Judith se inclinó por un plato de salchichas, acompañadas por una delicia culinaria preparada a base de col hervida en filamentos y fermentada mediante sal marina y algunas especias, entre las cuales no podían faltar: la pimienta negra, el eneldo, las hojas de laurel y la alcaravea de hojas verdes y brillantes, que es conocida por muchos como comino del prado. Andrea, en cambio, no pudo resistirse al schnitzel , un filete empanado de ternera colocado sobre una fuente de patatas, que podía servirse a gusto del consumidor con una salsa de champiñones frescos. Para beber, dos jarras de cerveza negra bien fría con un sabor potente cercano al chocolate o al café.
Cuando el mesonero recorrió a la inversa los pasos que le separaban de la cocina, Andrea y Judith se entregaron a las bondades de una larga conversación… Hablaron prácticamente de todo, en especial del trabajo, de aquellos modernos peinados que se habían hecho virales entre las jóvenes. Andrea se había decidido a realizar este largo trayecto con su hermana, conquistada por los comentarios aparecidos en algunas revistas médicas sobre los mágicos tratamientos rejuvenecedores del Spa Majdanek. Desde luego, había una motivación especial detrás de aquel periplo y esta tenía que ver con Ludwig, el rubio joven, de ojos azules, que desde hace dos semanas, días más o días menos, andaba detrás del amor de la mayor de las O´Brien. Andrea sentía que su pulso se aceleraba, y decenas de mariposas aleteaban en su estómago cada vez que le veía parado en las afueras de la terminal de autobuses cuando retornaba a su casa después de trabajar. Él parecía la encarnación misma de un antiguo héroe germano. Sí, Andrea lo veía como el propio Sigfrido derrotando al dragón que custodiaba el tesoro de los Nibelungos, o como Beowulf, el paladín gauta quien, en ayuda de los daneses, mata al gigante Grendel. Al principio, el interés de la joven apenas fue correspondido con algunas sonrisas por parte de Ludwig, pero… las cosas estaban destinadas a cambiar en poco tiempo.
Primero, fue un ramo de rosas con una escueta tarjeta, un café en una panadería cercana y un sencillo beso de despedida poco después de la jornada laboral. Luego, conoció a sus padres durante un almuerzo en la finca familiar. Por instantes, le vienen recuerdos de aquel día… La entrada a la finca mostraba un arco, y dos puertas con barras de metal horizontales y transversales. Se hallaba localizada en una cuesta muy empinada por lo que los carros debían aminorar la marcha con bastante antelación si no querían seguir de largo hasta la cima de la montaña para tener la opción de corregir el rumbo. Tras sortear un cartel con el nombre de la propiedad, se accedía a una carretera secundaria que descendía unos cien metros hasta una explanada habilitada para servir de estacionamiento a los vehículos justo al frente de la casa. Ludwig en este punto ya le había advertido a Andrea sobre la afición de su padre por cultivar orquídeas y bromelias. La construcción de piedra, de una sola planta, se hallaba repleta de estas matas exóticas. Flores moradas, blancas y amarillas se esparcían, por aquí y por allá, tanto en potes de arcilla como en troncos, eso no era más que el entremés de lo que podía contemplarse sin esfuerzo desde una terraza descubierta en el ala sur de la casa. Desde allí, ondeaban algunas banderas curiosas… Junto al águila del Reich alemán, el viento sacudía una tela con tres franjas horizontales, aquella del medio, se tornaba más negra que la misma noche mientras, la de arriba y la de abajo, eran blanquísimas. Definitivamente, Andrea jamás había visto un estandarte parecido y su curiosidad se vio bien recompensada cuando el joven Ludwig le contó que se trataba del pabellón de la provincia de Posen, perteneciente a Prusia y parte del imperio alemán, con una superficie de 29000 kilómetros cuadrados.
