Carlos Velázquez - El pericazo sarniento

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El pericazo sarniento es un ensayo personal, el relato sin contemplaciones de un adicto a la cocaína. Carlos Velázquez ha logrado contar su paso por el infierno con una prosa dura, directa. La mente del adicto es un misterio y Velázquez emprende ese viaje al fondo de la noche y él regresa con este poderoso libro de memorias. La droga es un paraíso artificial y un infierno real, ese reloj que marca la hora del placer cuando la coca entra al cuerpo, la desesperación por la ausencia de la grapa, la ansiedad de un nuevo pase, la aventura de la compra en barrios donde el adicto se juega la vida. No hay ironía sin melancolía, este es el péndulo en el que oscilan estas páginas magnéticas. Escritor de tonos altos y diversos registros prosísticos, Velázquez cuenta también el día en que Torreón se convirtió en la ciudad más violenta de México, la noche en que Los Zetas entraron a sangre y fuego para pelear ese territorio que le pertenecía a los socios del Chapo Guzmán. El pericazo sarniento es también el relato crudo de la Guerra del Narco en el Norte de México. Un escritor no debe detenerse ante ningún tema, su vocación última es el riesgo emocional. Así ejerce su libertad Velázquez en este relato único en nuestras letras: traer del más allá una muestra de las regiones oscuras de uno mismo, pero también un trozo de la vida misma. —Rafael Pérez Gay

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Quique era más grande que yo. Yo era un niño. Con un chor y unos Jordan 94, en la sala de uno de nuestros más ilustres capos. La transacción, como todas las que se dan en el narcomenudeo fue express. Tres minutos después bajamos del cerro con la coca.

Cuando estalló la guerra vs. el narco pensé mucho en la visita a la casa del César. Me impactó a la distancia porque yo siempre me había quejado de que nunca pasaba nada, pero era al contrario, ocurría todo. Y yo estaba ahí, en el epicentro del desmadre.

En una ocasión Alejandro Almazán me preguntó por qué no había sido narco. La respuesta no la sé. Lo que sí sé es que de haberme decidido a serlo, estaba en el mejor lugar para que me apadrinaran.

La mente es una broma

Si existe una obra sobre la adicción con la que pueda sentirme identificado es Candy de Luke Davies. Como todo contraculturoso leí a Burroughs, pero fue Davis el que hizo que me sudaran las manos con su novela.

Como los protagonistas de Candy , para mí el choque con la droga fue el acontecimiento de mi vida. Entrar en contacto con la cocaína por primera vez es una experiencia inestimable.

La coca es como el amor. Cuando te enamoras de una mujer deseas estar pegado a ella todo el tiempo. Después vienen los contratiempos, pero en una primera instancia, hay que decirlo con todas sus palabras: todo es perfecto.

Dice Burroughs que no es fácil convertirse en un adicto a la heroína. No sé en qué momento me enganché a la coca, sé que de repente mi vida entera giraba en torno a ella.

Si me iba a dar un baño, me daba una línea. Se presume que el agua fría te corta el efecto, yo creo que es un mito, como el de que la leche también te lo corta, yo creo que te pega de manera distinta.

Si salía de bañarme, me daba una línea. No existe nada, hasta la fecha, que disfrute más que darme una raya con la toalla todavía anudada a la cintura.

Si iba a coger, me metía coca. Es cierto que con coca el pito no se para. Depende de la cantidad. Un par de líneas no cortan el apetito sexual. El problema es que después de una segunda viene la tercera y ya te chingaste. Cuando he sido capaz de contener mi consumo, me preparo mis cocteles. Dos líneas no muy gordas, nada de orugas albinas, un suero, para mantenerme hidratado, y diez miligramos de Sidernafil, Viagra, Cialis, Levitra o la marca que se les antoje y a coger toda la noche.

Para salir a la calle, me metía un pase. Porque llegaba a la casa, esnifaba. Es como volver a nacer. Quieres hacer todo bajo la luz de la cocaína, para redescubrir el mundo bajo los efectos de la sustancia.

La coca es una amante caprichosa. No existe mejor compañero para el fifí que el destilado. Whisky con soda es un lugar común, sí, pero es un clásico. Lo he constatado. En general la he mezclado con todo. Con cerveza se lleva bien. Con tinto es un error. Existió un lapso en que la coca se puso tan celosa que no me permitía combinarla con nada.

Sólo toleraba la cocaína. Nada de alcohol. Lo que por supuesto tiene su costo. Para un alcohólico como yo es necesario estar cerca del alcohol. Me proporciona descanso. Muchas veces me ha ocurrido que la coca deja de pegarme. Me meto y ya no me corta la peda. Y pedo duermo. Coco jamás. Por fortuna salí de aquel bache. La coca te induce a mecánicas inextricables. Superado el enamoramiento con el polvo, el sexo pasa a ser algo estorboso. El hipotálamo sólo desea vibrar con droga, a la mierda el placer sexual.

