido, dejando mi camisa sucia con sus huellas de tierra. Lo peor es que no tenía nada más que salvara: con los preparativos se nos había olvidado lavar la ropa.

Lo único presentable era la polera nueva de Soul Surfer. La saqué de la cajonera, percibiendo una vez más ese singular hormigueo entre los dedos.

Con un suspiro, me la puse. En el espejo del baño comprobé que mi papá había acertado en la talla. El chico de la Polaroid me saludó desde el otro lado, con algo parecido a una mueca.

Resignado, me eché de la colonia verde que recibí para mi cumpleaños: la Dani debía estar por llegar.

Quien apareció antes que nadie fue Ram, el DJ oficial del evento, con sus parlantes con Bluetooth. No comentó nada al descubrir mi nuevo look, pero se puso un poco bizco, lo que solía suceder cuando algo o alguien lo agarraba por sorpresa.

Doña Elenita bebía un jugo de arándanos mientras mi papá paladeaba el pisco sour casero. Nos observaron distribuir los parlantes. La señora parecía encontrarse bastante a gusto en nuestra casa.

–Hicieron un buen trabajo aquí, Sebastián. Este sitio vuelve a parecer un hogar –opinó, con una mirada satisfecha.

–¿Qué quiere decir, Elenita?

–Mucha gente vino y se fue durante todos estos años. Pero la casa ha estado muy mal mantenida desde que se fueron los ocupantes originales.

–¿Quiénes eran? –aproveché de preguntar, mientras desenredaba un alargador.

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