Luca Valera - Manual de ética aplicada

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"Aunque siempre hacemos juicios morales y todos tenemos opiniones sobre lo que es bueno y malo, a veces la cultura, la ignorancia, los intereses o las pasiones nos oscurecen la conciencia y juzgamos mal. Esto, que ya es un problema en la vida privada, es más grave en el ámbito profesional donde nuestro juicio puede afectar a muchas más personas.
Por ello la formación ética es parte esencial de la formación profesional. El conocimiento moral espontáneo no basta para las decisiones en la actividad pública, pues de ellas debemos dar cuenta ante la sociedad y justificar racionalmente. Los argumentos técnicos nunca serán suficiente ya que el aspecto más importante de nuestra conducta se referirá siempre al modo como nos tratamos mutuamente.
La ética no es arbitraria. Es una disciplina racional, con verdades universales, pero que se aplica de modo diverso en las distintas áreas del quehacer. ¿Cómo juzgar adecuadamente en el ámbito específico de mi profesión? Este libro introduce las nociones básicas para aprender a aplicar la ética en la multiplicidad de los contextos prácticos, explica los factores que intervienen en la deliberación, revela las intuiciones morales que están en el origen de los principales sistemas éticos y propone un método para realizar juicios fundamentados. Todo esto presentado en una serie de capítulos breves, autocontenidos, de escritura ágil, con ejemplos actuales y ejercicios que ayudan a comprender mejor. Como toda ciencia práctica, la ética se aprende haciendo. Y «hacer», aquí, es «aplicar». Por eso, este Manual de Ética Aplicada realizado por profesores de la Pontificia Universidad Católica de Chile representa un invaluable apoyo para los cursos de ética que deben dictarse, en las más variadas carreras, durante la formación profesional de los estudiantes.

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En general, las éticas de la virtud se pueden organizar según tres elementos básicos: a) una caracterización de lo que es la virtud, b) una idea de prudencia o sabiduría práctica, y c) un concepto de felicidad o realización humana.

Comencemos, pues, con el primero de estos puntos.

1. ¿Qué es la virtud?

1.1. Virtud como excelencia

Partiendo por lo más general, se puede definir la virtud como una especie de rasgo o cualidad que esperamos en algo o en alguien. En su condición de cualidad, la virtud es aquella característica que, al estar presente, hace que algo se realice de la mejor manera posible. En el lenguaje cotidiano nos expresamos de esta manera, por ejemplo, al hablar de un baterista o un tenista virtuoso. Utilizamos esta expresión para querer señalar un conjunto de características que hacen que el individuo en cuestión destaque en su labor, es decir, que la realice de manera excelente. Un baterista virtuoso es diestro, preciso y creativo; un tenista destacado es ágil, dedicado y fuerte. Por el contrario, un baterista mediocre tiene las cualidades opuestas, falla en la coordinación, no logra dar con el ritmo y se limita a repetir patrones sin creatividad. Lo propio se podría decir de un mal tenista: es lento, indisciplinado y propenso a lesiones. Según esto, la virtud es también un criterio evaluativo: la banda de rock, al momento de elegir, preferirá al baterista que posea las cualidades sobresalientes y dejará al otro relegado a tocar en las fiestas familiares, y el equipo nacional de tenis preferirá al jugador virtuoso por sobre el mediocre para competir en la Copa Davis.

Pero también usamos la palabra virtud para referirnos a una persona en cuanto tal, no solo en su condición de músico o deportista. Así, por ejemplo, decimos que la honestidad, generosidad y compasión son cualidades esperables en una buena persona. Son características, decimos, que se debieran inculcar y fomentar en todas las personas. Desde esta perspectiva, la virtud es un rasgo destacable que hace de su poseedor una buena persona, una persona sobresaliente.9

El origen semántico de virtud encierra también esta ambigüedad. La palabra virtud proviene del latín virtus, que a su vez es un calco semántico del griego areté, término que muchos autores modernos han traducido como excelencia. La virtud, en su raíz etimológica, es una excelencia, es decir, es aquel elemento necesario para la realización excelente (y, podemos agregar, eficaz) de algo (Aristóteles, E.N. 1106a 15-24). El polo opuesto de la virtud tradicionalmente se denomina vicio y se entiende como aquello que, estando presente, daña e impide el desarrollo óptimo de algo.

