Javier González Alcocer - Claroscuro

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En el instituto Jorge Manrique aún recuerdan a los alumnos de bachillerato que desaparecieron en su viaje de fin de curso, y sin esperarlo, tras dos décadas de incertidumbre, se localizan los restos del autocar… La investigación policial, archivada hace años, se pone en marcha de nuevo con el inspector Javier Tordo al frente de su equipo, tratando de desentrañar qué ocurrió en este caso que quedó sin resolver.
Con el dinamismo narrativo que caracteriza al autor, esta novela desgrana una trama complicada, que encara situaciones motivadas por la venganza, el dolor del recuerdo, la impotencia, o el engaño como forma de vida, llevando a los personajes a tomar decisiones, a veces, insostenibles.

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—Carlos Gómez de Vivar, nacido el ocho de julio de mil novecientos setenta —añade realizando una rápida cuenta—: Ahora tendría treinta y siete años.

Sale del vehículo y regresa al recinto; Paloma, que le ve acercarse, acorta el camino andando hacia él.

—No hemos encontrado más —lo dice adivinando su interpelación, antes de que la pronuncie.

Javier sonríe un instante ante la presunción de ella al adivinarle el pensamiento, y deja escapar otra pregunta:

—¿Siempre adivinas?

—En muchas ocasiones interpreto a la perfección mi papel —no hay vanidad en su voz, sino algo más esquivo.

Javier, sin dejar de mirarla, saca su teléfono móvil. Se pone en contacto con su comisaría y pide a un compañero que introduzca en el ordenador el nombre que aparece en el carnet de identidad.

—Desaparecido en el año 1987 —es la contestación que recibe de Luis, un subinspector de mediana edad al que Javier puede imaginar colocándose las gafas de pasta para leer en la pantalla del ordenador—. ¡Coño! —exclama la voz que le llega al tímpano del inspector.

—¿Qué pasa, Luis? —inquiere Javier, ahora puede verle pasándose la mano por el mentón, en el que luce una eterna perilla de color rojizo.

—Este es uno de los que iba en aquel autobús que nunca se encontró.

—Refréscame la historia, no recuerdo ese asunto —Javier busca en su memoria, pero sabe que hace veinte años, todavía le quedaban dos para entrar en el cuerpo.

—Hace dos décadas, una clase de chavales de instituto se iban de viaje, pero desaparecieron, ellos y el transporte en el que iban —Javier empieza a recordar, lo leyó en los periódicos, que lo calificaban como el caso más trágico acaecido en España. Un asunto polémico, que aglutinó hojas y hojas de prensa; la falta de pruebas y el tiempo lo fue arrinconando en el olvido.

El inspector sabe que Luis es un hombre práctico, poco dado a los detalles, por lo que decide hacerle una petición más:

—¿Cuántos integraban el viaje?

Un momento de silencio antes de responder, el tiempo que tarda el subinspector en encontrar el dato:

—Treinta y siete alumnos, una profesora y el conductor.

—Gracias, Luis —Javier no desea que su compañero le haga preguntas, de ahí lo rápido que corta la comunicación.

Durante la conversación, Paloma no ha dejado de mirarle. Ahora que el inspector ha colgado, sus ojos castaños le interrogan.

—Tienes que encontrar catorce cráneos más —da un paso hacia ella, y mesurando la voz añade—: Y un autocar.

Paloma no dice nada, al cabo de un momento gira la cabeza en ambas direcciones; ella también identificó los restos diseminados como piezas de vehículos.

El juez Joaquín San Pedro lleva entre sus labios una pipa apagada, regalo de Navidad de su mujer e hijos; no tiene humor para fumar, pero el gesto de colocarla en su boca ha sido mecánico.

Son las nueve de la noche y una llamada del inspector Javier Tordo le ha levantado de la mesa en la que, junto a su familia, estaba empezando a cenar; quince minutos después, un coche oficial le recogía. Está a punto de llegar al escenario de una pesadilla.

Durante el día realizó alguna discreta averiguación para saber qué tipo de policía es el inspector Tordo, siempre le gusta saber con quién está trabajando.

“Riguroso en su trabajo, escrupuloso y metódico en todos los casos que ha trabajado; un tipo de fiar, de los que no dejan nada al azar. Empezó en el norte y hace cinco años le trasladaron a la capital, ningún problema en sus destinos. Es cordial con los compañeros, no se le conocen vicios, y está soltero; parece un buen profesional, lo cual me lleva a que, si me ha pedido que vaya a estas horas, es que han descubierto algo importante.”

