Julia Deck - El triángulo de invierno

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A las novelistas las vi en las revistas que hay en las salas de espera, en las páginas de Madame Figaro. Se las ve abriendo las puertas de sus salas de estar en París, posando en sus escritorios, delante de la biblioteca, en el fondo de sus bañeras de esquina, donde chapotean para encontrar inspiración. Cansada de una vida rutinaria, desbordada por las deudas y sin mayor proyección que un nuevo trabajo precario, la joven protagonista de esta historia decide –en medio de una entrevista con su consejera laboral– cambiarse el nombre. De ahora en adelante se llamará Bérénice Beaurivage, como la novelista interpretada por Arielle Dombasle en una película de Éric Rhomer. Sumado a que su parecido con la actriz es sorprendente, ser novelista es un empleo mucho más atractivo que cualquiera de los que le propone la consejera laboral. ¿Por qué no habría de cambiar entonces su identidad? Para iniciar su nueva vida se muda de Le Havre a Saint-Nazaire, donde conoce al Inspector: el flechazo es mutuo. Pero a medida que pasan los días se hace más difícil sostener la mentira, a lo que se suma la aparición de la bella periodista Blandine Lenoir, también interesada en el Inspector y quien rápidamente sospecha de la joven protagonista. Julia Deck construye una novela hipnótica, tan apasionante como triangular: tres son los amantes, tres los puertos que recorre la protagonista –y que también debieron construirse una nueva identidad luego de la Segunda Guerra Mundial– y tres son las estrellas del Triángulo de Invierno, una figura que a esta escritora, sin ninguna duda, le calza a la perfección.

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La arquitectura del monoambiente, hecho con ángulos rectos, equipos funcionales y ventanas verticales, es testigo de un estilo que predominaba en la época de la Reconstrucción. En cuanto al piso, exhibe las marcas de un desastre más reciente: libros de la mediateca aplastados en el suelo, envases de yogur, envoltorios de comidas preparadas, papel absorbente, esmalte de uñas, algodón hidrófilo, hisopos, es un asco, qué carajo importa.

Hay una banqueta orientada hacia el estuario. La señorita duerme ahí, a veces a la tarde, acunada por el balanceo del agua y las nubes. Sería mejor que respondiera a las ofertas de la agencia de empleo. Urge encontrar un nuevo trabajo. Las cartas que se amontonan en su buzón se lo recuerdan todos los días, facturas pendientes, buenos recuerdos del fisco, acreedores que no tardarán mucho en tomar medidas en caso de que ella no regularice su situación. Pero la señorita ya no abre su correo.

Observa el crucero, llamado Sirius según las letras gigantes pintadas en la proa ( Alpha Canis Majoris , dirá el Inspector). El casco refleja los últimos rayos rosados y amarillos mientras se van iluminando una a una las cabinas, los pasajeros se preparan para cenar en uno de los ocho restoranes del barco, para entretenerse cerca del bar o gastarse tres salarios mínimos en la ruleta.

Decenas de cruceros acostan bajo su ventana. Pasan por ahí dos o tres por semana, a veces los mismos, porque los barcos –como los trenes en el campo, los aviones en el cielo– no tienen una presencia ilimitada en el mar. Van y vienen, se resguardan por un rato y luego retoman su ruta, así que este puede haber venido a descansar ante sus ojos hace unos días o unos meses.

Como si le disgustara la idea, cierra las cortinas, que enseguida le tapan la vista con un carraspeo de chatarra, va hasta la pequeña cocina, donde llena la pava eléctrica y pulsa el interruptor que está en el asa. Hurga en la alacena en busca de alguna cosita para picar, descubre un paquete de magdalenas de marca Saint-Michel, la “verdadera receta con huevos extrafrescos”. Epa, no recuerdo haberlo comprado, pero mi memoria es un colador. En cuanto el aparato empieza a hervir, pone el interruptor en off, escalda la tetera y le arroja una lluvia de hojas enrolladas en bolitas. Mientras vigila el segundero del reloj de pared, desliza una mirada hacia la ventana de la cocina. Desde ese ángulo, el crucero aparece por la parte trasera, aplanada para ofrecer una superficie máxima para los ojos de buey y aumentar la rentabilidad del navío. Algunos pasajeros toman aire en las crujías, ella sigue distraídamente sus trayectorias mientras la infusión reposa y vuelve a sentarse en la banqueta con la taza en la mano derecha y una magdalena en la izquierda.

Primero el té o la magdalena. Humedecer las papilas para mejorar lo esponjoso o morder la masa abombada de agradable color amarillo anaranjado. Parece un detalle sin importancia, pero es delicado, esa clase de decisiones orienta el futuro. Primero, probar la magdalena. Sí, es más lógico. Deja la taza, abre la boca y se detiene. No, remojarla. Recupera el té, está a punto de sumergirla. Ya no sabe. Gira alternativamente hacia la taza y hacia la magdalena y les dirige su más bella mirada de medusa. Pero los objetos se resisten a ese interrogatorio y, por despecho, termina vertiendo el contenido de la taza en la maceta de una pequeña palmera y engulle una tras otra casi todas las magdalenas.