Es comprensible, de este modo, que la areté griega esté directamente asociada con el bien de algo, en concreto, con su realización excelente. Citando las palabras de un especialista en filosofía griega:

Areté significa que algo es bueno para algo, y era natural que un griego, al oír esta palabra, preguntase: «¿la areté de qué o de quién?» […] Areté, pues, es una palabra incompleta por sí misma. Hay la areté de los atletas, de los jinetes, de los generales, de los zapateros, de los esclavos. Hay una areté política, una areté doméstica, una areté militar. (Guthrie, 1953, p. 14)

Las virtudes, por tanto, se refieren a la realización del bien intrínseco de cada cosa. Los pensadores griegos argumentaban que todo posee su areté o virtud propia, precisamente porque todas las cosas tienen una naturaleza, esencia o fin que les corresponde (esto es lo que se conoce como visión o perspectiva teleológica, del griego telos=fin). Los autores antiguos indican el paralelismo entre la esencia de algo y su excelencia, al describir, por ejemplo, la fertilidad como la excelencia de la tierra10, la lealtad como cualidad del perro11 y la valentía como la virtud propia del guerrero12. Así, el concepto griego de virtud está mucho más cercano al de eficacia, esto es, aquella realización eficaz e íntegra de la naturaleza propia de algo (MacIntyre, 1991, p. 16).

1.2. Virtud humana

Ahora bien, el paso siguiente es hablar de la virtud en un sentido más restringido, un sentido que bien podríamos denominar moral, atendiendo específicamente a la virtud humana. Aristóteles reflexionó en profundidad sobre las virtudes humanas, las que cabría definir como rasgos del carácter adquiridos por el hábito y expresados en acciones habituales. A diferencia de los ejemplos antes mencionados, las virtudes humanas no son cualidades innatas, tal como pueden ser la fertilidad de la tierra o la rapidez del caballo, puesto que suponen hábito y ejercicio. En concreto, la virtud humana no es una mera cualidad; es específicamente un modo de ser.

En el caso de los seres humanos, las virtudes no se dan de manera espontánea (como sí ocurre con ciertas cualidades de las que hablamos antes), sino que requieren de costumbre, ejercicio y estudio para ser adquiridas y consolidadas. Aristóteles observa que las personas tenemos una tendencia natural al desarrollo de virtudes, pero que estas pueden nunca desarrollarse si es que no las ponemos en práctica. Alguien puede tener naturalmente un temperamento moderado, pero si no adquiere buenos hábitos (es decir, si no actúa regularmente de manera moderada), nunca llegará a ser alguien verdaderamente moderado. “Una golondrina no hace verano”, comenta el filósofo en una célebre expresión con la que denota que no es suficiente una o un par de acciones virtuosas para llamar a alguien virtuoso. Si llego temprano un par de veces o digo la verdad ocasionalmente, no seré ni puntual ni veraz, seré, por decirlo así, virtuoso solo por accidente, pero no realmente. Como bien recalca Rachels, la verdadera virtud surge allí donde hay un carácter “firme e inmutable” (Rachels, 2006, p. 268). En este sentido, la educación y el entorno son fundamentales, pues las virtudes bien pueden quedar en la mera potencia si es que no son ejercidas activamente por el sujeto. Dos pasajes de la Ética a Nicómaco de Aristóteles refuerzan nuestras descripciones:

Por tanto, las virtudes no se producen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino por tener aptitud natural para percibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre. (E.N. 1103a 25)

No tiene, por consiguiente, poca importancia el adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos, sino muchísima o, mejor dicho, total. (ib. 1103b)

Recalcamos que las virtudes no son “contra naturales”, en el sentido de estar impuestas únicamente “desde afuera”, como quien endereza un árbol que estaba torcido; más bien, habría que entenderlas como “potenciales”, es decir, que se encuentran en nosotros en estado latente, esperando ser despertadas.

Pues bien, no cualquier acción habitual es una virtud, sino que se requiere algo más: deliberación y elección. Aristóteles especifica que las virtudes humanas (las virtudes propiamente éticas) se caracterizan como un modo de ser selectivo, en el que se elige el término medio entre el exceso y el defecto. La virtud humana consistiría, entonces, en un cierto “saber elegir”. Los individuos virtuosos –enfatiza Aristóteles– saben elegir el “qué”, el “cómo”, el “cuánto” y el “cuándo” algo debe hacerse. Para aclarar estos puntos, conviene detenerse en la definición aristotélica de la virtud:

Es, por tanto, la virtud un hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquella por la cual decidiría el hombre prudente. El término medio lo es entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y también por no alcanzar en un caso y sobrepasar en otro el justo límite en las pasiones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige el término medio. (Aristóteles, E.N. 1106b 35)

Tres aspectos destacan aquí. En primer lugar, como se ha dicho, la virtud es un “hábito selectivo”. Pero ¿qué se elige y sobre qué? Se elige sobre los medios óptimos para alcanzar determinados fines. Tal como lo señala Aristóteles, solo puede haber deliberación y elección donde las cosas pueden ser “de una manera u otra”. Dicho de otro modo, en la virtud es donde se manifiesta, con plenitud, nuestra capacidad de elección libre.

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