Javier González Alcocer - Claroscuro

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En el instituto Jorge Manrique aún recuerdan a los alumnos de bachillerato que desaparecieron en su viaje de fin de curso, y sin esperarlo, tras dos décadas de incertidumbre, se localizan los restos del autocar… La investigación policial, archivada hace años, se pone en marcha de nuevo con el inspector Javier Tordo al frente de su equipo, tratando de desentrañar qué ocurrió en este caso que quedó sin resolver.
Con el dinamismo narrativo que caracteriza al autor, esta novela desgrana una trama complicada, que encara situaciones motivadas por la venganza, el dolor del recuerdo, la impotencia, o el engaño como forma de vida, llevando a los personajes a tomar decisiones, a veces, insostenibles.

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—Ya, ya ha pasado —desliza su cuerpo hasta situar su rostro junto al de su mujer, le acaricia el rostro con ternura—. Estamos juntos en nuestra habitación, en nuestra cama. Nadie te va a coger ni a tocar —sonríe buscando que ella se anime, que olvide el mal sueño.

Verónica le corresponde por fin, le besa en la boca y siente cómo la barba de Alfredo le acaricia su piel.

Media hora más tarde, Alfredo observa cómo su mujer prepara el desayuno, café y tostadas para ambos. “Nunca acaban por desaparecer esos sueños, hay épocas de mayor tranquilidad, pero en cuanto se acerca la fecha, regresan para atormentarla.”

La música sale del interior de los coches, a la máxima potencia que dan los equipos instalados en ellos, desparramándose por el aire de la madrugada del jueves.

Se han congregado más de treinta automóviles, los jóvenes que han llegado beben y danzan como si fueran guerreros de una tribu, en la que el alcohol y el ritmo machacón y estridente fuesen sus dioses.

El terreno, un vasto espacio donde viejos muros permanecen a duras penas en pie, tiene repartida una multitud de piezas y utensilios desvencijados, recuerdo de que un día tuvo vida y actividad; ahora solo es un lugar que da cobijo a fiestas clandestinas, botellones lejos del control de las autoridades.

—Montemos un escenario —es una muchacha de casi dieciocho años al que pronuncia estas palabras; viste pantalones ajustados, camiseta de marca y zapatos de tacón. Sus ojos verdes están vidriosos, el alcohol comienza a tomar el control de sus ideas y de su cuerpo.

Está rodeada de un grupo de varios chicos y chicas, semejantes a ella en la cantidad de bebida consumida.

—¿Qué dices? —le pregunta otra joven que se mueve bailando de manera distorsionada.

—¡Que montemos un escenario! —alza la voz, de manera que su frase se convierte en un chillido que atrae la atención del resto de sus amigos.

Aprueban la idea al unísono, cavilan dónde colocarlo y qué utilizar para instalarlo. Intercambian distintas opiniones, y ello conlleva que más gente del resto de la fiesta, todos de alguna manera se conocen, intervenga en la diatriba.

Deciden colocarlo junto a la pared más alta, un muro de seis metros de altura que en su día formaba un rectángulo con otros tres. Todo el conjunto formaba una nave de trescientos metros cuadrados.

Como base apilan unos bidones herrumbrosos, los van girando hasta situarlos cercanos, unos a otros. Como plataforma eligen una plancha de hierro: cinco metros de largo por dos de ancho; algunas de las chicas ya se imaginan bailando encima. Se aúnan cuatro de los chicos para levantarla, resoplan mientras la ponen encima de los improvisados pilares.

Colocan los coches de manera que los faros alumbren de manera indirecta el improvisado tablado. La música se eleva más todavía y varias de las chicas se animan a bailar sobre la plancha de metal, primero de manera algo modosa; después, los movimientos se dejan llevar, y cada una de ellas ejercita el sonido a su manera.

Mario está obnubilado viendo cómo se mueve Candela en el escenario; no es su novia, ni tan siquiera han intimado, pero algo le dice que esta noche puede ser que acaben liándose. Mientras su mente vaga sobre esta posibilidad, sus pies se mueven sobre la tierra que hasta hace poco ocupaba la plancha de hierro; otros amigos suyos aporrean la misma superficie, levantando en ocasiones jirones de arena.

Candela, exhausta, acaba bajándose de la tarima; sus pasos la llevan hasta el grupo de amigos con los que ha venido, en el que se encuentra Mario. Se sitúa a su lado y lo mira a los ojos mientras le dice:

—Estoy muerta.

—No me extraña, no has parado desde hace un buen rato —le contesta Mario, se acerca para hablarle al oído—: Bailas muy bien.

