A la señorita le caían bien sus dos compañeras. Pero ellas, que a pesar de su juventud ya tenían maridos e hijos, y aunque se quejaran de ellos constantemente, disfrutaban a todas luces evocando sin parar a un montón de suegras, cuñados, cumpleaños y ceremonias religiosas inverosímiles. A lo que la señorita jamás sabía qué contestar, y se había cansado muy pronto de las conversaciones cuando las tres dejaron de compartir el tema de Darty.
Habría podido buscar un trabajo. Pero andaba con pocas ganas. Empezó a frecuentar la mediateca, las salas de cine que ofrecían tarifas reducidas a personas en su situación. Al pasar los meses y cuando las horas se volvieron interminables, sus acciones ya solo fueron guiadas por accesos súbitos de deseo o hastío.
Como el que acaba de tener: cansada de chocarse con las paredes, sentir el deseo de tomar aire. Se vuelve a poner las zapatillas con velcro, el anorak plateado forrado con piel sintética, y baja a toda prisa las escaleras del edificio.
En el quai de Southampton, no hay ni un alma y ni siquiera un árbol, el arquitecto de la Reconstrucción pensó seguramente que la vegetación desviaría inútilmente la mirada de sus edificios de hormigón armado. Efectivamente, los volúmenes cuadrangulares dan una bella impresión de equilibrio gracias a las variaciones de alturas, al juego de elementos horizontales –plazoletas, pórticos, balcones, terrazas– que modulan delicadamente la composición de las fachadas.
En la primera esquina dobla en la rue de París, llamada así porque está construida siguiendo el modelo de la rue de Rivoli. Aun así, hay diferencias. Las galerías cubiertas se sostienen en pilares toscos en vez de en arcadas elegantes y, en lugar de lujosas tiendas, cobijan agencias de trabajo temporario, de alquiler de automóviles, y una droguería que ofrece una gama especialmente amplia de productos repulsivos: contra los mosquitos, las polillas, las moscas, las cucarachas, las termitas, las ratas, los ratones y los ratones de campo.
Como no circulan más autos por la calle que peatones por la vereda, ella camina por la línea blanca con el cuidado de dar cada paso sobre la raya. Las perpendiculares de la rue de París forman con esta una cuadrícula regular según el trazado ortogonal típico de las ciudades construidas en campo raso. No se trata de una granja aislada que se volvió una aldea, luego un pueblo y una ciudad, sino de un conjunto edificado en una superficie yerma, una llanura, un desierto o tras la destrucción total del anterior. Después de un bombardeo, por ejemplo.
No queda ninguna huella de las arquitecturas que se sucedieron, entremezcladas antes de que los Aliados las arrasaran. Las calles nuevas resisten solas, vaciadas de la población que no regresó cuando se terminaron las obras de posguerra. Pasaron años, los habitantes se habían establecido en la periferia, en barrios infectados por rotondas, centros comerciales, tal es así que ella llega al monumento a los muertos sin haberse cruzado con una sola persona.
El cenotafio bordea una explanada adornada con dos extraños volúmenes blancos. Chatos en la cima, y luego ensanchados en dirección al suelo, tienen la curvatura de las reservas de agua, de torres de enfriamiento de una central nuclear o más sencillamente de un par de yogures mal desmoldados (parabolohiperbolóidicos, dirá el Inspector). Varios restoranes enmarcan la explanada. Considerando que le queda suficiente para pagarse un omelette , la señorita cruza más allá de los yogures para examinar el menú.
En las vidrieras de los restoranes, los clientes pican sus entradas sin interrumpir las conversaciones. Ella se había olvidado de que era viernes a la noche. Cada uno cena con sus amigos o con la otra mitad de su pareja, es deprimente, especialmente porque al fondo de un salón divisa el perfil de monsieur Baridou acompañado por su esposa –otro inconveniente de las aglomeraciones de tamaño mediano: cada vez que una se cruza con un conocido, es un inoportuno–. Renuncia al omelette y se dirige hacia el bassin du Commerce y lo bordea por trescientos metros antes de doblar a la derecha.
