El rey concentraba en sí todos los poderes y a sus órdenes tenía un visir que administraba justicia. Los territorios, por su parte, eran gobernados por un representante local y existía además un general en jefe que nominalmente ostentaba el mando del ejército. Todo el sistema se apoyaba en una complicada red de funcionarios, una estructura de comunicaciones muy desarrollada y una fuerza militar omnipresente, capaz de ser proyectada a los lugares en que fuera requerida. El imperio estaba surcado por un entramado de caminos que conectaba puestos guarnecidos permanentemente y dotados de almacenes para apoyar la acción bélica. Otra característica del nacimiento de la guerra moderna es la capacidad de desplazar tropas, avituallarlas y tenerlas dispuestas lejos de sus bases.
La costumbre de declaración de guerra fue abandonada para lograr la sorpresa estratégica. Igualmente, las relaciones diplomáticas serán empleadas torticeramente para el espionaje. Y es que los asirios usaban sin escrúpulos todo cuanto facilitara la acción bélica, su razón de estado. El ejército se componía de tres cuerpos: uno de carros de guerra, más avanzados que los de sus predecesores y encargados con sus arqueros de comenzar el combate; otro de infantería, que actuaba en formación cerrada como una fortaleza móvil erizada de lanzas, y el primer contingente estable de caballería para la explotación del éxito. De esta forma empieza a vislumbrarse el principio del arte militar, válido en todo tiempo y lugar, de ser más fuerte que el enemigo en su punto más débil. Tuvieron, además, conocimientos de poliorcética, o arte de atacar y defender plazas fuertes, minadores, zapadores e incluso una flota fluvial de apoyo. Pero aunque el militarismo a ultranza puede sembrar el terror y asentar un poder durante cierto tiempo, toda potencia de este tipo está condenada a largo plazo al fracaso, pues la guerra debe subordinarse a fines políticos y nunca al contrario. No sería Assur la última potencia en cometer este error.
Sumerios, acadios, babilonios, asirios, etc., cumplido su ciclo histórico, terminarían por ser absorbidos por un imperio que, cimentado también en Mesopotamia, se proyectaría hacia el Mediterráneo por el oeste y llegaría a los confines de la India por el este: Persia. Todo el mérito de esta creación hay que adjudicárselo al que podemos considerar primer gran estadista, Ciro (c. 550 a. C.), quien supo emplear la guerra solo como instrumento quirúrgico y basar su reinado en la prosperidad económica, la pacificación de los pueblos y, en definitiva, en una alta visión política. Sus herederos, cegados por el espejismo de expansión a toda costa que afligiría a la mayoría de las potencias agresoras, se iban a enfrentar con el revés de su misma moneda en una región inesperada al topar con un conglomerado de ciudades-estado pobladas por unos habitantes ante todo celosos de su concepto de libertad individual: los griegos.
En el cuadrante noreste de África existe un país llamado Egipto en el que quizá como en ningún otro lugar de la tierra la geografía ha condicionado más la vida humana. Entre el desierto libio al oeste y las cadenas desérticas que lo separan del mar Rojo por el este discurre el Nilo. Lo que sería un inmenso erial prácticamente inhabitable, las aguas del río lo convierten en un vergel; es más, sus crecidas anuales, que inundan el valle, lo vivifican y mejoran con regularidad matemática. En su desembocadura en el Mediterráneo en forma de delta, los limos arrastrados desde el corazón de África por el agua van ganando terreno al mar y desecan lagunas y marjales, que se convierten en magníficas tierras de cultivo. De aquí que Heródoto afirmase que el país era un don del Nilo y que sus moradores lo adorasen como a un dios al vivir enteramente de, para y por el fluir de sus aguas. Este factor físico conforma la psicología del pueblo egipcio, una completamente original. Muy apegado al terruño y pendiente de las crecidas, tuvo la ineludible necesidad de crear, regular y organizar un rígido sistema que asegurase el aprovechamiento del río. Y para ello necesitaba de un modelo militar que garantizase su pervivencia. Llegaban así los egipcios a la misma conclusión que sus contemporáneos mesopotámicos: la necesidad de levantar ejércitos fuertes…, si bien lo harían de formas diferentes.
Tres periodos marcan la historia de Egipto en la época que ahora estudiamos: los reinos Antiguo, Medio y Nuevo (en torno a 2500, 2000 y 1500 a. C. respectivamente). Suele atribuirse a Narmer-Menes la fundación de la primera dinastía, con control sobre el Bajo Egipto (delta del Nilo). Para asegurar el rendimiento de las tierras y el libre tránsito por el río, el Imperio Antiguo se extenderá hacia el sur a fin de taponar incursiones provenientes de Nubia. También guarnece la frontera del desierto y fortifica la oriental contra los beduinos del Sinaí construyendo los denominados muros blancos , una de las primeras murallas de la historia militar. El faraón, divinizado, se apoya en una poderosa clase sacerdotal y en los escribas, verdadera meritocracia celosa de sus más privilegiados conocimientos: la escritura y la contabilidad. En lo militar, disponía de una guardia personal que, en caso de campaña, quedaba reforzada por milicias locales y un cuerpo de mercenarios reclutados precisa y peligrosamente entre sus enemigos potenciales: libios, nómadas y nubios. Sus armas principales eran la honda, el bumerán, el arco, la maza y una peculiar espada corta en forma de hoz denominada kopesh . Su estrategia era de momento eminentemente defensiva, para asegurar lo que ya se poseía (agricultura, yacimientos de materias primas y rutas comerciales).
Desgastado en guerras civiles endémicas entre el Bajo y el Alto Egipto, este imperio acabaría cediendo paso al Medio, radicado en Tebas, ciudad levantada en el curso central del río al objeto de ocupar una posición estratégica privilegiada que controlara todo el país. Se crean posiciones estables aguas arriba y abajo del Nilo como puestos permanentes autosuficientes pero situados a distancias razonables que les permitieran el socorro mutuo. Era una cadena que aseguraba pozos y todo elemento necesario en las rutas de las caravanas. Al periodo de prosperidad del sistema socioeconómico ideado por el faraón Mentuhotep sucederá una etapa de anarquía. La invasión de los hicsos, tribu procedente de Oriente Próximo, hará el resto para la caída definitiva de este reino intermedio, introduciendo en la guerra dos factores que endurecerán las conflagraciones: el fanatismo religioso y el odio racial. Pero el milenario Egipto, hecho a absorber conquistadores gracias a su adormecedor fluir, heredará de aquellos enemigos un arma revolucionaria: el carro de guerra, aligerado para adaptarlo a su territorio y mentalidad. La logística, hasta entonces rudimentaria, se complica: hay que crear un organismo de remonta de caballos, factorías para la construcción de carruajes, métodos de instrucción para sus «tripulaciones» y caminos que permitan su tránsito.
El Reino Nuevo constituye la época de mayor apogeo del antiguo Egipto, con todo el curso del río pacificado, el control de la península del Sinaí y el establecimiento de un entrante en Palestina. Ramsés II es el faraón clave de esta época, quien pasa de este modo a una estrategia ofensiva empleando una suerte de ejército «multinacional» y potenciando las flotas fluviales y la marítima. Aunque no se pueda hablar propiamente de una armada, las naves de carga debían ir acompañadas por un contingente de lo que hoy llamaríamos infantería de marina; también se concibieron buques de protección provistos de ganchos para facilitar el abordaje, «trasladando» a las aguas el combate terrestre, lo que sentaba un precedente que caracterizaría durante siglos las conflagraciones en el mar Mediterráneo.
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