El coche se detiene junto a la cancela que custodia un agente de uniforme, que al ver las credenciales de Joaquín, le franquea el paso. Guarda la pipa en un bolsillo.

El magistrado se apea, le recibe el frescor de la noche primaveral, se ajusta el abrigo de paño azul oscuro. Echa a caminar pero detiene sus pasos con un cierto sobresalto; Javier Tordo, silencioso, está parado frente a él.

—Buenas noches, señoría, gracias por venir.

“Parece un fantasma aparecido de la nada, es un hombre educado.” La frase le suena de alguna lectura, y la ha encajado ante la brusca aparición del inspector.

—Buenas noches, inspector, ¿qué tenemos?

Javier, con las manos en los bolsillos de su abrigo, se toma su tiempo antes de entregarle al juez el carnet de identidad, protegido dentro de la bolsa de pruebas.

—Carlos Gómez de Vivar —la experiencia ha enseñado a Joaquín a ser paciente, y sabe perfectamente cuando alguien desea continuar hablando, por lo que aguarda las siguientes explicaciones—: Junto con otros treinta y seis compañeros de su misma clase, una profesora y un conductor de autobús, desapareció hace ahora veinte años; parece que los hemos encontrado.

Joaquín sopesa la información, y todo se le viene a la memoria, aunque en esas fechas él ocupaba plaza en Valencia; surgen indicios de haber escuchado noticias en los diarios e informativos de las televisiones. Fue un caso que durante años conmovió al país: investigaciones que no conducían a ninguna parte, padres desesperados clamando justicia, y cómo no, todo tipo de charlatanes aprovechados, dando cada cual una versión inverosímil.

Javier se aparta a un lado para ofrecerle al juez la posibilidad de acompañarle; no duda en caminar hacia adelante. Ambos hombres llegan hasta la fosa, cubierta de tierra hasta el día de hoy. Joaquín asimila la escena que antes ha contemplado Javier, Paloma se acerca caminando deprisa.

—Buenas noches —saluda al magistrado.

Joaquín realiza la misma pregunta que le ha hecho a Javier, como si este no le hubiera contado nada.

—¿Qué han encontrado, inspectora?

—Hasta el momento un amasijo de huesos que habrá que clasificar, y treinta y siete cráneos —mira a Javier, sabe que la cifra no coincide con los desaparecidos, pero es lo que había en el foso.

—Seamos claros —Joaquín mira a los dos—, han hallado un carnet de identidad de uno de los jóvenes desaparecidos en el trágicamente famoso autocar que nunca se llegó a encontrar. La cantidad de restos hace pensar que puede pertenecer al conjunto total, excepto por la salvedad de que eran treinta y nueve el número de los ocupantes del vehículo —su tono mesurado rezuma una profunda claridad—. Falta dar con otros dos cráneos y con el autocar.

Paloma asiente, en cuanto tuvo el recuento, supo que todavía no había terminado su trabajo.

—Este lugar parece un desguace abandonado —comenta la mujer—, desmantelaremos toda la chatarra y veremos si encontramos partes de algún vehículo grande —Joaquín la mira interrogativamente—. Peinaremos toda la zona hasta dar con los cráneos que faltan —el juez asiente satisfecho.

—¿Qué le hace falta para realizar su trabajo, dentro del plazo más breve de tiempo? —dirige su mirada hacia la inspectora, con la fuerza de alguien dispuesto a aceptar el envite.

—Más personal, algo de maquinaria y forenses que encajen todos los restos humanos —ella ya tenía la respuesta en la cabeza.

—Cuente con todo, le firmaré la autorización pertinente —se toma un instante para realizar el siguiente comentario—: Secreto sumarial, no hay declaraciones a la prensa y si a alguno de los que trabajen aquí se le escapa algo, me encargaré de juzgarlo personalmente; déjenselo claro a su gente.

Javier sabe cuándo alguien está diciendo algo que va a cumplir, y este es uno de esos momentos.

—¿Precisan algo más, antes de que me retire?

Es el inspector quien responde, su mente ha trabajado deprisa ante la tarea que se le presenta; mira a Paloma un fugaz segundo. “Las horas de trabajo se acumulan y a veces, el cerebro tarda en encajar todas las piezas.” Es un pensamiento raudo.

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