Plantada con robustos edificios, esa parte de la ciudad se presenta como un islote trapezoidal, delimitado por un estanque de cada lado. La señorita pasa por el mercado de pescado, el restorán Punjab, la crepería La Paimpolaise y se detiene frente al Home. Un público de entre veinte y treinta años de edad pide tragos sofisticados en un ambiente de bar lounge. Se sabe qué clase de lugar es: iluminación casi inexistente a pesar de los esfuerzos de algunas luces de neón dispersas en los rincones, precios prohibitivos y una despreocupación disuasiva del personal del salón. La señorita había ofrecido allí sus servicios al llegar a la ciudad. El gerente le había respondido No, gracias, a la par que miraba alevosamente a la bartender, una planta trepadora pintarrajeada y llena de tatuajes, diez años menor que la señorita. Ella había entendido el mensaje, así que listo, otra vez a la agencia de trabajo temporario.
Empuja la puerta del bar lounge. Evitando las mesas numerosas, donde todos se sienten obligados a expresar exageradamente su felicidad, encuentra un rincón y se arrellana en un sillón blando. En el menú, el cóctel más barato cuesta ocho euros.
Voy a pedir un Ruso negro , le dice al camarero apretado en su camiseta tensa como un elástico y un bóxer que se le escapa por los tres cuartos del jean deshilachado.
¿Un qué?, contesta el muchacho, cuya mirada se dirige ostensiblemente hacia otro lugar.
Uno de estos, desarrolla ella señalando una línea en el menú de cócteles.
Un Black Russian , articula él mientras su mirada se fija en la piel sintética que bordea el anorak de la señorita, que todavía tiene la capucha en la cabeza.
Como usted diga.
El camarero se da vuelta y ella relee los nombres de las bebidas para que parezca que está haciendo algo. El Black Russian , como se acaba de enterar, se hace con vodka, café, Coca-Cola. Más vale que despierte a la gente. Que la agite, que la zarandee, que la vuelva a poner en el buen camino, si no, es una vía muerta, sí, señorita, insistieron hace un rato con eso en la oficina de empleo. Ella vuelve a cerrar el menú, se pierde en la contemplación de sus rodillas para dejar claro lo poco que le importa estar sola en ese bar lounge un viernes a la noche.
Apenas se ausenta alguien en otra mesa, la otra persona aprovecha para interrogar el teléfono, esperando una conversación más interesante o que simplemente el aparato pueda paliar el abandono. La señorita no tiene los medios suficientes como para contratar una compañía telefónica. Su mirada deriva hacia la ventana, un cuadro opaco donde se reflejan los clientes: grupos de estudiantes, pero sobre todo parejas muy clásicamente formadas por un hombre y una mujer. Tres trajes con corbata esperan a que los sirvan en el bar, entre ellos uno azul oscuro rayando la obsolescencia, que denota al viajante de comercio en tránsito.
Y el vaso de ella está vacío. Al cabo de unos minutos en los que ningún gesto significativo logró llamar la atención del camarero, ella atraviesa el salón para interpelarlo. Quiero otro Ruso negro , reclama dando saltitos alrededor del camarero, que hace todo lo posible para darle la espalda. Ya se lo llevo, concede con tono de extremo cansancio, y obedece más de quince minutos después.
El vaso la tiene algo ocupada. Lo envuelve con sus manos, estudia el reflejo de las lámparas de neón en el líquido, se lo lleva a los labios y observa de nuevo el vaso, el salón, el salón en el vidrio, después el vaso en el vidrio, el vidrio en el vaso, el salón en el vidrio del vaso, el salón el vidrio el vaso el vidrio el salón el vaso, será efecto de los cócteles, la mirada se estimula sola.
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