La apelación del primer ángel, de adorar “a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7), presenta una relación intertextual con el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, que ordena la observancia del sábado. En la Ley de Dios, el motivo dado para el cuarto Mandamiento es: “Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Éxo. 20:8-11). En el primer mensaje angélico, el orden de las entidades creadas, en términos de “cielo”, “tierra” y “mar”, hace evidente que la visión contiene una cita del cuarto Mandamiento, a fin de apuntar a la observancia del sábado y su mensaje como componentes esenciales de la conducta requerida frente al Juicio inminente. En el contexto de Éxodo 20, cuando la Ley fue dada a los israelitas, el sábado cumple, claramente, la función de “señal [sello] eterno” entre Dios y su pueblo (Éxo. 31:16, 17). En Apocalipsis, a la santidad del sábado como sello de Dios (Apoc. 7:3) se le opone el domingo como el sello de la bestia (13:16), y esto motiva la fuerte advertencia del tercer ángel (14:9).
Paulien reitera que hay amplios paralelos verbales entre Apocalipsis 14:7 y el cuarto Mandamiento (Éxo. 20:8-11). Se destacan el personaje creador: “Dios”, la acción creadora: “hizo”, y las entidades creadas: “cielo”, “tierra” y “mar”. Esta es la estructura de ambos textos; suficiente para afirmar que, en el primer mensaje angélico, “hay un paralelo verbal, una alusión”, al cuarto Mandamiento. El contexto de ambos pasajes trata de la Creación y el Pacto. Hay, por lo tanto, “fuertes evidencias de que el autor del libro de Apocalipsis tenía en mente el cuarto Mandamiento cuando escribió Apocalipsis 14:7” ( The Deep Things of God , p. 150). Además, Paulien reitera que, “cuando el autor del libro de Apocalipsis describe el llamado final de Dios a la humanidad en el contexto de la crisis final, él lo hace, de hecho, en términos de un llamado a adorar al Creador en el contexto del cuarto Mandamiento” (“Revisiting the Sabbath in the Book of Revelation”, p. 185).
De esa manera, ese evidente paralelo estructural dirige la atención hacia Éxodo 20 como el decisivo telón de fondo del mensaje del primer ángel en Apocalipsis 14:7. “Esto indica una clara intención, por parte del autor, de destacar el cuarto Mandamiento en el contexto del último llamado divino a la obediencia” (Paulien, The Deep Things of God , p. 150).
El paralelo entre Apocalipsis 14:7 y el cuarto Mandamiento de Éxodo 20 afecta, directamente, la interpretación del conjunto completo de las visiones de Apocalipsis 12 al 14, en las que la bestia de dos cuernos es uno de los protagonistas. Ese paralelo anticipa el meollo de la crisis, que estará enfocada en la obediencia y la adoración, en el contexto del día del Señor.
Sin embargo, además del paralelo verbal, existe también la alteración. En lugar de la última entidad creada referida en el Mandamiento “todo lo que en ellos hay” (Éxo. 20:11), el primer mensaje angélico habla de aquel que hizo “las fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7). ¿Por qué es utilizada esta expresión en lugar de aquella usada en Éxodo 20? El investigador Henry M. Morris dice que en el primer mensaje el ángel agrega “la fuente de las aguas” al acostumbrado grupo de entidades creadas, más probablemente, “por causa de la asociación de esas fuentes con el primer juicio por medio del Diluvio, cuando ‘todas las fuentes del gran abismo se rompieron’ (Gén. 7:11)” (p. 266). En este caso, la expresión “fuentes de las aguas” (Apoc. 14:7) sirve para traer a la mente del lector la memoria del juicio divino por medio del Diluvio y, de esa manera, enfatizar la verdad que señala que Dios es un Dios de juicio. De ese modo, el sentido de juicio y destrucción inminente es reforzado por la alteración verificada en el mensaje angélico, que sustituye la entidad “todo lo que en ellos hay”, del cuarto Mandamiento, por “las fuentes de las aguas”, en referencia al Diluvio. Ese hecho reitera la solemnidad del anuncio.
De esta forma, tanto la referencia al mandamiento del sábado (Éxo. 20:11) como la alusión al Diluvio (Gén. 7:11), en el primer mensaje angélico, sirven para reforzar la idea de juicio como contenido de este mensaje. El Juicio se procesa según la Ley dada en el Sinaí, con énfasis en el cuarto Mandamiento, y es ejecutado por el mismo Dios que una vez sumergió al mundo en las aguas del Diluvio.
