Aunque a esas alturas tenía la cabeza más despejada, descubrí que las circunstancias para la escritura no eran —y ya nunca serían— aquellas a las que estaba acostumbrada. Durante el día tenía que hacer frente a las interrupciones constantes, al enojo que me generaba la imposibilidad de concentrarme de manera continua en la escritura, a las ganas de azotar la computadora contra el piso y rendirme; durante la noche, aunque podía conseguir más calma, tenía que vencer el cansancio de la jornada, luchar contra las ganas de cerrar los ojos y rendirme. Al final no me rendí, por eso también estaba contenta.
En 2019 volví al trabajo como editora, escribí dos cuentos más y los cuatro primeros capítulos de una novela. También me embaracé por segunda vez. La diferencia es que ahora estaba preparada para el cambio de ritmo, podía aceptar que mis procesos mentales serían distintos y por lo tanto pude adaptarme a ellos sin pelearme conmigo misma. También estuve dispuesta a parar cuando fue necesario sin pensar que eso significaba una renuncia y, lo más importante, no necesité hacer nada que «valiera la pena» para justificar mi existencia, ni enfrascarme en rutinas domésticas para acallar el dolor por la pérdida de mi yo creativo, al que tampoco di por muerto.
También ocurrió otra cosa en esos tres años, entre un embarazo y otro, que me hizo ver el proceso de una manera distinta: la revaloración de los trabajos de cuidado. Ahora sé que mi desasosiego al enfrentarme a la maternidad por primera vez y sentirme imposibilitada para la vida pública se debió en parte al poco valor que yo misma atribuía a lo doméstico. Esto es algo que tengo que agradecer a la cuarta ola del feminismo, tan presente en las redes sociales, a las mujeres que en los años recientes han puesto sobre la mesa sus reflexiones en torno a la maternidad y al cuidado de los hijos: la gestación importa porque en ella está sustentada la supervivencia de la especie; la crianza importa porque en ella está basada la construcción, preservación o transformación de las estructuras sociales. Son tan importantes que deben ser un trabajo colectivo. La maternidad, más que ninguna otra experiencia de mi vida, me ha permitido entender lo que significa que lo personal es político.
Aun así, en casi cuatro años, en lo poco que he escrito, no hay una sola palabra dedicada a la maternidad. Incluso ahora, en el terreno de la ficción, no sabría cómo acomodar la experiencia de convertirse en madre dentro de una historia sin sentir que me estoy desviando de lo importante. Como si para esa parte de mí que escribe, lo personal, lo íntimo, lo privado, lo materno, siguiera sin tener la menor importancia.
Tengo claro que hay una noción de lo literario, construida desde una perspectiva masculina, en la que la guerra y la muerte se consideran más universales que la gestación y el parto; sin embargo, me atrevo a decir, pocas experiencias en la vida te confrontan tanto con tu propia naturaleza y te muestran con tanta claridad tu fragilidad o fortaleza emocional y física como el embarazo, el parto y la crianza; pero es más fácil, lo digo por mí, hablar de lo público, aunque se trate de la violencia más descarnada, que encontrar palabras para nombrar las contradicciones que te asaltan cuando te conviertes en madre y descubres que no es el estado idílico que te habían prometido.
La literatura tiene una deuda con el yo materno, por un lado porque primero fueron los hombres los que crearon el canon literario y en él se obviaron temas que sólo competen al cuerpo y la mente de las mujeres; por el otro, porque al principio las mujeres reproducíamos la narrativa masculina en torno a la vida pública y privada que habíamos asumido como natural aunque nuestra propia experiencia dijera lo contrario. Son pocas las autoras, todas ellas —hasta donde estoy enterada— feministas de la segunda mitad del siglo XX en adelante, que se han atrevido a hablar de este quiebre en la existencia de una mujer, de esta reconfiguración de la propia identidad, de la ambivalencia de emociones que trae aparejada.
No sé si yo, alguna vez, escriba sobre la maternidad —por ahora no se me dan las historias intimistas ni la autoficción, y el tema del yo materno es necesariamente íntimo y autorreferencial—, lo que sí estoy haciendo es reescribiendo mi yo: un yo que solía ser escritora, un yo que pensó que podía ser escritora y madre, un yo que pensó que sólo podía ser madre, un yo madre que descubrió que aún podía escribir: aunque sea poco, pero escribir; aunque sea lento, pero escribir; aunque sea cansada, pero escribir.
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