El viernes de esa semana, se encontró con Andrea en la Feria de Comida de un centro comercial tapizado íntegramente por paneles de vidrio templado, como suelen ser estas catedrales del merchandising . Para nadie era un secreto que su trabajo en la peluquería dependía de la llegada de los clientes y, en esta particular época del año, los negocios habían disminuido las ventas debido a la contracción de la actividad económica general. Es más, el acuerdo que mantenía Judith con sus jefes le permitía ausentarse del lugar por unas horas, siempre y cuando estuviese disponible alguien para reemplazarla con el secador de pelo y las tijeras. Esa tarde, le pediría el favor a su amiga Karla, quien se alegró ante la posibilidad de beneficiarse con alguna propina adicional.
Lo cierto es que, a la una en punto, las hermanas se reunieron con la simple excusa de almorzar fuera de casa. A Judith le apetecía una hamburguesa con queso derretido y lonjas de tocineta servida entre dos panes enriquecidos con semillas de ajonjolí. Como aderezo, un chorro de salsa de tomate y algunos puntos de mostaza de Dijon. Andrea, por su parte, optó por una combinación más saludable… En un autoservicio, eligió una pechuga de pollo a la plancha, acompañada con puré de patatas y vegetales cocinados al vapor a los cuales se les había añadido un toque muy bajo de sal. El menú no estaría completo sin dos vasos de refresco repletos de hielo picado y, como la tradicional guinda del pastel, una porción de Charlotte de frutos rojos para compartir.
—Deberíamos hacer esto más a menudo… —admitió Andrea deslizando un trozo de pollo por el puré de patatas.
—Es cierto y, la próxima semana, procuraré fastidiarte cada día siempre que no esté en la sala de masajes o relajándome en la piscina, ja, ja, ja.
—Deja de fumar cosas extrañas, la locura hay que mantenerla a raya pues, de lo contrario, acabará dominando cada aspecto de tu vida —habló Andrea mostrando un cierto aire de extrañeza.
—¡Ay, hermanita! Esos eventos peculiares son los que hacen a la vida tan atrayente. ¡Qué me dirías si te enteraras hoy que sales de viaje en… digamos cuarenta y ocho horas!
—Diría, simplemente, que tus desvaríos mentales han llegado al extremo de ser peligrosos.
—Ja, ja, ja. —Rio Judith mientras bebía de su refresco y se reclinaba sobre la silla—. Pues, todo está decidido y… tenemos una semana pagada en un reconocido y costosísimo spa que ofrece los beneficios de sus aguas termales para disminuir el estrés, relajar los músculos, retrasar el envejecimiento y oxigenar la sangre.
—¿Cómo piensas que podremos pagarlo? Tal vez, reuniendo cupones de descuento de las cajas de cereal o, mejor, peinando a celebridades que desfilan en la alfombra roja de los Premios de Cine de la Academia.
—Deja la ironía, Andrea, un importante patrocinador quiere que hagamos este viaje y, después de almorzar, iremos por abrigos nuevos.
—Entonces va en serio la cosa.
—Totalmente.
—Pero… mi trabajo, mi novio, mis… —balbuceó Andrea antes de ser interrumpida por Judith.
—Todo arreglado, hermanita, no puedo dar más detalles, pues he prometido guardar silencio, hasta que… —Judith calló por un segundo aspirando el aire exterior— llegue el momento.
