Sin embargo, los grandes hitos de conocimiento y sabiduría que se dan en todos los campos científicos no se corresponden con un nivel de progreso y evolución en el desarrollo social, ético y personal. Basta un pequeño ejemplo para ver esta abismal disociación: se puede salvar la vida de alguien mediante un trasplante de un órgano vital, mientras los océanos se mueren inundados de basura. En el plano del autoconocimiento, de la evolución personal, el ser humano se encuentra en un estadio muy rudimentario. Por ello, resulta vital el desarrollo psicológico individual, de cada uno de nosotros, para unificar esta grave disociación. Se ha producido un progreso ingente de la conciencia, priorizando la dimensión racional, pero una atrofia de otras capacidades.
El individuo es la creación más avanzada de la especie humana. Es un gran misterio y un gran logro que la dimensión individual haya podido florecer. En este sentido, la aportación de la psicología ha contribuido al buen desarrollo del yo, de la conciencia y de las capacidades de mentalización.
Así como el universo está formado en su mayor parte de materia y energía oscuras, así la conciencia es una parte ínfima del inconmensurable universo inconsciente. En esa oscuridad insondable de lo desconocido surgieron los símbolos, como fogonazos de luz, como luces de estrellas infinitamente lejanas que brillaban en la inmensidad del cosmos. Esos fogonazos, esas luces, nos guían en el recorrido de humanización de la especie y de evolución personal.
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1 «En mi opinión, el objeto transicional deja lugar para el proceso de adquisición de la capacidad de aceptar diferencias y semejanzas. Creo que se puede usar una expresión que describe la raíz del simbolismo en el tiempo, que describe el viaje del niño, desde lo subjetivo hasta la objetividad, y me parece que el objeto transicional es lo que vemos de ese proceso de viaje hacia la experiencia». Winnicott, pág. 23.
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La naturaleza de los cuentos de hadas
Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha creado cuentos de hadas y los ha transmitido oralmente, de generación en generación, por medio de contadores dotados de una sensibilidad especial 1 . Los estudiosos de estos relatos nos revelan que ya desde la más remota antigüedad se los narraban a los niños y también a los adultos. Y así descubrimos, después de milenios, que hay historias similares que han aparecido en diferentes culturas y con diferentes formas y que aún se mantienen vivas. Si estas historias han perdurado es porque sus motivos se expresan en una lengua universal, que es la de los símbolos, y porque sus contenidos hablan de las experiencias humanas esenciales. Al igual que los sueños y las obras de arte, los cuentos de hadas se formulan en un lenguaje metafórico en el que objetos, personajes, secuencias y argumentos poseen un nivel de significado latente que es preciso descifrar.
Por lo tanto, en los cuentos de hadas, un árbol, un príncipe, la Bella Durmiente, una boda, el abandono de unos niños en el bosque, etc., no pueden ser entendidos literalmente, puesto que son metáforas que se pierden en la noche de los tiempos y evocan grandes arcanos e imágenes esenciales del universo humano.
Sus motivos están saturados de contenidos que se expresan de manera muy diversa, a través de:
• objetos simbólicos, como la llave, el reloj, la rosa o la manzana;
• personajes simbólicos humanos, como Hansel y Gretel o Cenicienta;
• personajes simbólicos humanizados, como los siete cabritillos y los tres cerditos;
• personajes simbólicos semihumanos, como el lobo, el ogro o la bruja;
• escenas simbólicas de valor universal, como el despertar de la Bella Durmiente o la transformación de Bestia en hombre.
Todos ellos constituyen un caleidoscopio de vivencias, sentimientos e ideales que acompañan al ser humano en su proceso de constante transformación y reconstrucción psicológicas. En resumen, los cuentos de hadas están constituidos por un material simbólico de una gran complejidad de significado, y utilizan un lenguaje semejante al de los sueños, el lenguaje en el que habla nuestro inconsciente, el lenguaje de los símbolos. Sus múltiples significaciones vuelven a ser creadas y recreadas cada vez que tiene lugar el proceso vincular y comunicativo que implica contar el cuento.
Si bien en los cuentos de hadas encontramos huellas históricas e ideológicas determinadas, lo cierto es que la verdadera esencia de estas obras de arte no puede ser apresada en ninguna ideología particular ni en un momento histórico concreto, pues los trasciende. Para abrir nuestra mente a sus significados, es necesario poner en funcionamiento las diferentes capacidades de la psique humana y posibilitar la captación de su cara oculta, potenciando la percepción estética y el pensamiento creativo. No se puede acceder al contenido esencial y al significado auténtico de los cuentos de hadas mirándolos con los cristales de los valores o estereotipos de una época específica, como tampoco es posible ponerse en contacto con su sabiduría y sus mensajes psicológicos desde una óptica exclusivamente racional.
Estos relatos no tienen un mensaje único ni aportan una lección moralista. Se sitúan en ese espacio añorado y deseado de la fantasía (el espacio transicional entre el mundo interior y el mundo exterior del que nos habla Winnicott). No pretenden dar lecciones ni consejos, ni emitir juicios de valor o propuestas ideológicas, porque son fundamentalmente evocadores y metafóricos. Por ello, ofrecen ese ámbito inconmensurable de libertad para la búsqueda de autoconocimiento, perfeccionamiento y belleza.
Hemos dicho que los cuentos hablan en la lengua de los símbolos, cuyos mensajes no son manifiestos ni realistas en modo alguno. La parte manifiesta del símbolo guarda siempre contenidos y sentidos distintos de los literales. Veamos algunos ejemplos. Construir una casa es construir la propia identidad, mientras que comer alude al proceso de nutrición psicológica, emocional o espiritual. Ser comido indica el regreso a un estado anterior de evolución, es decir, en lugar de seguir adelante en el proceso de crecimiento psíquico, volver atrás, lo que en último término supondría quedar atrapado de nuevo en un claustro semejante al útero materno. Pero también podría significar una vuelta simbólica a ese claustro antes de proceder a un cambio cualitativo en el proceso evolutivo. Este aspecto nos retrotrae, como veremos más adelante, a los primitivos rituales iniciáticos en la casa del bosque, en los que el iniciando era engullido simbólicamente por un animal totémico para salir, después de haber muerto, renacido y resucitado a una nueva vida. El lobo no es en realidad un animal de los bosques naturales, sino un personaje semihumano del bosque del mundo interior, que simboliza un estadio de la evolución en el que aún no ha tenido lugar la humanización total, y por eso representa siempre una amenaza. Finalmente, el bosque es la metáfora del inconsciente, es decir, un espacio desconocido, lleno de tesoros y, a la vez, de peligros.
El origen de los cuentos de hadas
Autores como Carl Gustav Jung y Marie-Louise von Franz nos dicen que los cuentos de hadas proceden de experiencias individuales que toman como punto de partida eventos de especial significación por su impacto o trascendencia en la vida de una persona o una comunidad. El motivo inicial, la experiencia individual en la que se basan, experimenta transformaciones de carácter mágico, inspiradas en la creatividad y en las características psicológicas profundas del ser humano (inconsciente e inconsciente colectivo). El relato adquiere así cualidades metafóricas y trascendentes, dando lugar a narraciones con gran poder catártico y estético, guardadas y enriquecidas por diversos creadores, los contadores de cuentos, que las han transmitido de generación en generación. Por otra parte, al igual que los mitos, los cuentos de hadas se colorean con esa dimensión especial de lo lúdico, la de expresar y simbolizar por el puro placer y sentido que ello conlleva.
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