Luis N. Rivera Pagán - Historia de la conquista de América

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Historia de la conquista de América describe los debates e investigación histórica de los pueblos americanos y su proceso de colonización y conquista. Debates de la conciencia ética de España como: la toma de posesión armada de pueblos y tierras, la equidad de servidumbre impuesta a los indígenas, la cristianización pacífica o forzada.
En su libro Historia de la conquista de América: Evangelización y violencia Luis Rivera Pagán nos describe cómo este libro se concibió en medio de los intensos debates sobre el quinto centenario del «descubrimiento de América». Esos debates estimularon y fertilizaron la investigación histórica sobre los pueblos americanos. También propició la publicación de grandes textos relativos al descubrimiento y la conquista, algunos inéditos durante varios siglos.
El libro se divide en tres partes. La primera -Descubrimiento, conquista y evangelización- relata los hechos desde una perspectiva crítica, ante la cual se desvela el vínculo íntimo entre el descubrimiento y la conquista, como una toma de posesión de tierras y personas, legitimada por conceptos, imágenes y símbolos religiosos. La segunda -Libertad y servidumbre en la conquista de América- analiza los elementos centrales de la gran porfía teórica de la conquista: la licitud de la abrogación de la autonomía de los pueblos aborígenes y los sistemas de trabajo forzoso -esclavitud y encomienda- que se les impuso, tanto a ellos como a las comunidades africanas que se importaban en gran número, como seres desprovistos de libertad política y autonomía personal. La tercera -Hacia una crítica teológica de la conquista- intenta desarrollar justamente lo que su título sugiere: una evaluación no panegírica de la conquista a la luz de los conceptos, imágenes y símbolos evangélicos que ella misma enarboló como su paradigma de legitimidad.

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España e Hispanoamérica celebraron en 1992 el quinto centenario del “descubrimiento” de América. Eso motivó un intenso debate. 2Dos preguntas se reiteraron de diversas maneras. ¿Se puede hablar propiamente de un “descubrimiento”? ¿Hay algo que realmente se deba “celebrar”?

¿Se trató realmente de un descubrimiento? Solo si adoptamos la perspectiva provincial de la cristiandad, enclaustrada en el continente europeo, a fines del siglo decimoquinto. En esencia, sin embargo, la propiedad de este concepto es harto problemática. Los territorios a los que arribaron los españoles habían sido descubiertos, encontrados y poblados muchos siglos antes, por quienes moraban en ellos (sin aludir a los enigmáticos viajes de los normandos en el siglo once). Las naves que arribaron, el 12 de octubre de 1492, a Guanahaní no encontraron una isla desierta. Hablar de descubrimiento, en sentido absoluto y trascendental, supondría la inexistencia previa de historia humana y cultural en las tierras encontradas, algo absurdo que revelaría un arraigado y anacrónico etnocentrismo.

Además, todo el proceso está matizado por la sublime ironía de que Cristóbal Colón no alcanzó lo que realmente buscaba y llegó a donde no pretendía. Jamás el Almirante entendió la naturaleza de su famoso “descubrimiento”. Hasta el fin de sus días, en 1506, se aferró obsesivamente a la noción, para entonces ya obsoleta, del carácter asiático de sus hallazgos. 3Colón “muere creyendo haber alcanzado su sueño... navegar de Europa a la India” 4.

Su intención es descrita así por fray Bartolomé de Las Casas:

Lo que se ofrecía a hacer es lo siguiente: Que por la vía del Poniente, hacia el Austro o el Mediodía, descubriría grandes tierras, islas y tierra firme, felicísimas, riquísimas de oro y plata y perlas y piedras preciosas y gentes infinitas; y que por aquel camino entendía toparse con tierra de la India, y con la gran isla de Cipango [Japón] y los reinos del Gran Khan 5.

Es absurdo celebrar un evento que en la mente de su principal protagonista revistió un significado sustancialmente diferente de lo ocurrido. Se desembocaría en la extraña condición de festejar una colosal incoherencia entre evento y conciencia, realidad e interpretación, lo que Consuelo Varela ha catalogado de “claro desajuste entre la capacidad cognoscitiva [de Colón] y el mundo circundante [americano]” 6.

Esa disparidad entre lo encontrado y la percepción colombina aumentó con el tiempo, como lo demuestran su posterior teoría de encontrarse muy cerca del paraíso terrenal del Génesis bíblico (en el lugar por él nominado “Isla de Gracia”) 7; su febril carta de julio de 1503, perdido en Jamaica, cuando tras reiterar su convicción de la cercanía del Edén, asevera también estar próximo a las legendarias minas del rey Salomón, de donde se obtuvo el oro para edificar el templo a Dios 8; y su obstinada insistencia en el carácter peninsular, y, por tanto, de tierra firme asiática, de Cuba. 9

Colón parece haberse mantenido inmerso en la medieval concepción del carácter triádico del orbe terrestre, el orbis terrarum . Esta noción es, en realidad, de carácter más teológico que cosmográfico. Pertenece a la larga lista de reflejos o imágenes de la trinidad divina, que ocupó a tantos teólogos medievales.