Esa curiosa construcción del llamado divino sirve además para indicar que los mensajes angélicos son dados en un momento en el que los habitantes de la Tierra no solo ignoran el relato de la Creación en seis días literales y del Diluvio universal e histórico, sino también se vuelven antagonistas al adherirse a la creencia en la Teoría de la Evolución. En este sentido, el mensaje es una advertencia para las personas de ese contexto histórico en el que una gran “anticreencia” se ha levantado en relación con la historicidad de Génesis 1 al 11, con un creciente rechazo de la Creación y el Diluvio como obras divinas.
En ese contexto de “anticreencia” en relación con la Creación y con el Diluvio, Dios suscita un movimiento profético con un mensaje claro y específico, que llama a las personas a adorar al verdadero Dios, a obedecer su Ley y a guardar el sábado como memorial de la Creación. El papel del pueblo de Dios en el tiempo del fin, por lo tanto, es predicar el triple mensaje angélico escatológico. Este pueblo es descrito como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús” (Apoc. 12:17).
La predicación de los tres ángeles, entonces, exalta a Dios, anuncia la hora del Juicio y llama a las personas a obedecer la Ley de Dios, norma del Juicio divino. El llamado del primer ángel retoma la observancia del sábado y trae a la memoria el juicio por medio del Diluvio. Esa predicación, naturalmente, enfurece al dragón.
El clímax del Gran Conflicto
La proclamación del mensaje de los tres ángeles inicia el clímax del gran conflicto entre Cristo y el enemigo, que está enfocado directamente en la Ley de Dios. La ira del dragón es expresada en términos de persecución contra los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús (Apoc. 12:17), mediante la acción conjunta de la primera bestia y la bestia de los dos cuernos (13:12).
Describiendo los movimientos precursores de esa crisis final, el capítulo 12 da margen para que se busque una mayor comprensión en relación con el inicio del Gran Conflicto en el cielo, y su desarrollo en la Tierra con el nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo, lo que resultó en la derrota definitiva del enemigo de Dios (Apoc. 12:7-9; ver Gén. 3:15) y la vindicación de la justicia divina. Vencido, el enemigo de Cristo sabe que tiene poco tiempo para actuar en la Tierra, lo que motiva su intensa persecución de la iglesia de Dios (Apoc. 2:13), que está representada en la figura de la mujer pura (12:1). Por 1.260 años, la iglesia sobrevive a los ataques del dragón y de la primera bestia (13:1) en el desierto, o la Edad Media. Luego, regresa a la escena. Ese retorno de la iglesia (12:16) debe ser entendido como el inicio de la proclamación de los mensajes angélicos, a partir de 1844, cuando la verdad comienza a ser restaurada en la Tierra. En su furia contra la iglesia, el dragón agrega dos aliados a su causa. Ellos son representados por la bestia de siete cabezas, que sube del mar, y por la bestia de dos cuernos, que emerge de la tierra (13:1, 11).
La primera bestia de Apocalipsis está asociada con el cuerno que tenía ojos y boca de hombre, surgida del cuarto animal espantoso y terrible, de Daniel 7:8. Ella representa el imperio de los papas. El cuarto animal de Daniel tenía diez cuernos (Dan. 7:7); y la bestia de Apocalipsis, por su parte, tiene siete cabezas y diez cuernos (Apoc. 13:1). Ambos símbolos exhiben una boca que, en el cuarto animal de Daniel, hablaba con insolencia (Dan. 7:8, 20) y, en la bestia, habla con arrogancia y profiere blasfemias (Apoc. 13:5). Una relación bien clara es establecida entre esos dos símbolos que: (1) tienen diez cuernos; (2) su boca pronuncia arrogancias contra Dios; (3) actúan durante 1.260 años, o por “un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo” (Dan. 7:25) o, también, por “cuarenta y dos meses” (Apoc. 13:5); y (4) persiguen a los santos del Altísimo (Dan. 7:21; Apoc. 13:7). Después de su fuerte actuación por 1.260 años, desde el año 538 a.C. hasta poco después de la Revolución Francesa, en 1798, la bestia tiene una de sus cabezas herida de muerte.
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