—Gracias —responde ella pensando que Mario es muy guapo. Sabe, como solo la intuición de las mujeres puede adivinarlo, que la desea. Por un instante sus ojos van del rostro de él hasta el suelo, quizás para evitar que Mario pueda ver que ella también lo ansía.

Mario está esperando que le vuelva a mirar para decirle que se tomen algo juntos, más apartados del resto, pero los ojos de Candela no regresan, él tan solo puede ver su pelo negro. De repente, ella lo mira y le dice algo que no acaba de entender. Mario frunce el ceño antes de hablar:

—No sé qué dices.

Candela sonríe un momento, por sus venas el whisky corre libremente. Esquiva a Mario, da dos pasos y se agacha; no dobla las rodillas, vestida con una minifalda negra, el joven tiene la oportunidad de disfrutar de una perspectiva de las piernas de Candela, hasta un límite más allá de lo aconsejable para muchas madres.

Mario no acaba de entender por qué Candela no se incorpora, y tampoco por qué cuando lo hace, suelta un grito que consigue acallar el ruido infernal que dominaba el ambiente. Lo han escuchado todos; tocados por una corriente invisible que les une, acallan los equipos de música. Se escuchan las primeras disquisiciones, ambiguas, perdidas en su forma.

—¿Qué ocurre?

—¿Quién ha gritado?

—¿Pasa algo?

Mario se encuentra con los ojos de Candela, que lo mira sin decir nada; analiza su mente embotada de alcohol. Al incorporarse, ella ha tirado algo hacia el cielo.

—Es, es… —balbucea Candela.

El joven se acerca hasta la muchacha, de alguna manera es consciente de que el ruido ha desaparecido; por ello, su pregunta la escuchan todos excepto una pareja que está apartada, dentro de un coche, en una posición bastante placentera para ambos.

—¿Qué te pasa, Candela?

Ella tarda en responder, su voz sale compungida, su mirada va hacia donde ha arrojado lo que recogió del suelo:

—Es una mano —su mirada se fija en el suelo, unos metros más allá de donde se encuentran.

Mario frunce sus cejas, pasa de largo junto a ella y camina hasta donde le dirigen los ojos de Candela. Surgen rumores entre los otros jóvenes, pasos inciertos, parejas que se dan la mano de manera inconsciente.

Mario pone su rodilla en tierra; sus dedos, finos y largos, rozan los huesos de un miembro semejante al suyo, en cuyo dedo anular brilla un anillo que es de oro. Fue lo que hace un escaso minuto llamó la atención de Candela, que logró que desviara su mirada de Mario.

El joven se incorpora lentamente, mira hacia atrás y sus grandes ojos abarcan el improvisado escenario, las dos chicas que permanecen en él, los coches con sus maleteros abiertos, el confuso grupo de jóvenes de su misma edad que se encuentran allí. Las palabras le salen autónomas:

—Es una mano —hace una pausa antes de añadir—: Es el esqueleto de una mano.

El coche se detiene frente a la cancela, es vieja de aluminio descolorido por el tiempo; una figura se acerca corriendo y la abre. El automóvil, momentáneamente detenido, reinicia la marcha parsimonioso, como un caracol que se ha tomado un descanso en un jardín soleado.

La misma persona que ha franqueado el paso al vehículo se sitúa a la altura del conductor y le indica que le siga; con la mano le hace gestos inconfundibles. Los dos hombres que van dentro del coche no quitan los ojos de la figura que les precede; esta se detiene, gira sobre sí misma, y se acerca hasta el coche.

—¿Son policías? —hay algo de intranquilidad en el rostro del joven, que desaparece cuando ambos ocupantes le muestran sus placas.

Durante unos momentos el muchacho no aparta la vista de las identificaciones policiales, hasta que estas regresan a su lugar de origen, los bolsillos interiores de las chaquetas de los agentes.

—Está ahí tirada, tendrán que bajar para verlo —son las palabras que le salen a Mario.

La puerta del acompañante del conductor se abre con lentitud, el hombre que hasta ahora ocupaba el asiento lo abandona. Es de estatura media, complexión delgada, con el pelo moreno rizado y facciones regulares que le confieren un rostro normal, en el que destacan unos ojos verdes de mirada apacible. Observa al joven, vestido de manera tradicional, pero con el rostro níveo, en el que tiene incrustados unos ojos que muestran el nerviosismo que lleva dentro; el inspector Javier Tordo deja que su templada voz salga de sus labios bien delineados.

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