En todo caso, no fueron las banderas las responsables de capturar la atención de Andrea, sino los extensos invernaderos que se sucedían colina abajo. Ellos parecían tablones blancos flotando en una inmensidad verde.
—Así que tú eres la responsable de que Ludwig viva soñando despierto —interrumpió una voz seca desde el porche de la casa.
—Andrea, te presento a mi padre, Dieter Liebe —habló Ludwig, acercándose a un hombre de tez muy blanca, poblada cabellera y unos ojos que se esforzaban por contener la profundidad del mar.
La joven permaneció durante algunos segundos anclada al pétreo suelo que la separaba de la puerta principal de la construcción. Parecía que no podía moverse… Tal vez, la dulzura que exhibía el rostro de aquel anciano contrastaba abiertamente con el tono de su voz, por instantes sombrío y autoritario.
—Bueno, jovencita, parece que hubiese visto un fantasma —agregó Dieter, mientras daba dos pasos para acortar la distancia entre ambos.
—No, disculpe, solo debe ser el calor y el aroma de las plantas, estoy lejos de entender lo que me sucede.
—Es normal, cuando se conocen a los parientes de quien hemos resuelto elegir de pareja, pero no te quedes ahí parada y ¡dame un abrazo! —continuó Dieter, mientras extendía los brazos.
Andrea respiró y, llenándose de nuevos bríos, abrazó al padre de Ludwig. Los cenizos cabellos del hombre rozaron su cuello y, casi de inmediato, la joven pudo percibir aquel perfume con acentos cítricos que le recordaba a los frascos de colonia de Roger & Gallet. Luego, todos entraron a la casa… La madera y la piedra parecían ser los elementos resaltantes de aquella construcción que dejaba en el ánimo la desleída percepción de haber traspasado el umbral de una cabaña de montaña. Muchos libros descansaban sobre las estanterías empotradas en los muros y una chimenea, sin duda desproporcionada respecto al tamaño de la casa, presidía el salón. Allí, sobre una repisa, Andrea vio una antigua fotografía que mostraba a un grupo de muchachos con camisas marrones claras y pantalones cortos que, además, llevaban pañoletas colgadas al cuello, al estilo de los «scouts». Dieter, al intuir el interés de la joven, habló pausadamente:
—Soy yo en 1933. Aunque usted no lo crea, en ese campamento nació en mí el amor por la naturaleza, el respeto a las tradiciones y, por supuesto, el aprovechamiento de la fuerza física. Tenía quince años.
—También yo quise pertenecer a un grupo excursionista, pero mis obligaciones… —añadió Andrea antes de que Dieter la interrumpiese.
—De lo que se trata aquí es de una cuestión de sangre, de la superioridad de la raza aria, noble por naturaleza —intervino Dieter, cerrando los puños y abriendo sus ojos más allá de lo normal, destacándose enseguida por adquirir una coloración rojiza.
Un escalofrío sacudió el cuerpo de Andrea, al tiempo que su corazón latió con mayor fuerza dificultándole el habla. Ludwig sería el encargado de cambiar la situación posando su mano izquierda sobre el hombro de la muchacha, mientras añadía:
—Papá, deja tus historias para la sobremesa. ¿Qué va a pensar Andrea de nosotros? Mejor háblale de tu especialidad: el haxe con patatas fritas.
—Tienes razón, hijo, los mayores nos aferramos a viejos recuerdos y cosas sin importancia. Jamás probará una rodilla de cerdo como la mía.
—Me disculpo por mi ignorancia, señor Dieter, no quise ser descortés… —habló Andrea casi susurrando.
—En realidad, la falta ha sido mía… Como supondrá usted, no recibimos muchos invitados y caemos en la tentación de creer que todos comparten nuestra forma de pensar. Solo se puede amar lo que se conoce. Como dijo una mente superior: «Quizás la más grande y mejor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia».
—¿Quién dijo eso? —preguntó Andrea, mientras Dieter dejaba escapar una leve sonrisa.
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