Las hermanas terminaron su comida y, acto seguido, descendieron al piso inferior usando las escaleras mecánicas. A esta hora, el centro comercial se hallaba abarrotado de personas que, tras el almuerzo, retornaban a toda prisa a sus trabajos. Ellas entraron a una tienda por departamentos localizada al final de un ancho pasillo, justo entre los sanitarios y una librería. Los exhibidores metálicos, repletos de ganchos de ropa, parecían osamentas en las que se bamboleaban: vestidos, camisas y abrigos de lana. Las chicas querían verlo todo de golpe, descolgando cada prenda para revisar su composición, talla y recomendaciones de lavado. Parecía que nada pasaba inadvertido para estas hermanas, concentradas en elegir la mejor opción, siempre al menor precio. Ellas, iban y venían, llevando fardos de prendas a los probadores y contemplando su imagen reflejada en los espejos. Ser coqueta no era un pecado, más cuando les esperaba una aventura singular en las montañas. Andrea terminó eligiendo una gabardina, un par de pantuflas decoradas con corazones bordados, y una blusa blanca elegante de seda natural, provista de botones dorados y un lazo en cinta de raso negra rematando el cuello. Judith, en cambio, se inclinó por los pantalones vaqueros, las franelas y las medias tobilleras. Como podría refrescar el clima durante las noches debido a la altura, incluyó entre sus preferencias un suéter con el tradicional «cuello de cisne», es decir: bastante ceñido, redondo y alto que, por sus características, se podía doblar para cubrirlo en las prendas de este tipo. Los colores de la temporada eran oscuros, pues todavía no salían al mercado las novedades que traía la primavera. En pocos minutos, Andrea y Judith reconocieron las bondades de usar el nuevo límite que el banco le había aprobado a su tarjeta de crédito. Así que, no dejaron ni un solo centavo congelado, repitiendo, casi al unísono, una frase que más se equiparaba a un eslogan publicitario que a una simple exposición de motivos: ¡a gastar que el mundo se va a acabar!
El tren llegó a la pequeña estación, después de sortear algunos túneles excavados entre las montañas. La estampa de los rieles de acero y sus durmientes excitó la imaginación de Judith, quien no deseaba perder ni un segundo para remontar los escalones que separaban al vagón del andén. Usando ambas manos se acomodó las gafas que destacaban su montura de carey mientras, con un giro de la muñeca izquierda, rodó la maleta de tela sobre el alfombrado suelo hasta su asiento, el número treinta y cuatro, a un costado de la ventanilla. Andrea la seguía a corta distancia, repasando con la vista los números de las butacas a fin de cotejarlos con aquel impreso en los boletos. Poca atención le prestó al grupo bastante heterogéneo de personas que permanecían en el interior del vagón a la espera de continuar su viaje. En su mayoría, se trataba de obreros que acudían a sus trabajos en las fábricas vecinas y de comerciantes con sus bultos de ropa y telas destinadas al mercado local. Después de todo, era época de estrenos tras las festividades decembrinas, y cada cual procuraba hacerse con una ganga a comienzos del nuevo año. Andrea y Judith no dudaron entonces en su elección, pues era tiempo de adelgazar los kilos de más ganados durante el asueto.
El vagón estaba dividido en compartimientos, de cuatro butacas cada uno. Andrea y Judith ocupaban asientos contiguos enfocados directamente hacia la locomotora, mientras que una curiosa pareja les daba el frente como en actitud de compartir una amena sobremesa. De hecho, entre las hermanas y sus compañeros de viaje tan solo se disponía un tablón adherido al suelo del vagón mediante un tubo de metal cromado. Judith fue la primera en presentarse, cuestión que no era de causar ninguna sorpresa dado su temperamento guiado más a la acción que a la reflexión. Andrea, por su parte, se dejó caer en la butaca con enorme estruendo como si se tratase de un pesado fardo de leña que se precipitaba sobre la mullida tapicería desde una gran altura. Definitivamente no tenía ganas de hablar más allá de lo necesario. La pareja que les acompañaría durante todo el recorrido sobrepasaría los setenta años y, por su aspecto, podría deducirse que provenían del sur del continente. Exhibían un refinamiento muy demodé en este nuevo siglo con la atención siempre puesta en los detalles.
Sonia se había casado con Héctor tras el final de la Segunda Guerra Mundial. De contextura menuda, su rostro exhibía unos expresivos ojos de un negro intenso. La nariz poseía la particularidad de no sobresalir demasiado del rostro mientras que la boca parecía calcada de un cuadro antiguo, formada por desleídos trazos de un pincel. Vestía para la ocasión un traje enterizo de color rosa y un suéter tejido a mano que evocaba la piel de un ratón. Por debajo de su asiento reposaba una maleta de tela guarnecida por bisagras doradas y un cerrojo con combinación de tres dígitos. Héctor, por su parte, exhibía un sombrero tirolés, de característica forma «trilby», confeccionado en fieltro y adornado con una pluma. Sus facciones eran más bien toscas y la característica sobresaliente de su indumentaria parecía ser el simple descuido empeñado en la propia elección de cada prenda, siendo una mezcla bastante dispar de elementos que dejaba en claro un rasgo de su carácter, la rudeza propia de un hombre del campo.
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