Edmundo O’Gorman ha desarrollado brillantemente una aguda crítica a la idea del “descubrimiento de América” 10. Puede aprobarse esta mordaz crítica sin necesidad de aceptar la posterior tesis de O’Gorman, inmersa en arraigado etnocentrismo occidental, de que la “invención de América”, junto al desarrollo del hemisferio septentrional de esta, sea “el doble paso, decisivo e irreversible, en el cumplimiento del programa ecuménico de la Cultura de Occidente... único con verdadera posibilidad de congregar a los pueblos de la Tierra bajo el signo de la libertad” 11.

Monumento indeleble a la incoherencia de la tesis del “descubrimiento” colombino es el hecho de que las tierras supuestamente descubiertas por Colón se nominaron no en honor a su supuesto primer encontrador, sino a quien por primera vez las concibió como mundus novus o Nuevo Mundo: Américo Vespucio. Lo que dice Vespucio, en carta fechada en 1503, es lo siguiente:

Es lícito llamarlo un nuevo mundo [ novum mundum ]. Ninguna de estas regiones fue conocida por nuestros antecesores, y para todos los que se enteren será algo novísimo. La opinión de la mayoría de los antiguos era que allende la línea equinoccial y hacia el meridiano no había tierra, sino mar, que llamaban Atlántico; y si alguno afirmaba haber ahí algún continente, argumentaba con diversas razones que debía estar inhabitado. Pero esta opinión es falsa y opuesta a la verdad. Mi último viaje lo ha demostrado, pues he encontrado un continente en esa parte meridional, más poblado y lleno de animales que Europa, Asia o África 12.

Fue esta la primera vez que se identificaron las tierras encontradas como un Nuevo Mundo, un cuarto continente distinto a los tres ya conocidos. En 1507, la cartografía de Martín Hylacomilus Waldseemüller, incluida en el texto científico titulado Cosmographiae introductio , que también reproduce correspondencia de Vespucio, consigna, a manera de sugerencia, por primera vez el nombre de Américapara las tierras encontradas: “Et quarta orbis pars, quam, quia Americus invenit, Amerigam quasi americi terram sive Americam nuncupare licet” (“Y la cuarta parte del mundo, ya que Américo la ha descubierto, sería lícito llamarla Amériga o América”) 13. Por su parte, Colón nunca tuvo una idea clara y cierta de lo que había encontrado. Las tierras halladas por el Almirante, y sus habitantes, se mezclaron confusamente con sus fantasías, mitos, utopías, ambiciones y su febril providencialismo mesiánico.

La carta Mundus Novus se hizo extremadamente popular y se editó y tradujo repetidamente. De ella escribe el historiador Stefan Zweig varias líneas que ameritan extensa cita:

[Tuvo] una influencia histórica mucho más trascendental que la de todas las demás relaciones, incluso la de Colón; pero la verdadera celebridad y la verdadera trascendencia del diminuto folleto no se deben a su contenido... El suceso propiamente dicho de esa carta es —cosa extraña—, no la carta misma, sino su título, las dos palabras, las cuatro sílabas, que produjeron una revolución sin precedentes en el modo de considerar el cosmos... Estas palabras, pocas pero decisivas, hacen del Mundus Novus un documento memorable de la humanidad; constituyen la primera proclamación de la independencia de América, formulada doscientos setenta años antes que la otra. Colón, que hasta la hora de su muerte vive en la ilusión de haber llegado a las Indias al poner el pie en Guanahaní y en Cuba, hace, mirándolo bien, que el cosmos se presente más estrecho a sus contemporáneos, a causa de esa ilusión suya; Vespucio, que invalida la hipótesis de que el nuevo continente sea la India, afirmando categóricamente que es un nuevo mundo, es el que introduce el concepto nuevo y válido hasta nuestros días 14.

A los cronistas y juristas españoles les hizo poca gracia la rápida popularidad del nombre América, que se adoptó inicialmente por los países no hispanos y por siglos fue resistido por los castellanos. Incluso Bartolomé de Las Casas truena contra el hábito creciente de llamar América a las “Indias” 15. “Se le usurpó lo que era suyo, al Almirante D. Cristóbal Colón... cómo le pertenecía más a él, que se llamara la dicha [tierra] firme Columba, de Colón, o Columbo que la descubrió... que no de Américo denominarla América”. No parece darse cuenta de que el elemento crucial no fue quién llegó primero, sino quién la concibió inicialmente como un continente distinto al medieval triádico orbis terrarum Europa-África-Asia 16.

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