Una lluvia de migas le cae sobre el pantalón deportivo y entre los pies, donde están esparcidos los restos, botones, bulones, tapones, una lapicera azul sin tapa.

Bérénice Beaurivage.

Revuelve sus cosas, exhuma una libreta decorada con estrellas brillantes. Unas finas rayas celestes esperan el momento de guiar la escritura a través de las páginas, y ella, prudentemente, la abre en la tercera, ya que ha notado que suele ser mejor no empezar por el principio.

Luego, solo hay que ponerse a. Masticar la punta de la lapicera, alzar los ojos hacia el techo, bosquejar un atisbo de idea, transcribirlo antes de darse cuenta de que es demasiado tonto. Tachar tres palabras, volver a empezar. Volver a preparar té, volver a pasar frente al crucero, que sigue obstruyendo el campo visual, liberar la mente de pensamientos negativos, volver a escribir tres palabras mientras se piensa Después de todo, hay que avanzar, lo corregiré más tarde. Volver a leer esas tres palabras, tacharlas con fuerza, la hoja se rompe.

Qué rabia me da, resuelve cerrando la tapa con brillantes. Traga una última magdalena y va hasta la ventana para contar el número de puentes en el crucero (11), el número de ojos de buey por puente (55), luego los multiplica para llegar a 605: hay al menos 605 cabinas en esta ratonera flotante de turistas.

La aritmética apacigua. Tranquiliza tanto que ella ha ido desarrollando sus dones. Por un lado, fue por esa cualidad por la que la contrataron en la tienda de electrodomésticos Darty en el mes de mayo; por el otro, porque al responsable de tienda ella le gustaba mucho. Este había dicho que la joven rubia estaría muy bien para el puesto después de una entrevista de quince minutos en la que solo él había hablado, mientras la señorita se cuidaba de interrumpirlo. Ella solo había aclarado que no tendría ningún problema con los stocks, sabía contar. Y se las arregló más o menos durante dos meses. Había abierto el local casi puntualmente, había vendido un poco menos de ollas a presión y robots de cocina que su cupo, pero el stock estaba en perfectas condiciones, y el responsable había declarado que esa bella persona tenía futuro, solo había que darle tiempo para que incorporara las bases del comercio y los rudimentos de los buenos modales.

Entonces terminó el período de prueba y se planteó la cuestión de las vacaciones. Se acercaba el verano, el aire se hacía más cálido, y ella no pensaba pasarse el día bajo las luces de neón del local, quería ver el mar por las tardes. Pero cuando comentó sus planes al jefe de sección, monsieur Baridou dijo No. No, señorita, usted no puede tomarse vacaciones en verano, son vacaciones escolares y usted no tiene hijos; de todas maneras madame Bloquet y monsieur Piton, que sí los tienen, ya me dieron sus fechas, así que es demasiado tarde, usted se las tomará en noviembre, como todos los solteros.

Pero resulta que en ese momento la señorita acababa de hacer una demostración para una señora gorda que buscaba una batidora, y que finalmente no había comprado nada. Ella seguía con el utensilio en la mano y de pronto se lo blandió en la cara al jefe de sección. Con el volumen al máximo, gritó ¿Está seguro, monsieur Baridou? ¿Seguro que no me puedo ir en verano? Y acercándose más, prosiguió Porque yo sí creo que me voy a tomar esas vacaciones y la prueba es que se puso pálido, sí, monsieur Baridou, está entrando en razón, se está acordando de que aquí tenemos igualdad de derechos, etcétera, y me tomaré las vacaciones cuando yo quiera, faltaba más.

La situación se había complicado. Alertadas por el runruneo prolongado del aparato, las vendedoras de la sección de belleza vinieron a ver qué estaba pasando. Claro que monsieur Baridou no les caía muy bien ni a Sylvie ni a Mathilde, ambas habían trabajado bajo sus órdenes antes de que las destinaran a la sección de accesorios para damas. La primera, que justamente llevaba consigo una depiladora, la había encendido alentada por la segunda y amenazaba con retocar la tonsura del jefe de sección, inmovilizado contra un mostrador. Hizo falta que intervinieran los vendedores de equipos de alta fidelidad, luego los brazos fuertes del servicio posventa para terminar con el caos.

Monsieur Baridou había corrido a presentar la denuncia. Pero al día siguiente, la prensa local, so pretexto de un rasguño, tituló “Pánico en la sección cocina”, y él renunció a emprender acciones legales para no volver a aparecer en los diarios con sesgo tan desfavorable. Despidieron a la señorita, suspendieron a Sylvie y Mathilde recibió un llamado de atención. Las tres lamentaron tener que separarse tomando cócteles en el Victoria.

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