El sexo estorba, el porno acompaña.

El cocainómano es un ser solitario por antonomasia. Incluso antes de entrar en contacto con la droga. Consumirla exacerba su soledad. El mariguano no soporta fumar a solas. Necesita de la cofradía.

Y cuando el coco entra en modalidad de aislamiento no hay nada que entretenga excepto la pornografía. No se puede uno retirar a jugar solitario, leer un libro, ver una película. No. Pero sí a ver gente cogiendo. La maldita pantalla total de Baudrillard. Y por supuesto que no te masturbas. Tu miembro no respondería ni a Kendra Wilkinson de las Conejitas de Hugh Hefner. El porno te exime de enfrentarte a todo aquello que no debes enfrentar bajo los efectos de la coca. Que es tu propia mente.

La mente es una broma. Y la mente intoxicada puede ser una fuente de angustia o de diversión. Si te estás divirtiendo adelante, pero si te vas a poner paranoico, lo mejor es distraerte. Y para eso el porno es ejemplar.

Una muestra de por qué la mente es una broma y cómo funciona. En un viaje a Hermosillo un amigo, Óscar David López, ingirió varios gramos de cocaína. Transitábamos apretujados en el vocho de la novia de Mariano Sosa, un locazo, y una patrulla se nos puso detrás. Pero no nos perseguían. Instantes después nos habían rebasado. Era demasiado tarde. Óscar se había tragado la coca.

Como no surgía el valiente que lo llevara al hospital, le urgía un lavado de estómago, Óscar decidió comerse unas pastillas Halls porque le cortarían el efecto de la coca. No creo que le quitaran el avionazo que traía, sudaba como sentenciado a la horca. Pero no pasó a mayores. Claro que se puso hasta la madre. Las Halls no impidieron que se pasoneara. De ser así no habría muertes por sobredosis y la venta de las pastillas se habría triplicado desde hace chingos de años.

Así juega la mente. Y existe nostalgia en todo adicto por los primeros días en que entabló su relación con la coca. Yo extraño los días en que no me incordiaba para nada. En los que podía consumir sin culpa. Es decir: cuando no tenía una hija.

Conozco personas que nunca han tenido dificultades con la coca. No los envidio. Los compadezco. Pero qué güevos. Amigos míos a los que un gramo les dura dos días. Que se administran de manera quirúrgica. Que van al baño y se meten una puntita cada dos o tres horas. Y uno que es un atascado se mete todo el gramo en cuarenta y cinco minutos y luego anda rogándole a estos monaguillos de la sustancia por un piquito, una esquinita, una puntita.

Me he peleado tanto con la coca a lo largo de mi vida, y por supuesto que hemos tenido sexo de reconciliación. Tengo tanto que reprocharle, aunque también estoy en deuda con ella por aquellos primeros días.

Recuerdo que hasta me creí el mito de que había que ponerse coca en el pito para coger por el culo. De aquella noche sólo me queda el reclamo de la morra que me la mamó toda flácida sin lograr resucitarla.

Sabe a medicina, me dijo.

En las cantinas dejé mis primaveras

Entré a una cantina por primera vez al año de edad. Mi padre solía sentarme sobre la barra. Yo no lo recuerdo. Me lo ha contado mi madre.

Nací a unas calles del sector cantinero de Torreón. El Gota de Uva y El Club Laguna eran lugares legendarios que frecuenté apenas rompí la barrera de la mayoría de edad.

El Pit, Tomasito, El Caballo y yo éramos asiduos a Los Pinos. Nos presentábamos en chor y tenis de básquet a bailar con las ficheras. En lugar de tomarlas por la cintura yo imitaba a Jim Morrison en su baile indio. Mientras pagaras, las ficheras no protestaban.

En una de mis expediciones a Los Pinos conocí a La Yoya. A mí me encantaba su nombre porque me recordaba al yeyo. No me enamoré, no era Henry Miller. Pero toda puta descarriada siempre adopta a un bueno para nada como uno. A la cuarta o quinta visita dejó de cobrarme la fichada. Y un día, me propuso que cogiéramos.

La Laguna era un parque de diversiones para borrachos. Cuando se terminaba la fiesta en Torreón, cruzaba el puente y me entregaba a los brazos de Gómez Palacio. Su zona industrial era una pequeña Tijuana. Presumía de congales sensacionales. Uno era el Imagina. Donde aventaban coca a lo pendejo. Gómez tenía los mejores teibols de la región. En Torreón sólo el Ay Nanitas, que terminaría siendo rafagueado, podía competirle.

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